PERMITID, SEÑOR
Permitid, Señor, un poco de lujuria en este
mundo.
Permitid que el roce de los labios sea caliente
levadura,
permitid que las pupilas de luto del deseo se hundan
en el pozo de otros ojos,
permitid que la mano del osado amante palpe la
sangre ajena estremecida.
Dejad hervir la entraña
de los machos sobre la piel desnuda
dejad el juego de los adolescentes labios bucear en
los senos de los lirios,
dejad las vírgenes con su secreto fuego ardiendo en
piras escondidas,
dejad los muslos de los verdes tallos mezclarse en
llamas de tacto, en apretadas lianas de caricias.
Que el rubor se desnude
enteramente y la escultura
surja de tactos y torrentes,
que los zumos de los ojos exprimidos y de
brazos,
manen de fuentes secretas y de
labios.
Permitidlo, Señor, que ya sufrieron sus penas los
humanos,
que ya, bastante, la carga duró sobre sus
hombros.
NECESIDAD
Todo hombre
crea a Dios
a su imagen y
semejanza
desde el páramo
de las rocas, los astros, y los soles
todos, todos
los hombres, frente a lo que no tiene carne
frente al erizo
de la existencia piensan, sienten
quieren buscar
a otro, a otro
que esté con él
con sus lágrimas de pensamiento
y sus brazos
para sostener algo que se desploma
y buscamos,
esperamos, otras manos que nos ayuden
otros dedos,
otra carne que se nos junte
para vivir en
este sucio paraíso.
CREPÚSCULO
¡Oh! Cuando el
sol cae como una inmensa
piedra que
cierra el horizonte cada día,
cuando
la luz se extingue lenta y la sombra
sale de los
valles profundos,
vanguardia
oscura de los ejércitos negros
de la noche que
vienen a su
colosal parada
de silencio,
cuando la
tierra toma un rostro de asfalto
como un espejo
para mirarse agonizante
bajo el
desierto ceniza de las nubes,
inmóvil como
una mano
una mano
muerta,
mientras que la
hora en todos los relojes
del mundo suena
una misma
melancolía,
he aquí que yo,
exprimido como una
esponja amarga
bajo
el cielo que se
desploma
no soy sino
unos ojos donde se petrifica
toda
tristeza,
un agua límpida
que recibe acaso el
temblor de una
esquila lejana,
sin ser cuerpo
ni ser hombre,
sino una vaga
niebla que piensa
y se funde y se
aniquila y se esfuma
lentamente
cuando pasada
la angustia de la hora
en que el
universo duda su cambio
la noche
extiende su túnica y cubre el
cadáver frío
del horizonte derrumbado.
PRESENCIA
El muchacho era
tan bello, que no era de este mundo
Era otro mundo
él solo, de flor y un manojo de venas.
Lo mirabas y
era aparte, lejos de ti, como un bello animal suelto,
en un universo
verde de agua y de praderas
ponías la
mirada en él y lo encontrabas vivo, igual que tú,
pero pensabas
que era una flor, una gacela con junco, un lirio.
Querías amarlo,
y resbalaba la mirada en la flor de carne,
y como miras a
lo que tiene alma y venas y sentidos,
el muchacho
pasaba ante tus ojos de entrega,
sin verte, sin
mirarle, dando muerte a tu mundo,
con su
presencia plena,
para la que no
existías…
SONETO A CÓRDOBA
Amarillo perfil de
arquitectura
de cúpulas y torres coronado,
torso de duro mármol cincelado,
estatua de ciudad. Córdoba pura.
Abres al valle virginal
figura
a la que el Betis besa enamorado
y en tu más alta torre reflejado
el oro de tu Arkángel te fulgura.
Arena y cal, olivo,
serranía,
enhiesto pino, palmeral ardiente
ciñen tu delicada argentería.
Relicario de siglos donde
Oriente
engarza en vesperal policromía
tu albo destello ¡oh perla de Occidente!.
DESEO PAGANO
A Vicente
Aleixandre
Dioses
innúmeros perdidos en los campos
entre hierba y
mirto, paciendo los sonidos de los vientos suaves.
Inmóviles
escuchas de la tarde,
puros dioses de
mármol sobre el verde,
marfil
amarillento a los rayos del ocaso,
dioses azules
en las sombras casi, más tarde fundidos en la noche,
yo os invoco:
que mi voz resucite vuestros restos deshechos,
vuestros torsos
desnudos que se bañan en las lágrimas húmedas y soñolientas de los
prados.
¡Oh dioses sin
problemas, domésticos, sin ansias de infinito!
Mi mente
ensombrecida tiene sed
de
mármol
de
blancura
de
línea.
Veinte
siglos columnas de desprecio, trémulos de blasfemias
sobre vuestros
rostros, espejos de horizontes.
(¡oh Juliano!)
han sido los caminos del mundo,
y os
sepultasteis en la tierra
y habéis
sentido los pasos del zagal y del arado
rozando
vuestros miembros.
Y las
vírgenes vistieron su marfil de la yedra brillante de los sotos
huyentes como
Sabinas a las rústicas manos,
escondidas,
silenciosas de sol.
¡Sacras
vestales, encubrid vuestra vergüenza!
Que
veinte siglos no han sabido gustar la vida de vuestros ojos
inmensos
ni comprender
los pechos bronceados, triunfantes como el color de los trigos,
y se han
perdido en el laberinto de las ansias inacabadas,
de las
pretensiones insatisfechas.
Lejos
de la flauta y la sonrisa de Pan
que hacía
danzar los cuerpos
como la brisa
las palmas sobre el azul,
lejos del
rabel
y la mirada de
Narciso,
que hacía
vibrar la belleza
en el ritmo de
su propia contemplación,
lejos, muy
lejos de la cítara lánguida,
consagradora de
las noches,
sacerdotisa de
las satisfacciones.
¡Oh siglos,
volved!
¡Volved, pues
os esperan los dioses,
los dioses del
amor y la alegría
del sol, la
luz, las fuentes y los prados,
los dioses
vivos de la carne y los deseos!