1916  -  1997

 

ALGUNOS POEMAS

 

EPITAFIO PARA MARÍA KODAMA

Me gusta que se llame
Maria Kodama
el invento póstumo de
Jorge Luis Borges.
María Kodama es
el nombre borjiano de la esposa
del Impertinente Maestro de Ceremonias
Kiro Kotsuké No-Suke,
llamado también Ochi Kotsuké No-Suki,
que era a su vez la verdadera
Madame Pechogris, novia
favorita de mi temido amigo
Yuko Mishima.
Mishima fue, como todos lo saben,
el pseudónimo oriental de
Jorge Luis Borges.

SONETO PARA NO MORIRME

    • Escribiré un soneto que le oponga a mi muerte
      un muro construido de tan recia manera,
      que pasará lo débil y pasará lo fuerte
      y quedará mi nombre igual que si viviera.

    • Como un niño que rueda de una alta escalera
      descenderá mi cuerpo al seno de la muerte.
      Mi cuerpo, no mi nombre; mi esencia verdadera
      se incrustará en el muro de mi soneto fuerte...

    • De súbito comprendo que ni ahora ni luego
      arrancaré mi nombre al merecido olvido.
      Yo no podré librarle de las garras del fuego,

    • no podré levantarle del polvo en que ha caído.
      No he de ser otra cosa que un sofocado ruego,
      un soneto inservible y un muro destruido.

    

BRANDERBURGO 1526

Exquisitas damas brandeburguesas
procuraban dominar la cólera del Barón Humperdansk,
no obstante que conocían la justificación de aquella cólera:
la Baronesa, a la que se tenía por mujer feliz en su castillo rodeado de abetos gigantescos,
se levantó muy al alba, vestida ya de amazona, bebió de pie su taza de Etiopía,
y dijo al palafrenero por única despedida: 
"cuando llegue el momento dígale al Barón que salí a ver qué cosa es esa del Nuevo Mundo de que se habla tanto ahora".

El Barón fue informado de su infortunio a la hora exacta
en que cada día autorizaba a sus lacayos a dirigirle la palabra:
apagada la última campanada de las doce, él agitaba desde su cámara secreta
una campanillita de oro que tintineaba por todo el castillo,
y erizaba de pavor los cabellos de la servidumbre.

–"Deme las novedades del día", dijo el Barón al bailío de turno.
El bailío aclaró su garganta, se puso rígido, y desviando sus ojos
de la cara granítica del Barón Humperdansk, dijo de una tirada:
–"Hoy no hay nada más que decir que la señora Baronesa partió a las cinco y treinta de la mañana en su caballo alazán Bucefalito, dejándole dicho a Vuestra Excelencia que iba al Nuevo Mundo".

El Barón Humperdansk clavó los ojos en el parque de abetos que rodeaba el castillo;
mudo, con el cristal de las lágrimas perforaba el sendero, y seguía más allá,
como persiguiendo el trotar del alazán en las llanuras brandeburguesas,
y avanzaba hasta alcanzar las orillas del océano, donde desplegaba grandes velas
color de azafrán, una barca lista para zarpar con rumbo a las remotas islas,
a aquellas en cuya realidad creían tan sólo los navegantes fieles a Juan de Mandadilla
y los pajes venecianos del perínclito Señor del Tapiz de Oro, llamado Marco Polo.

La barca volaba hacia las islas y tras ellas el mirar alucinado arrastraba al Barón de Humperdansk.
Adherido como un albatros muerto al ventanal sobre el bosque, el Barón presenciaba extrañas ceremonias.
¡Qué inmenso templo de columnas blancas coronadas de ventalles verdes!
¡Qué calidad de cielo! ¡Y cuántas claridades en las nubes!
¿Será esta la tierra presentida por los altivos navegantes de la Eskalda,
por los viejos balleneros del Egipto, por los augures persas?
Deleitoso dibujo nunca visto del sol sobre las hojas, del aire en la piel del espacio.
Todo es allí sustancia de diamante, todo se rompe en luz, todo fulgura.
¿Qué isla es esta de la que a Brandeburgo llegan insólitos aromas,
y rojos chillidos de desconocidos pájaros despiertan los abetos del castillo,
y humaredas de un incienso nuevo suben hasta el alma, y la enardecen?
¿Qué catedral radiante se alza junto a la espuma,
y piérdese feliz por ella la más exquisita dama de Brandeburgo,
reverenciada ahora entre himnos y elásticas danzas como una diosa ofrendada por el mar,
reverenciada por gentes extrañas, jamás vistas en los bosques de Europa?
¿Y quiénes son estos jóvenes guerreros desnudos que cantan sin cesar tan suaves melodías,
y estas doncellas doradas que danzan percutiendo a compás sus tamborines?
¿Qué es este extraño atuendo de sus cabezas, y esta mórbida carne acanelada de sus sensuales cuerpos, que se adivinan tibias como caricias?
Mira el Barón absorto el ritual de la remota isla hecho a una diosa nueva;
siente que aquellos extraños guerreros la han recibido
como si hubiese caído del cielo después del huracán, el huracán, que a veces dejaba en las llanuras y sobre el terciopelo de las solemnes ceibas
innumerables pajaritos blancos y a veces, como ahora, ofrecía un ídolo benéfico,
otra diosa que renovaría la fecundidad de las mujeres y de la tierra.

