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EPITAFIO PARA MARÍA KODAMA
- Me gusta que se llame
- Maria Kodama
- el invento póstumo de
- Jorge Luis Borges.
- María Kodama es
- el nombre borjiano de la esposa
- del Impertinente Maestro de Ceremonias
- Kiro Kotsuké No-Suke,
- llamado también Ochi Kotsuké
No-Suki,
- que era a su vez la verdadera
- Madame Pechogris, novia
- favorita de mi temido amigo
- Yuko Mishima.
- Mishima fue, como todos lo saben,
- el pseudónimo oriental de
- Jorge Luis Borges.
SONETO
PARA NO MORIRME
-
Escribiré un soneto que le oponga a
mi muerte un muro construido de tan recia manera, que pasará lo
débil y pasará lo fuerte y quedará mi nombre igual que si
viviera.
-
Como un niño que rueda de una alta
escalera descenderá mi cuerpo al seno de la muerte. Mi cuerpo, no mi
nombre; mi esencia verdadera se incrustará en el muro de mi soneto
fuerte...
-
De súbito comprendo que ni ahora ni
luego arrancaré mi nombre al merecido olvido. Yo no podré librarle
de las garras del fuego,
-
no podré levantarle del polvo en que
ha caído. No he de ser otra cosa que un sofocado ruego, un soneto
inservible y un muro destruido.
BRANDERBURGO
1526
Exquisitas
damas brandeburguesas procuraban dominar la cólera del Barón
Humperdansk, no obstante que conocían la justificación de aquella
cólera: la Baronesa, a la que se tenía por mujer feliz en su
castillo rodeado de abetos gigantescos, se levantó muy al alba,
vestida ya de amazona, bebió de pie su taza de Etiopía, y dijo al
palafrenero por única despedida: "cuando llegue el momento
dígale al Barón que salí a ver qué cosa es esa del Nuevo Mundo de
que se habla tanto ahora".
El Barón fue informado de su
infortunio a la hora exacta en que cada día autorizaba a sus
lacayos a dirigirle la palabra: apagada la última campanada de
las doce, él agitaba desde su cámara secreta una campanillita de
oro que tintineaba por todo el castillo, y erizaba de pavor los
cabellos de la servidumbre.
–"Deme las novedades del día",
dijo el Barón al bailío de turno. El bailío aclaró su garganta,
se puso rígido, y desviando sus ojos de la cara granítica del
Barón Humperdansk, dijo de una tirada: –"Hoy no hay nada más que
decir que la señora Baronesa partió a las cinco y treinta de la
mañana en su caballo alazán Bucefalito, dejándole dicho a Vuestra
Excelencia que iba al Nuevo Mundo".
El Barón Humperdansk
clavó los ojos en el parque de abetos que rodeaba el
castillo; mudo, con el cristal de las lágrimas perforaba el
sendero, y seguía más allá, como persiguiendo el trotar del
alazán en las llanuras brandeburguesas, y avanzaba hasta alcanzar
las orillas del océano, donde desplegaba grandes velas color de
azafrán, una barca lista para zarpar con rumbo a las remotas
islas, a aquellas en cuya realidad creían tan sólo los navegantes
fieles a Juan de Mandadilla y los pajes venecianos del perínclito
Señor del Tapiz de Oro, llamado Marco Polo.
La barca volaba
hacia las islas y tras ellas el mirar alucinado arrastraba al Barón
de Humperdansk. Adherido como un albatros muerto al ventanal
sobre el bosque, el Barón presenciaba extrañas ceremonias. ¡Qué
inmenso templo de columnas blancas coronadas de ventalles
verdes! ¡Qué calidad de cielo! ¡Y cuántas claridades en las
nubes! ¿Será esta la tierra presentida por los altivos navegantes
de la Eskalda, por los viejos balleneros del Egipto, por los
augures persas? Deleitoso dibujo nunca visto del sol sobre las
hojas, del aire en la piel del espacio. Todo es allí sustancia de
diamante, todo se rompe en luz, todo fulgura. ¿Qué isla es esta
de la que a Brandeburgo llegan insólitos aromas, y rojos
chillidos de desconocidos pájaros despiertan los abetos del
castillo, y humaredas de un incienso nuevo suben hasta el alma, y
la enardecen? ¿Qué catedral radiante se alza junto a la
espuma, y piérdese feliz por ella la más exquisita dama de
Brandeburgo, reverenciada ahora entre himnos y elásticas danzas
como una diosa ofrendada por el mar, reverenciada por gentes
extrañas, jamás vistas en los bosques de Europa? ¿Y quiénes son
estos jóvenes guerreros desnudos que cantan sin cesar tan suaves
melodías, y estas doncellas doradas que danzan percutiendo a
compás sus tamborines? ¿Qué es este extraño atuendo de sus
cabezas, y esta mórbida carne acanelada de sus sensuales cuerpos,
que se adivinan tibias como caricias? Mira el Barón absorto el
ritual de la remota isla hecho a una diosa nueva; siente que
aquellos extraños guerreros la han recibido como si hubiese caído
del cielo después del huracán, el huracán, que a veces dejaba en las
llanuras y sobre el terciopelo de las solemnes
ceibas innumerables pajaritos blancos y a veces, como ahora,
ofrecía un ídolo benéfico, otra diosa que renovaría la fecundidad
de las mujeres y de la tierra.
El Barón lloraba
silenciosamente, día tras día, en noche y alborada, y en su
habitación entraban las exquisitas damas de Brandeburgo para
escucharle una y otra vez el relato de sus
alucinaciones. Hablaba de ríos absolutamente cristalinos, de
rojas mariposas sonoras, de aves que conversaban con el hombre y
reían con él. Hablaba de maderas perfumadas todo el tiempo, de
translúcidos peces voladores, de sirenas, y describía árboles
golpeantes con sus fustes en la techumbre del cielo, y se le oía
runrunear, transportado en su sueño al otro mundo, cancioncillas
que jamás resonaron en los bosques del castillo. Y
cantaba: Senserení, color de agua en la mano, y sabor de
aleluya en bandeja de plata; Senserení cantando a través del
verano, con su pluma de oro y su pico
escarlata.
Tornaba a ensimismarse en su felicísima
tristeza, y allí se estaba el Barón de Humperdansk, pegado al
ventanal de las iluminaciones, contemplando el vivir de su
esposa en otro lejano paraíso, rodeada de adolescentes
lascivos, de ídolos hieráticos, de madreperlas y palmeras. Hasta
que un día, de pronto, apagada la última campanada de las doce,
cuando los lacayos entraban para cantar con laúd las novedades
del día (que Lady Mirandolina se había malogrado, que Piccolino
Uccello había escrito un poema), se oyó gozosa la voz del bailío
diciendo: –"Hay noticias, señor Barón, de que la Baronesa
vuelve". Y a seguidas, crecía en todos los oídos el trotar de un
caballo alazán. Y avanzaba veloz, entre los abetos, la diosa que
venía de las islas. Corría feliz hacia el castillo, aquella que
partió para encenderse y renacer en las tierras del Nuevo
Mundo.
Entró en la cámara del Barón, besó la frente
del deslumbrado cuchicheando extrañas palabras en sus oídos, y
ceremoniosa fue hasta la ventana de los prodigios lejanos: la
Baronesa de Humperdansk llamó junto a sí a las exquisitas damas
brandeburguesas y dijo: "Bendecidme, mujeres de Brandeburgo;
mirad mi vientre: traigo del Nuevo Mundo al sucesor de este
castillo".
Y la baronesa, con suma cortesía, invitaba a
las damas a fumar de unas oscuras hojas que recogió en las
islas. El humo vistió de nubecillas plateadas la cámara del feliz
Barón. Ebrio de alegría, agitaba su campanillita de oro, y
pedía que trajesen los vinos de las fiestas principales. Todos
brindaban por el niño que pronto haría florecer de nuevo los muros
del castillo. Todos bailaban locos de felicidad. Y extraña cosa
en los bosques de Brandeburgo: todos quedaban castamente
desnudos, envueltos por el humo traído de las islas, y danzaban
al son de una música extraña: una música hecha con tamborines de
oro, y palmas, y sahumerios.
POEMA
Si me dijese usted la hora exacta Exactamente la hora en que he de
comenzar a beberme la sombra De mis huesos
No destruye a destiempo sus relojes Ni castra el césped suyo cualquier
jardín de arena Arraigándose en mí por la desnuda tersa herida Comienzo a
renunciar y a pulverizar la memoria Sabría ya bastarme sin el soporte del
fuego Eh: Aquí están las llaves de esta sangre Mira augur quiere de nuevo
el ido besar la biografía Despojándome del pasado devolviendo la arcilla el
soplo he desdeñado Vagando dentro sin premura mayor que el primitivo
artífice Vagando fuera en la carroza marmórea en el idéntico sitio En el
sitio que alude furiosamente el verbo eternidad Pero no dejaréis desplomarse
la risa atádmela a columnas Unidla sus fragmentos con los cabellos de un
clavicordio Amputad del futuro el rostro que llevaré ante
Dios Desenmascaradme empero amados la faz de huesos puros Que sorprenda
gloriosamente atento al espejo enterrado entre la sangre Porque la lluvia
nace dondequiera que hay llanto de esqueletos Cierto es más que cierto aquí
vengo a decirlo Partid mariposas funerales: Me seguirá doliendo el polvo de
sus huesos Rasgo la certidumbre de un espacio en cualquier sitio de la
tierra Escucha: La lluvia ha comenzado amigo a relumbrar la hoguera Amigo,
amigo mío: Si inclinaras a mi oído el horario preciso
SONETO
AL DONCEL
Ante el túmulo del Marqués de Acapulco, hombre que fue de guerras, muerto en
Milán hacia los 1638 años del Señor, a los veinticinco de su edad, y en la
bizarra flor de su hidalguía.
Y cuando sintióse herido, ordenó que trajesen su instrumento,
el violín, que sabía; y estúvose tocando en él hasta ser muerto
Una enclavada en llanto, arduo lloro Apaciguado al fin por don
marmóreo, Rinde ceñido espejo al leve escolio Que enceta al memorial
fundido oro.
Guarda, yaciente, el musical decoro Cifrado en torso y
prez, albo
ostensorio, Encielando al violín coso marmóreo Labrado en bella luz y en
largo azoro.
Doncel de cruz y perla sobre el pecho A cuya vera aún, insomne,
anida Canto de mármol en el violín desecho,
Desenlázate ya, alienta por la llama fenecida Ansiosa de enterrarse en
nuevo pecho Para darle a la Muerte en nueva vida.
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