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El
gesto
JUAN CRUZ
Allí estaba, indolente y echado; a
la entrada de su casa había unas maletas enormes, depositadas en el suelo
como si ya nunca más fueran a viajar. Él te recibía desde el fondo de la
casa; la puerta estaba entreabierta y al entrar veías la cocina, atestada
de cacharros que parecían compartir la biografía de un hombre cansado, y
después venía el minúsculo cuarto de baño y, al fin, el salón oscurecido y
grande en el que cantaba un pájaro. Allí había cojines por todas partes,
todos ellos oscuros y cómodos, sobre los que se sentaban las visitas para
verle en silencio.
Él era el silencio; le cansaba hablar de su biografía, pues al fin y al
cabo de lo primero que se cansó fue de ser norteamericano; tampoco tenían
importancia para él los libros, ni siquiera los que él mismo escribió, y
es falso que se enfureciera porque El cielo protector no fuera en
cine como en literatura: no le importaba nada. Tenía los ojos azules y
gélidos, pero te acariciaba la mano como si se estuviera despidiendo un
niño antes del desamparo.
Cuando su salud flaqueaba y él adivinaba el porvenir fatal de cualquier
vida se enfundaba en su abrigo de felpa y se situaba al fondo de la casa,
junto a una ventana minúscula por la que se veían los montes airosos de
Tánger que le trajeron aquí. Entonces se reclinaba otra vez, y en esta
ocasión, en una cama espartana, desde la que a veces le obligaban a ver
los partidos del Barça. El cuarto, como la casa entera, estaba lleno de
música; eso es lo que verdaderamente le importaba, su música, la que
escribió él y la que recogió en los remotos montes africanos, un
antropólogo minucioso del producto sutil de la memoria silenciosa de esta
gente.
Por la música hizo un viaje, él, que no quería moverse de su aposento
humilde en la calle de Campoamor de Tánger. Fue a Madrid, donde sus
editores le prometieron un concierto que incluyera la música de su
creación; vino con su gran amigo Abdelouahid Boulaich, y lo hizo también
con un propósito: curarse. Tenía problemas óseos, y asimismo el tiempo le
había dañado los ojos; le acompañamos al Doce de Octubre, y en ese
hospital vio sucesivamente a los doctores José Toledo y Alberto Portera;
los enfermeros le llevaron en volandas de un sitio a otro de la clínica.
Él preguntaba, desde la edad ya octogenaria y desganada desde la que ya
parece que nunca más van a hacerse preguntas: "¿Me curarán aquí?". El
doctor Portera le animó, con esa campechanía con que los médicos son
capaces de revivir la esperanza del que ya dice adiós.
Había algunas memorias madrileñas, como la de su gran amigo Emilio Sanz
de Soto, que le ataban al optimismo de seguir existiendo y, aunque se
manifestaba descreído y ausente, siempre tenía ganas de seguir, porque en
el fondo de su recuerdo estaban la música y los amigos. En Tánger tenía,
decía él, la residencia, pero la verdadera residencia era el cuerpo, y
éste ya estaba absolutamente astillado.
Esto ocurrió hace cinco años; los que acompañaban a Bowles creían estar
acompañando a un anciano, y su pesimismo era tal que parecía que en
cualquier momento se iba a deshacer aquel hombre que parecía un pájaro y
además caminaba y comía como un pájaro débil. Pero cuando nos dimos cuenta
de que Paul Bowles no era un anciano, sino un niño, fue cuando el doctor
Portera le dejó, al fin, solo en el ascensor que debía conducirle,
absolutamente solo, a la planta de las pruebas.
Entonces, Paul Bowles, el
melancólico bohemio, el hombre que encontró en el sur del mundo la venda
para las heridas del hastío del norte, nos miró a todos con la mirada
desamparada e implorante del niño que no sabe de qué se despide, y ese
gesto de Bowles es el que nos hizo abrazarle para siempre.
Un escritor precoz y una
figura mítica
BARBARA PROBST SOLOMON
Paul
Bowles fue una figura mítica para mi generación. Fuimos quizás la última
generación que se tomó el acto de escribir, y de vivir la vida que
pensábamos que era la vida de un escritor, como una religión. Bowles
reunía todos los requisitos. A los 18 años había publicado precozmente su
primera obra en la revista Transition. Como el propio Bowles,
Transition, una idea del poeta y lingüista Eugene Jolas, tuvo un
comienzo estadounidense y después se movió hacia París.
Una obra que publicó por entregas la revista se convirtió en el
Finnegan's Wake de Joyce. El joven Bowles estaba en compañía de
Hart Crane, William Carlos Williams, Gertrude Stein y Franz Kafka. Un
comienzo deslumbrante. Después fue a la Universidad en Virginia, donde
abandonó sus estudios. Se marchó hacia la orilla izquierda del Sena y dos
años más tarde descubrió el norte de África.
En la década de los cincuenta todos leíamos a
Bowles: The sheltering
sky y Let it come down. Estaba intrigada por su trabajo. Al
contrario que Henry Miller, que nos necesitaba a sus lectores invisibles
porque tenía que sorprendernos, Bowles me sorprendía como si viviera en
otro planeta. No me necesitaba para que fuera lectora suyo. Puede que
fuera también su dedicación a la música. Me asombraba como si estuviera
por encima de las refriegas. Una especie de Principito. Entonces no podía
pensar que llegaría a conocerle.
Un día, en los últimos setenta, James Purdy hacía una visita a mi
madre, a la que adoraba. Se carteaban constantemente y supo que yo estaba
visitando a Juan Goytisolo en Marruecos. Me habló de su gran amigo Bowles,
a quien había conocido en sus días de Brooklyn. Cuando Juan y yo fuimos a
Tánger después de una excursión por el Atlas, le telefoneé. Bowles nos
invitó. Creo que ya conocía a Juan. Me sorprendió que viviera en un
edificio de pisos del barrio europeo; me esperaba algo más exótico.
Tenía varias visitas que estaban fumando hachís. No quería decirle a
este hombre extraordinariamente educado, de apariencia ascética, cuyo
acento al hablar se había convertido en algo no del todo americano ni
británico, que a causa del asma infantil que padecí era alérgica al humo
del hachís. Busqué la forma de aspirar oxígeno. Me asomé a la ventana de
la cocina haciendo como si observara las vistas de Tánger, inspeccioné las
interioridades de lo que resultó ser una escobilla del retrete y di paseos
por el pasillo. Juan vino hacia donde me encontraba y me dijo al oído:
"Dile la verdad para que no se crean que estamos locos. ¿Para qué ibas a
mirar con tanto detenimiento su escobilla?".
Volvimos al salón y le dije que era asmática. Bowles me miró como si
reparara en mí por primera vez. Abrió todas las ventanas mientras parecía
estar absorto en sus pensamientos. En un tono diferente, empezó a hablar
de Jane Bowles. Y de sus innombrables penas.
El cielo sobre Paul Bowles
EDUARDO HARO TECGLEN
La verdad es que hasta El cielo protector nadie se fijaba mucho
en Paul Bowles en Tánger. Es muy fácil no ser nadie en Tánger, y no
parecía que aquel caballero neoyorquino, de la cepa cosmopolita, quisiera
ser alguien. Más bien tenía interés en que los otros fueran alguien: sabía
sacar adelante a un escritor marroquí como Mohammed Chukri (tradujo al
inglés su novela For bread alone) o el pintor Yacubi: entre él y
Emilio Sanz de Soto -otro descubridor- le hicieron exponer en Nueva York y
ahora está en la colección permanente del Guggenheim. Fue una especie de
amanuense de Mohammed M'Raabet, con cuya biografía relatada compuso en
texto que describía como nunca se había hecho la vida del marroquí
innominado y pobre.
A Bowles le eclipsaba su mujer, Jenny, ahora enterrada en Málaga, donde
murió con la cabeza perdida. Jenny y Paul Bowles eran una pareja extraña:
vivían entonces puerta con puerta, ella sostenida -físicamente: se caía-
por una marroquí, la Cherifa, a la que Paul atribuía capacidades mágicas y
de la que siempre sospechó que estaba drogando a su mujer, hasta la
muerte. Él, con un marroquí discreto, que le ayudó también.
Paul Bowles era, para algunos de nosotros, un músico que había sido
crítico de fama en Nueva York (su maestro en París fue Aaron Copland), que
había compuesto seriamente, pero que luego se había dedicado en
profundidad al estudio de la música folclórica marroquí, más allá de la
meramente arabigoandaluza que se estudiaba en los conservatorios: la de
las etnias, la de las kabilas. Su casa era un archivo
impresionante, en una época en que el grabador de mano, el casete, no
existía y los magnetófonos eran pesados y enormes: cargado con ellos
recorrió todo el país, registró y comentó, analizó. Tengo entendido que la
colección se encuentra hoy en la Biblioteca del Congreso.
Apenas frecuentaba la vida social. Recibía en casa: Tennessee
Williams, Burroughs, Genet, Truman Capote. Estoy hablando de algunos de los más
grandes escritores de este tiempo, y también de un sexo que en Tánger
hacían manifiesto con más libertad que en otros sitios.
Todos hablaban con enorme respeto de Bowles: era uno de ellos, uno de
los que escaparon de Estados Unidos: a París sobre todo, como la
generación anterior -Miller, Hemingway-, pero también a Tánger. Decía
Bowles que era un error creer que había elegido un lugar perdido del mundo
para vivir, porque Tánger podía ser en momentos determinados la capital
del mundo.
Fue el cine, y un cine extraordinario, el que descubrió a Paul
Bowles,
ya anciano: en 1992 se publicó el libro Paul Bowles by his friends,
por el editor inglés Peter Owen: una corona de retratos y elogios por
algunos de los grandes escritores del mundo (Emilio Sanz se encargó del
entorno español del escritor).
Comenzó a recibir periodistas, fotógrafos, biógrafos. No salía de su
asombro: pero no lo aceptó mal. De España llegó Juan Cruz, director
entonces de Alfaguara -una editorial a la que prácticamente recreó -y no
se limitó a proponerle contratos editoriales, sino que le rodeó de ese
afecto que le es propio: procuró el estreno en Madrid de una ópera de
Bowles sobre García Lorca, le cuidó, le ayudó.
Había cumplido ochenta y nueve años. Me contaban de él que estaba
postrado, que se acababa lentamente, pero que recordaba, que razonaba, que
estaba mentalmente vivo.
Bowles... y España
EMILIO SANZ DE SOTO
No hace
mucho, unos meses, Paul Bowles me envió una cinta grabada -ya ni escribía,
ni leía- en la que, en su perfecto español de siempre, me decía: "Emilio:
nuestra amistad ha durado medio siglo". Efectivamente, conocí a Paul el 6
de octubre de 1949, en el bar Parada, de Tánger, en compañía de una
extraordinaria mujer, la argentina Beatrix Pendar (Beatriz Llambí-Campbell), y tanto yo como Pepe
Cárleton, otra persona
extraordinaria, hoy olvidada de todos en Marbella, quedamos fascinados
ante unos seres tan incalificables como mágicos. Aquel día conseguí lo que
hacía años deseaba: huir de cierto ambiente de Tánger que me asfixiaba. Y
así se inició una nueva vida para mí en el marco paradisíaco de El
Farhar.
Un mundo que vivía, todo hay que decirlo, de espaldas a la ciudad. Un
mundo sólo visitado por dos "españolitos", tan inconscientes como
valientes: Pepe Cárleton y quien estas líneas escribe.
Tras Paul y Jane Bowles, su mujer, una persona indefinible -ya antes
habían visitado Tánger, entre los escritores norteamericanos, Mark Twain,
Gertrude Stein en compañía de su inseparable Alice B. Toklas, Djuna
Barnes...- fueron llegando: Truman Capote, Tennessee Williams, Gore
Vidal... y un largo desfile de figuras de la literatura de EE UU, que se
coronaría con la aparición en pleno de la beat generation, seguida
por un William Burroughs, siempre a su aire, que habría de escribir en
Tánger The naked lunch.
¿Qué puedo decir sobre Paul Bowles? Hilvanar recuerdos me resulta
improcedente. Lo que sí me gustaría es recordar, hoy, ahora, a un Bowles
profundamente unido a una España que no pudo ser, a un segundo "siglo de
oro" al que una trágica guerra dejó reducida a una "edad de plata". En
este amor herido a España, Bowles coincide con los intelectuales y
artistas de este siglo que supieron sentir a nuestra incivil guerra como
la primera víctima de una inminente tragedia.
Se puede afirmar -lo afirmaba el propio Paul- que su obra como
compositor está toda ella impregnada de voces y sonidos españoles: el 30
de marzo de 1943 se estrenaba en el MOMA de Nueva York una zarzuela -sí,
así la calificaba él- titulada The wind remains, directamente
inspirada en Así que pasen cinco años, con dirección musical de
Leonard Bernstein y coreografía de Merce Cunningham; en 1958 Libby Holman
le estrena su ópera sobre Yerma, y ese mismo año se publica la
partitura de Cuatro canciones, así tituladas, en español. Federico
García Lorca está, pues, algo más que presente en Paul. Él mismo lo
confesaba: "Lorca, al que no llegué a conocer personalmente, fue mi máxima
inspiración. El primero en hablarme de él fue el compositor mexicano
Silvestre Revueltas y, desde entonces, nunca me abandonó". En 1932 vino
por vez primera a España en compañía del también compositor Aaron
Copland,
con un muy principal deseo: conocer a Manuel de Falla. Paul afirmaba: "La
influencia de Falla en la música de mi país está aún por estudiar y
reconocer". En 1944 Dalí haría los trajes y el decorado para el ballet
Coloquio sentimental, sobre un poema de Verlaine, con música de
Paul Bowles. En 1951 vuelve Paul a España invitado por Tomás Seral, para
la inauguración en la sala Clan de la exposición del pintor mallorquín
Juli Ramis, para quien escribiría un texto en español que aparecería en la
buscada colección de Artistas nuevos, de Seral. Paul decía: "Es
curioso, entre mis pintores preferidos figuran tres mallorquines: Miró,
Ramis y Barceló".
Y no olvidemos que en 1937 Paul Bowles se adhiere al Comité en Defensa
de la República y es uno de los fundadores del Federal Theatre, que se
inaugura con un singular espectáculo titulado Who fights this
battle, con textos cambiantes de Kenneth White, según aparecían
noticias de nuestra triste guerra. La música era de Bowles y la dirección
escénica de Joseph Loseu. Con el Federal Theatre nace en Nueva York el
Political Cabaret, a semejanza de lo que sucediera en el Berlín que Hitler
destruyera. Pronto el silencio habría de apoderarse de estas voces en
libertad.
También en silencio habría de llegar Paul Bowles a Tánger en 1944.
Abandona la composición y se pone a escribir. Y es así como nace uno de
los más importantes novelistas de la muy rica literatura contemporánea de
Estados Unidos. Gracias por todo, Paul.
19/Nov/1999
* * * * * *
Articulos
recogidos de "El País digital"
EL EXISTENCIALISTA
EXÓTICO
Luis Antonio de
Villena
Quizá nadie haya definido tan certeramente a Paul Bowles -y al mito
creado en torno a su figura y su mundo- como Norman Mailer en un libro
conjunto sobre el escritor: «Paul Bowles abrió el mundo del rollo. Dio
entrada al asesinato, a las drogas, al incesto, a la muerte de lo
convencional, a la llamada de la orgía, al fin de la civilización...»
Aunque podría tratarse de la descripción de un decadente del anterior fin
de siglo, en la voz de Mailer sabemos que habla de la contracultura, del
orbe beat, de la modernidad revolucionaria que tuvo su apogeo de masas en
los primeros años 70, precisamente cuando Bowles volvió a ser recuperado,
tras algunos años de olvido.
El escritor, fallecido ayer de un paro cardiaco, había nacido en Nueva
York el 31 de diciembre de 1910 (quizá por eso Bowles solía decir que
había nacido en 1911) Paul fue siempre un ávido lector y un gran
aficionado a la música. Pero -además, cuando viajar aún era cambio y
aventura- tuvo una intensa vocación de nómada que le llevó por todo el
mundo. En 1927 acudió a la Universidad de Charlottesville, en Virginia, y
se matriculó en varias especialidades -Francés e Historia de la Música,
entre otras- pero no llegó a terminar ninguna.
Atraído por lo que -entonces- era aún París para la lost
generation, en
1929, con 19 años, Bowles se embarca rumbo a Europa. Sus años europeos
antes de la guerra -con sucesivos regresos a Estados Unidos- estarán
marcados por la bohemia, el afán de experimentar y sus primeras
composiciones musicales, de la mano de Aaron Copland. En París, trata a
Gertrude Stein y a Natalie Barney, la famosa Amazona: dos lesbianas.
Volverá a Nueva York, visitará Alemania, España, leerá a André Gide (su
primera gran influencia literaria) y seguirá componiendo música. La
primera partitura suya que conservamos es de 1931: Sonata para oboe y
clarinete. Y su primera música para el cine, de 1933, en la película Bride
of Samoa.
Pero quizá el hecho que marcaría esa vida excéntrica y bohemia, llena
de amor por los raros, sería su conocimiento en 1937 de Jane Auer, una
extraña chica de 20 años, con la que se casó un año después, tras de un
viaje a México que -con el norte de Africa- es uno de los enclaves
favoritos del escritor. La boda se haría para asombro de todos sus amigos,
pues Jane -gran conocedora de la literatura francesa moderna, otra afición
común- era lesbiana, y Paul (aunque había tenido algunas novias) fue
considerado frígido por unos y homosexual por la mayoría. Paul y Jane
Bowles compondrían una pareja mítica de la literatura norteamericana del
exilio, hasta la muerte de ella en 1972, en un psiquiátrico de Málaga,
tras años de depresiones y un ataque cerebral. Los años de la Segunda
Guerra Mundial los pasaron, fundamentalmente, en Taxco y Cuernavaca
-México- viajando también a Panamá y Costa Rica. Bowles le había escrito a
Gertrude Stein, al principio de su relación matrimonial con Jane: «Estoy
casado con una chica que odia la naturaleza, y aquí estamos rodeados de
volcanes, terremotos y monos». Para algunos Jane fue el verdadero
detonante de la fama excéntrica de Paul Bowles.
Aunque antes de la guerra había publicado poemas en revistas de
vanguardia, el primer libro de Bowles (que ya casi ha dejado la música por
la literatura) será la novela El cielo protector publicada en 1949, cuando
ya la pareja Bowles llevaba un par de años instalada en Tánger -entonces
ciudad de la libertad- y que sería ya, en adelante, y pese a los cambios
políticos, el cuartel y emblema de nuestro hombre. Un Tánger moro y
cosmopolita, excéntrico y vicioso, cuya imagen provenía de la preguerra,
pero que Paul Bowles -en los finales años 40- proyectó hacia todos sus
amigos norteamericanos: De Truman Capote a Tennessee Williams.
Trazar la
idea central de El cielo protector (que tuvo gran éxito cuando se publicó,
pero que tardó 20 años en volver a ser reeditada) puede darnos idea de lo
que siempre será, por dentro, la literatura bowlesiana: tres
norteamericanosse internan en el sur de Marruecos, hacia el desierto, pero
a medida que surgen el desasosiego y los problemas, los protagonistas, dos
hombres y una mujer -seducidos por la áspera vida local- no sólo no
retroceden sino que siguen adelante, llamados por su propio abismo, sexual
y crispado.
Bertolucci puso bellas imágenes al libro en su homónima
película de 1990 (en la que aparece el propio Bowles sentado en un café de
Tánger) pero acaso no puso la necesaria zozobra. Este existencialismo
exotista marcará siempre -en los filos del abismo- la literatura,
cautivadora y ambigua, de quien (incluso en el desierto) nunca dejó de
vestirse como un caballero entallado. Con el éxito de El cielo protector
-con el dinero de esa primera novela- Bowles se compró un Jaguar blanco
con el que paseaba por Tánger a amigos y jóvenes musulmanes. Luego lo
vendió, porque su vida no resultó siempre económicamente fácil. Al
contrario, a menudo tuvo que traducir o dar cursos universitarios para
poder hacer frente a sus gastos cotidianos.
La siguiente novela de Bowles -Déjala que caiga- es de 1952, y La casa
de la araña, de 1955. Sin embargo son sus relatos cortos, recogidos en
múltiples colecciones, desde 1950 a 1988, los que se consideran,
habitualmente, lo mejor de su obra. Gore Vidal suele afirmar que Bowles es
el mejor escritor norteamericano de relatos cortos. Un auténtico maestro
en esa distancia. Cito algunos títulos, en traducción española: El tiempo
de la amistad, Misa de Gallo o Palabras ingratas, que fue el último.
Además Bowles publicó libros de viajes y una autobiografía -Memorias de un
nómada, en 1972- narrando peripecias viajeras más que intimidad. No es,
desde luego, el mejor de sus libros.
En 1981 reunió su poesía (1926-1977) en un tomito titulado
"Next to
nothing" (Cerca de nada). Al hablar de la plural obra de Bowles -exótica
para los norteamericanos- no pueden dejarse de lado sus traducciones,
especialmente las que hizo del árabe dialectal de los relatos orales de
alguno de sus amigos marroquíes, como Mohammed Mrabet, entre ellas Amor
por un puñado de pelos (1967) o Mira y corre (1976).
Mito del malditismo tangerino, cuajado de viajes, secretarios y
visitantes, amigo de legendarios transgresores como William Burroughs o
Allen Ginsberg, Paul Bowles ha sido un existencialista, un nihilista
(cercano a La náusea sartriana) pero encandilado por un mundo primitivo,
sensual y lejano, que hacía más llevadera la angustia. La última novelita
de Bowles -con la aureola ya del filme de Bertolucci- fue Muy lejos de
casa (1992), ilustrada por Miquel Barceló. Bowles (lo vi un par de veces)
era elegante y flemático, con ojos muy azules, y aire desesperado y
correctísimo. Me gusta una frase suya: «Cuando había vida, dije que la
vida estaba equivocada».
Paul Bowles, escritor, nació en Nueva York el 31 de diciembre de 1910 y
falleció el 18 de noviembre de 1999 en Tánger (Marruecos).
Articulo
extraido de "El Mundo" - 19/Nov/1999
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