El Barón lloraba silenciosamente, día tras día, en noche y alborada,
y en su habitación entraban las exquisitas damas de Brandeburgo
para escucharle una y otra vez el relato de sus alucinaciones.
Hablaba
de ríos absolutamente cristalinos, de rojas mariposas sonoras,
de aves que conversaban con el hombre y reían con él. Hablaba
de maderas perfumadas todo el tiempo, de translúcidos peces voladores, de sirenas,
y describía árboles golpeantes con sus fustes en la techumbre del cielo,
y se le oía runrunear, transportado en su sueño al otro mundo,
cancioncillas que jamás resonaron en los bosques del castillo.
Y cantaba:
Senserení, color de agua en la mano,
y sabor de aleluya en bandeja de plata;
Senserení cantando a través del verano,
con su pluma de oro y su pico escarlata
.

Tornaba a ensimismarse en su felicísima tristeza, y allí se estaba el Barón de Humperdansk,
pegado al ventanal de las iluminaciones, contemplando el vivir de su esposa
en otro lejano paraíso, rodeada
de adolescentes lascivos, de ídolos hieráticos, de madreperlas y palmeras.
Hasta que un día, de pronto, apagada la última campanada de las doce, cuando
los lacayos entraban para cantar con laúd las novedades del día
(que Lady Mirandolina se había malogrado, que Piccolino Uccello había escrito un poema),
se oyó gozosa la voz del bailío diciendo:
–"Hay noticias, señor Barón, de que la Baronesa vuelve". Y a seguidas,
crecía en todos los oídos el trotar de un caballo alazán. Y avanzaba veloz,
entre los abetos, la diosa que venía de las islas. Corría feliz hacia el castillo,
aquella que partió para encenderse y renacer en las tierras del Nuevo Mundo.

Entró en la cámara del Barón, 
besó la frente del deslumbrado cuchicheando extrañas palabras en sus oídos,
y ceremoniosa fue hasta la ventana de los prodigios lejanos: la Baronesa de Humperdansk
llamó junto a sí a las exquisitas damas brandeburguesas y dijo:
"Bendecidme, mujeres de Brandeburgo; mirad mi vientre: traigo del Nuevo Mundo
al sucesor de este castillo".

Y la baronesa, con suma cortesía,
invitaba a las damas a fumar de unas oscuras hojas que recogió en las islas.
El humo vistió de nubecillas plateadas la cámara del feliz Barón.
Ebrio de alegría,
agitaba su campanillita de oro, y pedía que trajesen los vinos de las fiestas principales.
Todos brindaban por el niño que pronto haría florecer de nuevo los muros del castillo.
Todos bailaban locos de felicidad. Y extraña cosa en los bosques de Brandeburgo:
todos quedaban castamente desnudos, envueltos por el humo traído de las islas,
y danzaban al son de una música extraña:
una música hecha con tamborines de oro, y palmas, y sahumerios.

    

 

POEMA

Si me dijese usted la hora exacta
Exactamente la hora en que he de comenzar
a beberme la sombra
De mis huesos

No destruye a destiempo sus relojes
Ni castra el césped suyo cualquier jardín de arena
Arraigándose en mí por la desnuda tersa herida
Comienzo a renunciar y a pulverizar la memoria
Sabría ya bastarme sin el soporte del fuego
Eh: Aquí están las llaves de esta sangre
Mira augur quiere de nuevo el ido besar la biografía
Despojándome del pasado devolviendo la arcilla el soplo he desdeñado
Vagando dentro sin premura mayor que el primitivo artífice
Vagando fuera en la carroza marmórea en el idéntico sitio
En el sitio que alude furiosamente el verbo eternidad
Pero no dejaréis desplomarse la risa atádmela a columnas
Unidla sus fragmentos con los cabellos de un clavicordio
Amputad del futuro el rostro que llevaré ante Dios
Desenmascaradme empero amados la faz de huesos puros
Que sorprenda gloriosamente atento al espejo enterrado entre la sangre
Porque la lluvia nace dondequiera que hay llanto de esqueletos
Cierto es más que cierto aquí vengo a decirlo
Partid mariposas funerales: Me seguirá doliendo el polvo de sus huesos
Rasgo la certidumbre de un espacio en cualquier sitio de la tierra
Escucha: La lluvia ha comenzado amigo a relumbrar la hoguera
Amigo, amigo mío: Si inclinaras a mi oído el horario preciso

    

SONETO AL DONCEL

Ante el túmulo del Marqués de Acapulco, hombre que fue de guerras, muerto en Milán hacia los 1638 años del Señor, a los veinticinco de su edad, y en la bizarra flor de su hidalguía.

Y cuando sintióse herido, ordenó que trajesen su instrumento, el violín, que sabía; y estúvose tocando en él hasta ser muerto

Una enclavada en llanto, arduo lloro
Apaciguado al fin por don marmóreo,
Rinde ceñido espejo al leve escolio
Que enceta al memorial fundido oro.

Guarda, yaciente, el musical decoro
Cifrado en torso y prez, albo ostensorio,
Encielando al violín coso marmóreo
Labrado en bella luz y en largo azoro.

Doncel de cruz y perla sobre el pecho
A cuya vera aún, insomne, anida
Canto de mármol en el violín desecho,

Desenlázate ya, alienta por la llama fenecida
Ansiosa de enterrarse en nuevo pecho
Para darle a la Muerte en nueva vida.

   

 

     

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO