OBITUARIO

1919 - 1999

 

EL GESTO  por Juan Cruz 

UN ESCRITOR PRECOZ por Bárbara Probst 

EL CIELO  SOBRE BOWLES por Eduardo Haro Tecglen 

BOWLES.. Y ESPAÑA por Emilio Sanz de Soto 

EL EXISTENCIALISTA EXÓTICO por Luis Antonio de Villena 

 

 

 

 

El gesto

JUAN CRUZ


Allí estaba, indolente y echado; a la entrada de su casa había unas maletas enormes, depositadas en el suelo como si ya nunca más fueran a viajar. Él te recibía desde el fondo de la casa; la puerta estaba entreabierta y al entrar veías la cocina, atestada de cacharros que parecían compartir la biografía de un hombre cansado, y después venía el minúsculo cuarto de baño y, al fin, el salón oscurecido y grande en el que cantaba un pájaro. Allí había cojines por todas partes, todos ellos oscuros y cómodos, sobre los que se sentaban las visitas para verle en silencio.

Él era el silencio; le cansaba hablar de su biografía, pues al fin y al cabo de lo primero que se cansó fue de ser norteamericano; tampoco tenían importancia para él los libros, ni siquiera los que él mismo escribió, y es falso que se enfureciera porque El cielo protector no fuera en cine como en literatura: no le importaba nada. Tenía los ojos azules y gélidos, pero te acariciaba la mano como si se estuviera despidiendo un niño antes del desamparo.

Cuando su salud flaqueaba y él adivinaba el porvenir fatal de cualquier vida se enfundaba en su abrigo de felpa y se situaba al fondo de la casa, junto a una ventana minúscula por la que se veían los montes airosos de Tánger que le trajeron aquí. Entonces se reclinaba otra vez, y en esta ocasión, en una cama espartana, desde la que a veces le obligaban a ver los partidos del Barça. El cuarto, como la casa entera, estaba lleno de música; eso es lo que verdaderamente le importaba, su música, la que escribió él y la que recogió en los remotos montes africanos, un antropólogo minucioso del producto sutil de la memoria silenciosa de esta gente.

Por la música hizo un viaje, él, que no quería moverse de su aposento humilde en la calle de Campoamor de Tánger. Fue a Madrid, donde sus editores le prometieron un concierto que incluyera la música de su creación; vino con su gran amigo Abdelouahid Boulaich, y lo hizo también con un propósito: curarse. Tenía problemas óseos, y asimismo el tiempo le había dañado los ojos; le acompañamos al Doce de Octubre, y en ese hospital vio sucesivamente a los doctores José Toledo y Alberto Portera; los enfermeros le llevaron en volandas de un sitio a otro de la clínica.

Él preguntaba, desde la edad ya octogenaria y desganada desde la que ya parece que nunca más van a hacerse preguntas: "¿Me curarán aquí?". El doctor Portera le animó, con esa campechanía con que los médicos son capaces de revivir la esperanza del que ya dice adiós.

Había algunas memorias madrileñas, como la de su gran amigo Emilio Sanz de Soto, que le ataban al optimismo de seguir existiendo y, aunque se manifestaba descreído y ausente, siempre tenía ganas de seguir, porque en el fondo de su recuerdo estaban la música y los amigos. En Tánger tenía, decía él, la residencia, pero la verdadera residencia era el cuerpo, y éste ya estaba absolutamente astillado.

Esto ocurrió hace cinco años; los que acompañaban a Bowles creían estar acompañando a un anciano, y su pesimismo era tal que parecía que en cualquier momento se iba a deshacer aquel hombre que parecía un pájaro y además caminaba y comía como un pájaro débil. Pero cuando nos dimos cuenta de que Paul Bowles no era un anciano, sino un niño, fue cuando el doctor Portera le dejó, al fin, solo en el ascensor que debía conducirle, absolutamente solo, a la planta de las pruebas. 

Entonces, Paul Bowles, el melancólico bohemio, el hombre que encontró en el sur del mundo la venda para las heridas del hastío del norte, nos miró a todos con la mirada desamparada e implorante del niño que no sabe de qué se despide, y ese gesto de Bowles es el que nos hizo abrazarle para siempre.

 

Un escritor precoz y una figura mítica

BARBARA PROBST SOLOMON

Paul Bowles fue una figura mítica para mi generación. Fuimos quizás la última generación que se tomó el acto de escribir, y de vivir la vida que pensábamos que era la vida de un escritor, como una religión. Bowles reunía todos los requisitos. A los 18 años había publicado precozmente su primera obra en la revista Transition. Como el propio Bowles, Transition, una idea del poeta y lingüista Eugene Jolas, tuvo un comienzo estadounidense y después se movió hacia París.

Una obra que publicó por entregas la revista se convirtió en el Finnegan's Wake de Joyce. El joven Bowles estaba en compañía de Hart Crane, William Carlos Williams, Gertrude Stein y Franz Kafka. Un comienzo deslumbrante. Después fue a la Universidad en Virginia, donde abandonó sus estudios. Se marchó hacia la orilla izquierda del Sena y dos años más tarde descubrió el norte de África.

En la década de los cincuenta todos leíamos a Bowles: The sheltering sky y Let it come down. Estaba intrigada por su trabajo. Al contrario que Henry Miller, que nos necesitaba a sus lectores invisibles porque tenía que sorprendernos, Bowles me sorprendía como si viviera en otro planeta. No me necesitaba para que fuera lectora suyo. Puede que fuera también su dedicación a la música. Me asombraba como si estuviera por encima de las refriegas. Una especie de Principito. Entonces no podía pensar que llegaría a conocerle.

Un día, en los últimos setenta, James Purdy hacía una visita a mi madre, a la que adoraba. Se carteaban constantemente y supo que yo estaba visitando a Juan Goytisolo en Marruecos. Me habló de su gran amigo Bowles, a quien había conocido en sus días de Brooklyn. Cuando Juan y yo fuimos a Tánger después de una excursión por el Atlas, le telefoneé. Bowles nos invitó. Creo que ya conocía a Juan. Me sorprendió que viviera en un edificio de pisos del barrio europeo; me esperaba algo más exótico.

Tenía varias visitas que estaban fumando hachís. No quería decirle a este hombre extraordinariamente educado, de apariencia ascética, cuyo acento al hablar se había convertido en algo no del todo americano ni británico, que a causa del asma infantil que padecí era alérgica al humo del hachís. Busqué la forma de aspirar oxígeno. Me asomé a la ventana de la cocina haciendo como si observara las vistas de Tánger, inspeccioné las interioridades de lo que resultó ser una escobilla del retrete y di paseos por el pasillo. Juan vino hacia donde me encontraba y me dijo al oído: "Dile la verdad para que no se crean que estamos locos. ¿Para qué ibas a mirar con tanto detenimiento su escobilla?".

Volvimos al salón y le dije que era asmática. Bowles me miró como si reparara en mí por primera vez. Abrió todas las ventanas mientras parecía estar absorto en sus pensamientos. En un tono diferente, empezó a hablar de Jane Bowles. Y de sus innombrables penas.

 

 

El cielo sobre Paul Bowles

EDUARDO HARO TECGLEN

La verdad es que hasta El cielo protector nadie se fijaba mucho en Paul Bowles en Tánger. Es muy fácil no ser nadie en Tánger, y no parecía que aquel caballero neoyorquino, de la cepa cosmopolita, quisiera ser alguien. Más bien tenía interés en que los otros fueran alguien: sabía sacar adelante a un escritor marroquí como Mohammed Chukri (tradujo al inglés su novela For bread alone) o el pintor Yacubi: entre él y Emilio Sanz de Soto -otro descubridor- le hicieron exponer en Nueva York y ahora está en la colección permanente del Guggenheim. Fue una especie de amanuense de Mohammed M'Raabet, con cuya biografía relatada compuso en texto que describía como nunca se había hecho la vida del marroquí innominado y pobre.

A Bowles le eclipsaba su mujer, Jenny, ahora enterrada en Málaga, donde murió con la cabeza perdida. Jenny y Paul Bowles eran una pareja extraña: vivían entonces puerta con puerta, ella sostenida -físicamente: se caía- por una marroquí, la Cherifa, a la que Paul atribuía capacidades mágicas y de la que siempre sospechó que estaba drogando a su mujer, hasta la muerte. Él, con un marroquí discreto, que le ayudó también.

Paul Bowles era, para algunos de nosotros, un músico que había sido crítico de fama en Nueva York (su maestro en París fue Aaron Copland), que había compuesto seriamente, pero que luego se había dedicado en profundidad al estudio de la música folclórica marroquí, más allá de la meramente arabigoandaluza que se estudiaba en los conservatorios: la de las etnias, la de las kabilas. Su casa era un archivo impresionante, en una época en que el grabador de mano, el casete, no existía y los magnetófonos eran pesados y enormes: cargado con ellos recorrió todo el país, registró y comentó, analizó. Tengo entendido que la colección se encuentra hoy en la Biblioteca del Congreso.

Apenas frecuentaba la vida social. Recibía en casa: Tennessee Williams, Burroughs, Genet, Truman Capote. Estoy hablando de algunos de los más grandes escritores de este tiempo, y también de un sexo que en Tánger hacían manifiesto con más libertad que en otros sitios.

Todos hablaban con enorme respeto de Bowles: era uno de ellos, uno de los que escaparon de Estados Unidos: a París sobre todo, como la generación anterior -Miller, Hemingway-, pero también a Tánger. Decía Bowles que era un error creer que había elegido un lugar perdido del mundo para vivir, porque Tánger podía ser en momentos determinados la capital del mundo.

Fue el cine, y un cine extraordinario, el que descubrió a Paul Bowles, ya anciano: en 1992 se publicó el libro Paul Bowles by his friends, por el editor inglés Peter Owen: una corona de retratos y elogios por algunos de los grandes escritores del mundo (Emilio Sanz se encargó del entorno español del escritor).

Comenzó a recibir periodistas, fotógrafos, biógrafos. No salía de su asombro: pero no lo aceptó mal. De España llegó Juan Cruz, director entonces de Alfaguara -una editorial a la que prácticamente recreó -y no se limitó a proponerle contratos editoriales, sino que le rodeó de ese afecto que le es propio: procuró el estreno en Madrid de una ópera de Bowles sobre García Lorca, le cuidó, le ayudó.

Había cumplido ochenta y nueve años. Me contaban de él que estaba postrado, que se acababa lentamente, pero que recordaba, que razonaba, que estaba mentalmente vivo.

 

 

Bowles... y España

EMILIO SANZ DE SOTO

No hace mucho, unos meses, Paul Bowles me envió una cinta grabada -ya ni escribía, ni leía- en la que, en su perfecto español de siempre, me decía: "Emilio: nuestra amistad ha durado medio siglo". Efectivamente, conocí a Paul el 6 de octubre de 1949, en el bar Parada, de Tánger, en compañía de una extraordinaria mujer, la argentina Beatrix Pendar (Beatriz Llambí-Campbell), y tanto yo como Pepe Cárleton, otra persona extraordinaria, hoy olvidada de todos en Marbella, quedamos fascinados ante unos seres tan incalificables como mágicos. Aquel día conseguí lo que hacía años deseaba: huir de cierto ambiente de Tánger que me asfixiaba. Y así se inició una nueva vida para mí en el marco paradisíaco de El Farhar. Un mundo que vivía, todo hay que decirlo, de espaldas a la ciudad. Un mundo sólo visitado por dos "españolitos", tan inconscientes como valientes: Pepe Cárleton y quien estas líneas escribe.

Tras Paul y Jane Bowles, su mujer, una persona indefinible -ya antes habían visitado Tánger, entre los escritores norteamericanos, Mark Twain, Gertrude Stein en compañía de su inseparable Alice B. Toklas, Djuna Barnes...- fueron llegando: Truman Capote, Tennessee Williams, Gore Vidal... y un largo desfile de figuras de la literatura de EE UU, que se coronaría con la aparición en pleno de la beat generation, seguida por un William Burroughs, siempre a su aire, que habría de escribir en Tánger The naked lunch.

¿Qué puedo decir sobre Paul Bowles? Hilvanar recuerdos me resulta improcedente. Lo que sí me gustaría es recordar, hoy, ahora, a un Bowles profundamente unido a una España que no pudo ser, a un segundo "siglo de oro" al que una trágica guerra dejó reducida a una "edad de plata". En este amor herido a España, Bowles coincide con los intelectuales y artistas de este siglo que supieron sentir a nuestra incivil guerra como la primera víctima de una inminente tragedia.

Se puede afirmar -lo afirmaba el propio Paul- que su obra como compositor está toda ella impregnada de voces y sonidos españoles: el 30 de marzo de 1943 se estrenaba en el MOMA de Nueva York una zarzuela -sí, así la calificaba él- titulada The wind remains, directamente inspirada en Así que pasen cinco años, con dirección musical de Leonard Bernstein y coreografía de Merce Cunningham; en 1958 Libby Holman le estrena su ópera sobre Yerma, y ese mismo año se publica la partitura de Cuatro canciones, así tituladas, en español. Federico García Lorca está, pues, algo más que presente en Paul. Él mismo lo confesaba: "Lorca, al que no llegué a conocer personalmente, fue mi máxima inspiración. El primero en hablarme de él fue el compositor mexicano Silvestre Revueltas y, desde entonces, nunca me abandonó". En 1932 vino por vez primera a España en compañía del también compositor Aaron Copland, con un muy principal deseo: conocer a Manuel de Falla. Paul afirmaba: "La influencia de Falla en la música de mi país está aún por estudiar y reconocer". En 1944 Dalí haría los trajes y el decorado para el ballet Coloquio sentimental, sobre un poema de Verlaine, con música de Paul Bowles. En 1951 vuelve Paul a España invitado por Tomás Seral, para la inauguración en la sala Clan de la exposición del pintor mallorquín Juli Ramis, para quien escribiría un texto en español que aparecería en la buscada colección de Artistas nuevos, de Seral. Paul decía: "Es curioso, entre mis pintores preferidos figuran tres mallorquines: Miró, Ramis y Barceló".

Y no olvidemos que en 1937 Paul Bowles se adhiere al Comité en Defensa de la República y es uno de los fundadores del Federal Theatre, que se inaugura con un singular espectáculo titulado Who fights this battle, con textos cambiantes de Kenneth White, según aparecían noticias de nuestra triste guerra. La música era de Bowles y la dirección escénica de Joseph Loseu. Con el Federal Theatre nace en Nueva York el Political Cabaret, a semejanza de lo que sucediera en el Berlín que Hitler destruyera. Pronto el silencio habría de apoderarse de estas voces en libertad.

También en silencio habría de llegar Paul Bowles a Tánger en 1944. Abandona la composición y se pone a escribir. Y es así como nace uno de los más importantes novelistas de la muy rica literatura contemporánea de Estados Unidos. Gracias por todo, Paul.

19/Nov/1999

* * * * * * 

Articulos recogidos de "El País digital"

 

 

 

EL EXISTENCIALISTA EXÓTICO

Luis Antonio de Villena

Quizá nadie haya definido tan certeramente a Paul Bowles -y al mito creado en torno a su figura y su mundo- como Norman Mailer en un libro conjunto sobre el escritor: «Paul Bowles abrió el mundo del rollo. Dio entrada al asesinato, a las drogas, al incesto, a la muerte de lo convencional, a la llamada de la orgía, al fin de la civilización...» Aunque podría tratarse de la descripción de un decadente del anterior fin de siglo, en la voz de Mailer sabemos que habla de la contracultura, del orbe beat, de la modernidad revolucionaria que tuvo su apogeo de masas en los primeros años 70, precisamente cuando Bowles volvió a ser recuperado, tras algunos años de olvido.

El escritor, fallecido ayer de un paro cardiaco, había nacido en Nueva York el 31 de diciembre de 1910 (quizá por eso Bowles solía decir que había nacido en 1911) Paul fue siempre un ávido lector y un gran aficionado a la música. Pero -además, cuando viajar aún era cambio y aventura- tuvo una intensa vocación de nómada que le llevó por todo el mundo. En 1927 acudió a la Universidad de Charlottesville, en Virginia, y se matriculó en varias especialidades -Francés e Historia de la Música, entre otras- pero no llegó a terminar ninguna.

Atraído por lo que -entonces- era aún París para la lost generation, en 1929, con 19 años, Bowles se embarca rumbo a Europa. Sus años europeos antes de la guerra -con sucesivos regresos a Estados Unidos- estarán marcados por la bohemia, el afán de experimentar y sus primeras composiciones musicales, de la mano de Aaron Copland. En París, trata a Gertrude Stein y a Natalie Barney, la famosa Amazona: dos lesbianas. Volverá a Nueva York, visitará Alemania, España, leerá a André Gide (su primera gran influencia literaria) y seguirá componiendo música. La primera partitura suya que conservamos es de 1931: Sonata para oboe y clarinete. Y su primera música para el cine, de 1933, en la película Bride of Samoa.

Pero quizá el hecho que marcaría esa vida excéntrica y bohemia, llena de amor por los raros, sería su conocimiento en 1937 de Jane Auer, una extraña chica de 20 años, con la que se casó un año después, tras de un viaje a México que -con el norte de Africa- es uno de los enclaves favoritos del escritor. La boda se haría para asombro de todos sus amigos, pues Jane -gran conocedora de la literatura francesa moderna, otra afición común- era lesbiana, y Paul (aunque había tenido algunas novias) fue considerado frígido por unos y homosexual por la mayoría. Paul y Jane Bowles compondrían una pareja mítica de la literatura norteamericana del exilio, hasta la muerte de ella en 1972, en un psiquiátrico de Málaga, tras años de depresiones y un ataque cerebral. Los años de la Segunda Guerra Mundial los pasaron, fundamentalmente, en Taxco y Cuernavaca -México- viajando también a Panamá y Costa Rica. Bowles le había escrito a Gertrude Stein, al principio de su relación matrimonial con Jane: «Estoy casado con una chica que odia la naturaleza, y aquí estamos rodeados de volcanes, terremotos y monos». Para algunos Jane fue el verdadero detonante de la fama excéntrica de Paul Bowles.

Aunque antes de la guerra había publicado poemas en revistas de vanguardia, el primer libro de Bowles (que ya casi ha dejado la música por la literatura) será la novela El cielo protector publicada en 1949, cuando ya la pareja Bowles llevaba un par de años instalada en Tánger -entonces ciudad de la libertad- y que sería ya, en adelante, y pese a los cambios políticos, el cuartel y emblema de nuestro hombre. Un Tánger moro y cosmopolita, excéntrico y vicioso, cuya imagen provenía de la preguerra, pero que Paul Bowles -en los finales años 40- proyectó hacia todos sus amigos norteamericanos: De Truman Capote a Tennessee Williams. 

Trazar la idea central de El cielo protector (que tuvo gran éxito cuando se publicó, pero que tardó 20 años en volver a ser reeditada) puede darnos idea de lo que siempre será, por dentro, la literatura bowlesiana: tres norteamericanosse internan en el sur de Marruecos, hacia el desierto, pero a medida que surgen el desasosiego y los problemas, los protagonistas, dos hombres y una mujer -seducidos por la áspera vida local- no sólo no retroceden sino que siguen adelante, llamados por su propio abismo, sexual y crispado. 

Bertolucci puso bellas imágenes al libro en su homónima película de 1990 (en la que aparece el propio Bowles sentado en un café de Tánger) pero acaso no puso la necesaria zozobra. Este existencialismo exotista marcará siempre -en los filos del abismo- la literatura, cautivadora y ambigua, de quien (incluso en el desierto) nunca dejó de vestirse como un caballero entallado. Con el éxito de El cielo protector -con el dinero de esa primera novela- Bowles se compró un Jaguar blanco con el que paseaba por Tánger a amigos y jóvenes musulmanes. Luego lo vendió, porque su vida no resultó siempre económicamente fácil. Al contrario, a menudo tuvo que traducir o dar cursos universitarios para poder hacer frente a sus gastos cotidianos.

La siguiente novela de Bowles -Déjala que caiga- es de 1952, y La casa de la araña, de 1955. Sin embargo son sus relatos cortos, recogidos en múltiples colecciones, desde 1950 a 1988, los que se consideran, habitualmente, lo mejor de su obra. Gore Vidal suele afirmar que Bowles es el mejor escritor norteamericano de relatos cortos. Un auténtico maestro en esa distancia. Cito algunos títulos, en traducción española: El tiempo de la amistad, Misa de Gallo o Palabras ingratas, que fue el último. Además Bowles publicó libros de viajes y una autobiografía -Memorias de un nómada, en 1972- narrando peripecias viajeras más que intimidad. No es, desde luego, el mejor de sus libros.

En 1981 reunió su poesía (1926-1977) en un tomito titulado "Next to nothing" (Cerca de nada). Al hablar de la plural obra de Bowles -exótica para los norteamericanos- no pueden dejarse de lado sus traducciones, especialmente las que hizo del árabe dialectal de los relatos orales de alguno de sus amigos marroquíes, como Mohammed Mrabet, entre ellas Amor por un puñado de pelos (1967) o Mira y corre (1976).

Mito del malditismo tangerino, cuajado de viajes, secretarios y visitantes, amigo de legendarios transgresores como William Burroughs o Allen Ginsberg, Paul Bowles ha sido un existencialista, un nihilista (cercano a La náusea sartriana) pero encandilado por un mundo primitivo, sensual y lejano, que hacía más llevadera la angustia. La última novelita de Bowles -con la aureola ya del filme de Bertolucci- fue Muy lejos de casa (1992), ilustrada por Miquel Barceló. Bowles (lo vi un par de veces) era elegante y flemático, con ojos muy azules, y aire desesperado y correctísimo. Me gusta una frase suya: «Cuando había vida, dije que la vida estaba equivocada».

Paul Bowles, escritor, nació en Nueva York el 31 de diciembre de 1910 y falleció el 18 de noviembre de 1999 en Tánger (Marruecos).

Articulo extraido de "El Mundo" - 19/Nov/1999

 

 

APUNTES BIOGRÁFICOS DE PAUL BOWLES

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO