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El Olimpo
representa el mayor espectáculo de la sexualidad libre de los griegos: desde
Zeus, que no desdeña la bestialidad del toro y del cisne provocando la alegría
inhumana de Europa y Leda, hasta el pobre Príapo, el más plebeyo de los
subdioses, todo el panteón helénico ofrece la vida amorosa de una civilización
refinada y equilibrada, que sabe conciliar el espíritu de Eros con el sexo de
Príapo. De aquí, seguramente, surgen todas las acepciones clasificadas sobre el
Amor, que un estudio a través de la Historia y del mundo, mostrarían como
soluciones que los hombres supieron encontrar a sus aspiraciones creadoras, a
sus angustias, y a sus intuiciones destructivas.
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Hylas y las ninfas del
agua / J. W. Waterhous 1890 |
En la
religión griega puede encontrarse toda una mezcolanza de dioses, semidioses,
héroes y hombres que constituyen la herencia de los pueblos mediterráneos:
herencias asiáticas y prehelénicas que se incrustaron en Grecia sin
que adquirieron toda una perdurabilidad de forma, de
concepción y hasta de idea. Al lado de la costumbre sagrada de la prostitución,
procedente de Babilonia, Sumeria, Jerusalén o Menfis, se encuentra el contraste
del culto a la virginidad, también nacido en Oriente. El padre adquiere el
derecho a vender su hija, si no es pura. La pérdida de la virginidad es una
forma latente de muerte, de aquí la leyenda de Artemisa o Diana, que debía
permanecer virgen.
Acteón,
yendo un día de caza, sorprendió a la diosa en el baño. Artemisa, ofendida por
haber sido desflorada su desnudez, lo metamorfoseó en ciervo y sus ochenta
perros lo devoraron. Esto no impidió que la diosa de la Doncellez y la Castidad
diese cincuenta hijos a Endimión y otorgase sus favores a Orión y a Pan, aun
cuando este último los obtuvo a la fuerza. Tuvo un séquito de sesenta hijas de
Océano, y todas las jóvenes que deseaban acompañarla debían hacer voto de
castidad. Sus sacerdotisas eran vírgenes y cuando una se casaba, debía dejar su
puesto.
La leyenda de Calipso, tan representada en la pintura, cuenta cómo fue
seducida por Júpiter y al ser descubierto su desliz, para que no vieran su
abultado vientre se negó a ir al baño con sus compañeras; Artemisa la expulsó de
su séquito.
También de
Extremo Oriente llegaron formas míticas concretadas en el fruto de los amores de
Hermes y Afrodita, más conocido a partir de Plinio, en su Historia Natural, como
el Hermafrodita.
La graciosa leyenda de este personaje y la ninfa Salmacis,
relatada por Ovidio, pinta el hermafroditismo como la expresión de una
intensidad amorosa en virtud de la cual el amante tiende a infundirse en el
cuerpo del amado y luego a identificarse con él, de lo que resulta, incluso
somáticamente, una unidad.
Hermafrodita es un joven adolescente; llega a un lago cuyas aguas son
límpidas hasta el fondo.
Allí vive Salmacis, joven náyade voluptuosa, que se
deleita mirándose en el agua, engalanándose con flores y arreglándose
primorosamente el velo. Al ver al muchacho se queda admirada y exclama:
“Tú, feliz
si eres mortal y feliz la mujer que te ha nutrido en su seno, pero mucho más
feliz tu amada, si la tienes, y la que será honrada con tu antorcha nupcial,
pero si ella no existe aún, yo te llamo; te deseo y quiero compartir contigo mi
lecho”
El joven Hermafrodita, que ignoraba el amor, se puso encarnado
e inició la fuga; ella, entonces, se alejó para no intimidarlo más; él se
desnudó y jugó con las olas, echándose al agua. La ninfa, presa de deseo, lo
abraza, oprime los graciosos miembros que se debatían y que, temiéndola por su
amor, no la querían; invoca a los dioses: “Criaturas
del Cielo, oíd mis votos: Que no pueda este joven separarse de mí, ni yo de
él”
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| Hermafrodita
dormido / Museo de Louvre, París, Francia |
Los dioses
la escucharon, se apiadaron de su amor y conjuntaron sus cuerpos; ambos
crecieron unidos bajo el aguijón del tiempo, como si fueran la rama de un mismo
árbol, pero participando de su doble naturaleza. Y así nació Hermafrodita, que
en el siglo II a, de J. C. el escultor Policleto representó en un joven hombre-ninfa en actitud ensoñadora. Modelo que fue copiado en serie en
Alejandría y adaptado al gusto del tiempo.
El Renacimiento también le puso su
golpe de gracia y lo instaló en un voluptuoso almohadón; postura en la que se
exhibe al público en el Museo del Louvre, en el de las Termas de Roma y en otras
salas.
Pero en
Grecia no todo fueron leyendas mitológicas. El sexo es algo que formaba parte
importantísima en la vida de los griegos, y tal vez por ello el sobrante lo
dedicaban a rellenar tantos amores y amoríos de sus dioses.
Desde los
tiempos homéricos hasta el siglo V a. de J. C. la política de población conoció
en Grecia buenos y malos días.
La familia
llegó a ser el fundamento de la sociedad, pero en la esfera sexual tuvo las
mayores variantes imaginables. En la civilización cretense, la mujer disfrutaba
de gran libertad; podía frecuentar banquetes, representaciones teatrales y
jurídicamente se igualaba al hombre. Los más recientes hallazgos arqueológicos
señalan esta historia narrada por Homero como la civilización minoica: un pueblo
alegre y feliz que disfrutaba pacíficamente de la vida; sus hombres iban
generalmente afeitados y usaban el cabello largo; y las mujeres se pintaban los
labios y los ojos, además de lucir complicados peinados. Las pinturas
representan a estas mujeres, hermosas y seguras de sí mismas, llevando el pecho
al descubierto y luciendo con garbo y orgullo una cintura de avispa.
Homero
habla de la fecundidad de estos individuos. El matrimonio, lazo de unión de toda
la vida social, se hallaba bajo la invocación de la Madre Tierra. Hombres y
mujeres acudían a los lugares de adoración -la cumbre de una montaña, un
bosquecillo o una gruta, como la caverna de Psychro-, donde sacrificaban
animales y depositaban ofrendas.
Esto
también permitía que lo sexual fuese una necesidad natural satisfecha
libremente. Los jóvenes se unían en los campos, sobre la hierba o el trigo
recién segado.
La familia
evolucionó. Desaparecida la civilización minoica a causa de un terremoto,
continúa sobre ella la micénica, a quienes Homero llamó aqueos, La forma de
unión más primitiva de esta cultura es la de la esposa aportando una esclava que
será la concubina de su futuro marido en el caso de que ella sea estéril. Así,
la mujer depende del marido y cuando éste muere, el hijo puede disponer de ella,
venderla o devolverla a su antigua casa.
De este
período micénico de hombres fogosos, viriles y belicosos, al decir de Homero,
que en sus comienzos se unió al floreciente minoico, quedan claras referencias
de una exuberante sexualidad. Los guerreros y navegantes, convertidos en héroes
de la historia griega, dan buena muestra de ello:
Pero a
partir del siglo V las cosas iban a cambiar mucho, Esparta, que disponía de
buenas tierras, se encuentra extremadamente pobre; criar un hijo es un verdadero
problema, los hermanos comparten una sola mujer y el hambre sigue amenazando a
la sociedad y al Estado. Atenas, por el contrario, no impone medidas
eugenésicas, y los ciudadanos pobres reciben ayuda del erario público. A
mediados de siglo la población se eleva a 200.000 habitantes.
Este
incesante crecimiento acarreó sus males, aparte de la creciente rivalidad entre
estos Estados: los hijos se casaban tarde y las hijas, por consiguiente,
encontraban dificultad en casarse. Los varones de familias ricas buscaban
compañeras en las capas bajas, y cuando les llegaba el momento de casarse se
quedaban con sus amigas. La idea era muy democrática, pero el Estado tuvo que
intervenir para lograr el equilibrio de clases. Pericles, el aristócrata de
irreprochable reputación, casado a los cuarenta años con dama de alta alcurnia y
padre de dos hijos, lanzó la ley: nada de matrimonios entre miembros de
diferente clase social. Esto permitió la celebración de matrimonios
consanguíneos que excitaban el desmenuzamiento de las fortunas.
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Aspasia y Pericles Su
amor motivó una guerra |
Pero Pericles, el gran político de su siglo, tuvo la debilidad de enamorarse de
Aspasia de Mileto. Y los poetas griegos, que nos cuentan, al contrario de la
arqueología, toda la historia con motivaciones eróticas, nos hablan de Aspasia
como de una hetaira conocidísima.
Aspasia era
muy bella y espiritual. Se dice que enseñó elocuencia a Pericles y su casa se
convirtió en el centro de reunión de los filósofos griegos. Procedía de Mileto y
su padre era, por tanto, un simple extranjero. Este hecho impediría que Pericles
se casase con ella; era la antítesis de lo que recomendaba la ley. Pero Pericles
repudió a su legítima esposa y vivió muchos años con Aspasia, y los nobles
ciudadanos y sus esposas los trataron y agasajaron como si no existiese tan
anómala situación.
Los poetas,
dados a la ocurrencia, atribuyen a Aspasia el motivo de dos guerras. Pericles
atacó Samos para vengar a la ciudad de Mileto, patria de su amada hetaira; y
Arsitóganes también escribe en los Acarnianos:
Unos
jóvenes, excitados por el vino, van a Megara y raptan a la hetaira Simete. Los
de Megara, irritados, raptan a dos de las pupilas de Aspasia y, de esta forma,
tres prostitutas son la causa de la guerra del Peloponeso.
Pero las
verdaderas causas hay que buscarlas en la desmesurada importancia de Atenas, su
afán de expansión y la envidia de sus atascados vecinos: Esparta era
conservadora y no quería evolucionar, por lo que quiso dar un correctivo a la
democrática y ambiciosa Atenas. Todo esto hizo palidecer un poco la estrella de
Pericles; sus conciudadanos empezaron a señalar el adulterio de Pericles, y sus
dignas mujeres a escandalizarse con Aspasia. Bajo el pretexto de ejercer
secretamente el proxenetismo se planteó contra ella una acusación.
Pericles, con
lágrimas en los ojos, suplicó a los jueces y logró que fuera sobreseída la
causa; pero la sociedad burguesa se había vengado de aquellos que vivían al
margen de su moral. La familia venció al sexo, y la casa y el hogar volvieron a
ser puros, pero el hombre continuó disponiendo de cuantas hembras quiso y pudo
fuera de casa.
La posición
de la mujer en la democrática Atenas no quedó recluida al hogar, como podría
suponerse. Llevaba una vida retirada, pero consciente de su rango. Acudía a las
representaciones de teatro en Dionisios; mandaba a sus servidores a comprar las
cosas, y gozaba del respeto y la libertad, aunque no siempre del marido, quien a
consecuencia de sus uniones extraconyugales no solía ser un amante ardiente.
Las
mujeres casadas no podían asistir a los Juegos Olímpicos, y no porque los
atletas saliesen completamente desnudos -las chicas solteras los presenciaban-,
sino porque resultaban fiestas populares en la que todos se daban a la juerga
desenfrenada. Además, los Juegos pasaban por Corinto, la ciudad de los placeres
extraconyugales.
En
contraposición, no se miraba mal que las mujeres echasen un vistazo al
carnaval de Dionisios, centrado en el culto fálico; y en septiembre,
hombres y mujeres acudían a los misterios de Eleusis, que tras los
diversos ritos desembocaban en noches de orgiásticas danzas y
diversiones.
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| Ritos
de Eleusis |
La
guerra entre Esparta y Atenas lleva a los hombres al combate, las mujeres
se quedan solas y muchos matrimonios naufragan en el adulterio. Eurípides,
el poeta de moda, se pone a defender a las pobres y calumniadas mujeres.
Los hombres, dice, tienen el mérito de arriesgar su vida por la patria,
pero dar a luz es mucho más duro y cruel que ir tres veces al combate.
Aristófanes, en su Lysistrata, enseña a los atenienses lo que puede
ocurrir si las mujeres se rebelan y cierran las puertas de sus alcobas a
los maridos con permiso, para obligarles a hacer la paz.
Pero es
Hipócrates el primero que esboza un cuadro clínico de la «histeria» de
la mujer.
El mal, sin
embargo, tenía raíces más profundas. Se vio al terminarse la guerra: las mujeres
seguían apasionándose por los hombres, pero los atenienses, derrotados, ya se
habían acostumbrado a dos formas de sexualidad, la prostitución y el
homosexualismo.
La
prostitución tomó auge y preponderancia inusitada en Grecia después de que las
civilizaciones antiguas aprovecharon la esclavitud como válvula de escape para
su sexología.
Aquí nació
el mito tan explotado actualmente de la mujer-objeto o el sexo-objeto. A caballo
de esto y la cortesana sagrada, surge la hetaira, la mujer que hace de la
práctica del amor un arte. Incluso escriben sus tratados como el Artyanassa,
vieja servidora de Helena, el de Filenis de Samos y los de Elefantis, cuyos
libros sabios se alineaban en el dormitorio de Tiberio, según cita Suetonio,
«para que cada figurante siempre encontrase el modelo de posturas que debía
ejecutar»
En el siglo
iv a. de J. C., las hetairas hicieron tanto ruido al lado de los filósofos,
políticos y poetas, que se diría que ninguna otra mujer ocupase los ocios de los
griegos. Friné, la inmortalizada en el mármol por Praxíteles para la estatua de
Afrodita, fue una de ellas. Al parecer nació en Tespia, Beocia, y en sus
primeros años se dedicó a cuidar cabras. Como era hermosa, inteligente y sin
escrúpulos, reunió una pequeña fortuna y se trasladó a Atenas, donde deslumbró a
la par que escandalizó a los griegos.
Friné se
hizo célebre en seguida gracias a idear un espectáculo que puede ser el
antecedente más remoto de las actuales sesiones de strip-tease. Cuando se
celebraban las fiestas de Neptuno se situaba en lo más alto del templo.
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| Las ninfas de
Diana / Rubens 1670 |
Allí,
ante todo un pueblo ávido y excitado, permanecía un instante completamente
inmóvil; luego, muy lentamente, bajaba la escalinata, despojándose, prenda a
prenda, de las escasas ropas que la cubrían. Una vez completamente desnuda,
corría hacia la playa, se sumergía en el mar y surgía de las aguas como nueva
Afrodita recogida por las Horas.
Pasó a la
historia por la defensa que de ella hizo Hipérides.
Fue acusada
por Eutias, un galán desdeñado por ella, de haber hecho una sacrílega parodia de
los misterios de la diosa Demeter. Este delito equivalía a la muerte, pero
Hipérides pidió a los jueces que se dignasen contemplar a la acusada:
“Comprenderíais ¡OH, jueces! Que una belleza tan sobrehumana no puede ser
impía.
El tribunal
aceptó y Friné apareció ante los jueces vistiendo una liviana y transparente
túnica. Se dice que Hipérides rasgó la túnica que cubría a la hetaira y
exclamó:
«¡ Ved! ¿No
os dolería lanzar a la muerte a la misma diosa Afrodita?» Y los jueces, después
de contemplarla, «se sintieron temerosos ante la deidad y no se atrevieron a dar
muerte a la sacerdotisa de Afrodita».
Otra famosa
hetaira, capricho de Demóstenes, amante de Alcibíades y de Aristipo, discípulo
de Sócrates, fue Lais de Corinto. Se dice que era huérfana, que un comerciante
la recogió a los pocos meses de edad y la mandaba cada día a vender coronas de
flores ante el templo de la diosa Hera. A los diez años, la vio ante el templo
el escultor Apeles quien la tomó de modelo para una estatua de Afrodita. Luego
la llevó a Atenas en donde Lais se hizo famosa al ser aceptada en las alcobas
más importantes cuando sólo tenía dieciséis años. Sintió deseos de regresar a
Corinto, y así lo hizo.
Nada más llegar, como correspondía a su condición de
hetaira, fue a ofrendar una corona de flores a Afrodita. Aquel día el templo
estaba lleno de prostitutas rogando a la diosa que alejara la guerra que
amenazaba la ciudad.
Los
cronistas afirman que cuando Lais entró en el templo, todas las cortesanas le
abrieron paso, impresionadas por su belleza. Una vez depositada la corona de
flores a los pies de Afrodita, la hetaira se despojó de la túnica que la cubría
y también la ofrendó. Entonces los reunidos pudieron ver a una mujer tan
fascinante que, entusiasmados, se la llevaron a hombros.
Lais se
convirtió en la reina de las hetairas de Corinto. Miles de adoradores la
asediaban, y ella escogió a un viudo muy rico y bastante viejo, que prometió
hacerla su heredera.
Las
lecciones que había recibido de la famosa Aspasia la ayudaron a llevarlo a la
tumba, y pronto quedó viuda, joven y con una de las más grandes fortunas de
Grecia. Esto le permitió fundar un «Jardín de Elocuencia y Arte de Amor» en
Corinto, del cual los griegos decían: «Atenas puede vanagloriarse del Partenón y
Corinto del jardín de Lais».
En él se celebraban las más fastuosas reuniones, y
se paseaba Platón instruyéndola en los secretos de la filosofía.
Epícrates
señala que la vejez de Lais, después de su gran fama, fue trágica: «Detenía al
primero que pasaba para beber con él. Una estera, una moneda de tres óbolos ya
son una fortuna para ella: jóvenes, viejos, libres y esclavos, todos pueden
obtener sus favores. Lais tiende la mano por un óbolo».
Las
hetairas tienen fama de haber conquistado a los hombres por su espíritu más que
por sus encantos físicos; pero es indudable que estas mujeres constituían una
auténtica excepción; la generalidad actuaba y vivía como las prostitutas de todo
el mundo. La gran masa de los hombres griegos no buscaban en ellas más que la
satisfacción carnal de sus apetitos. Por eso, además de esta elite, había una
prostitución para la clase media que se desarrollaba en lugares de placer, algo
por el estilo a un hotel y un restaurante, en donde las bailarinas, las
tocadoras de flauta y las acróbatas daban toda clase de placer a los
hombres.
Otra
prostitución para las clases más bajas se desarrollaba en burdeles
especializados; y los de peor fama del mundo se encontraban en el barrio bajo y
las calles del Pireo. Sólo Corinto, cuyo culto a Afrodita se asociaba con la
explotación de un burdel, ganó en fama al inframundo prostibulario de Atenas.
Estrabón, que vivió en tiempos del emperador Augusto, pretende que en el templo
de Afrodita ejercían su oficio más de un millar de prostitutas.
El otro
aspecto de la sexualidad griega se centró en la homosexualidad. Los
hombres adultos tenían el derecho a prostituirse, y si su cliente era
extranjero, se podían alquilar en calidad de mancebos por un buen salario.
La
homosexualidad masculina estaba muy extendida en la antigüedad por todos los
países del Mediterráneo, pero la razón de que adquiriese tal carta de naturaleza
en Grecia es un enigma fisiológico y psicológico. La vida sexual debió de ser la
consecuencia de una violencia, escondida bajo el manto de la educación y
suavizada por las ventajas de las comodidades materiales. Sus inicios aparecen
en los fines del siglo VII a. de C. y con unas características inconstantes se
desarrolla en tres períodos conocidos y bien definidos: un período presocrático
y poético con Píndaro, Teoñis y Solón incluido; un período filosófico con
Sócrates y Platón; y un tercer período postaristotélico, donde la gran filosofía
de los siglos v y iv a, de J. C, se mezclan con la poesía decadente y la
novela.
Los hijos
de Pisístrato, Harmodios y Aristogiton, matadores del tirano y sus amigos, constituían una
pareja de amantes. El propio Solón, hombre de valía, se manifestaba partidario
del amor entre hombres. Según Plutarco cantó el amor a los muchachos de la
siguiente forma:
“Amarás a
los muchachos hasta que un pelo escaso les cubra la barba. Hasta entonces
gustarás de su dulce aliento y sus muslos”
Solón, que
fue amante de Pisístrato y que cantó los rostros imberbes, estableció leyes para
proteger a la juventud contra la corrupción que amenazaba por todas partes.
Algunos textos condenan la homosexualidad practicada entre hombres libres y
esclavos; y otros inducen a los hombres maduros a alejarse de los lugares en que
se desnudan los jóvenes atletas. Cien años más tarde, dos hombres de Estado, el
virtuoso Arístides y el valiente Temístocles aparecen disputando el amor del
joven y bello Stesileo.
En la
homosexualidad griega hay que distinguir dos tipos: el militar y el pedagógico.
En el primero se trata de la erotización de una camaradería entre jóvenes de
edad parecida; en el segundo, hay una relación de maestro a discípulo, cuya
repercusión sobre el pensamiento y las costumbres ha sido más importante.
Desde
Alejandro hasta nuestros días, pasando por Julio César y otros famosos nombres
de la Historia, la homosexualidad se ha refugiado y ha reinado en la milicia.
Esto no quiere decir que grandes jefes hayan dejado de ser buenos esposos y
excelentes padres, lo cual lleva a suponer que a menudo sólo es una
homosexualidad de compensación, debida a una vida alejada de las mujeres, o a
una ambivalencia cuya genitalidad desbordante no repara en la clase de objeto
que la satisface.
Los
filósofos griegos cantaron e idealizaron el tema de los amores guerreros, y bajo
este aspecto han presentado hechos que son difíciles de aceptar en una lógica de
actuación, como afirmar que un ejército de amantes y amados, de erastas y
erómenos, resulta invencible; o que el amado, caído en el suelo por el golpe
enemigo, ruegue a su adversario que le permita volverse antes de recibir la
muerte, para que el amante no vea el ultraje de la herida.
Sucede que
los filósofos, como los políticos, y en general esa reducida y distinguida clase
que dio pie al florecimiento descarado de la pederastia, la formaban hombres.
Estos hombres habían relegado a sus esposas al gineceo y no las dejaban
participar en las fiestas públicas ni privadas. La esposa educa a los hijos
pequeños, pero luego le son arrebatados para confiarlos a pedagogos.
Esto
respecto a Atenas; en Esparta, el encuadramiento y formación militar de los
muchachos aún aumenta más la separación de madre e hijo, y sólo deja aquélla
como una máquina de hacer soldados.
Los
matrimonios griegos eran tibios. Los maridos se aburrían en sus casas y no les
importaba que sus mujeres lo supiesen.
Ellas, que iban al matrimonio como
cándidas e infelices palomas -muchas se casaban antes de los 15 años-, se
volvían ariscas, desagradables y venenosas. La antigua literatura está llena de
quejas sobre las esposas insoportables.
Hesiodo la
considera un castigo impuesto al hombre por robar el fuego sagrado, y la relega
a la categoría de animal de trabajo.
Demóstenes, que no desdeñaba el amor a los
muchachos, decía: «Tenemos cortesanas para el placer, concubinas para que nos
cuiden y esposas para que nos den hijos legítimos». Aristóteles también proclamó
la inferioridad de la mujer desde el punto de vista biológico. Y Sócrates, que
tenía una esposa como Itantipa, escapaba de casa y pasaba las noches con sus
alumnos.
Así, pues,
los hombres forman sus clanes, y todas las actividades de los atenienses se
llevan a cabo en círculos educativos, en gimnasios, en círculos políticos, en
reuniones filosóficas y literarias, y en banquetes.
Cierto que en ellos había
mujeres, pero no eran sus esposas: sólo cortesanas, bailarinas, tocadoras de
flauta y de crótalos.
Vistas las
cosas de ese modo, se comprende que en el mismo momento histórico adquirieran
preponderancia las hetairas por un lado, la homosexualidad masculina por otro, y
el tribadismo o las lesbianas en tercer renglón.
Sócrates no
escribió ningún libro. Sin embargo, uno de sus alumnos aventajados, Platón, lo
inmortalizó al copiar o transcribir el nuevo estilo de sus discursos
filosóficos.
Platón, un artista de insuperable talento, fue un homosexual
reconocido; recomendaba la abstención camal, pero se sabe que Aster, Dionisio,
Fedro y Alepsis fueron amados suyos. Sin embargo, de Sócrates, de quien se dice
que fue amado de Arquelao, ninguno de sus contemporáneos le acusa de practicar
la pederastia carnal. Es más, Platón, en Cármides, cuenta que para hacer sitio
al joven en el banco del gimnasio, Sócrates empuja a todos y consigue que Carmides se ponga a su lado, luego le aparta el himatior y lo que descubre le
excita muchísimo: «Estaba ardiendo; no sabía lo que me hacía».
Y Sócrates,
tan ocupado en las cosas del alma, se siente dominado por el cuerpo de Carmides,
pero, con esos cambios tan bruscos en la ironía socrática, el incidente sólo le
sirve para lanzarse a considerar el tema de la sabiduría. Lo cual acude a apoyar
la imagen que de él ofrece Jenofonte en El banquete:
Sócrates
acepta en su lecho a Alcibíades, le gusta notar su emoción, pero no le da nada,
y Alcibíades expresa su decepción diciendo: “Sabedlo todos ¡Por los dioses y por
las diosas! Después de haber pasado toda la noche a su lado, me levanté como si
hubiera dormido con mi padre o con mi hermano mayor.
El
Banquete, de Platón, que por su importancia filosófica eclipsó el de
Jenofonte,
ha alcanzado la reputación de ser la apología del amor puro, del amor que
renuncia a los goces sexuales; por esta razón nació la expresión de «amor
platónico» que, por obra y gracia de algún misterio, se ha ido tergiversando
hasta casi representar el ridículo. Platón, cuando habla del amor por boca de
Paüsanias, hace una diferencia clara y precisa.
Existe un amor «celeste» puesto
bajo la hija de Uranos, y otro vulgar, Pandemo, hija de Zeus y Dione.
El amor de
Afrodita Pandemo es verdaderamente vulgar y carece de regias; es el amor con que
aman los hombres vulgares.
El amor de esas gentes se dirige tanto a las mujeres
colmo a los muchachos, al cuerpo de aquellos a quienes aman y no a sus almas, y
por último a los más necios que puedan encontrar, porque no se fijan más que en
la posesión y no se inquietan por la honestidad; así les sucede actuar sin
discernimiento, tanto si está bien como si está mal; porque tal amor procede de
la diosa que es Trucho más joven de las dos y que tiene su origen en la mujer y
el hombre.
El otro, por el contrario, es el de la Afrodita Urania que no procede
más que del sexo masculino, y este amor es el de los muchachos, quien es la más
vieja y desconoce la violencia. Por eso a los que el amor celeste inspira, ponen
su ternura en el sexo masculino, naturalmente más fuerte e inteligente; e
incluso, entre ellos, se puede reconocer a los que impulsa este amor en los que
sólo aman a los que aún son muchachos y empiezan a tener entendimiento, lo que
sucede en la época de la pubertad.
Los hechos
revelan que el amor por los adolescentes era el más extendido de la
homosexualidad. Los hombres sostenían verdaderas relaciones con jóvenes de 13
a 17 años; con el pretexto de educar a la juventud, muchos consiguieron que los
adolescentes cayesen en sus redes. La esperanza de satisfacer la libido sensual
predominaba sobre el desinterés de la amistad, aun cuando tal comportamiento
resultase casi lícito y nada censurable al considerarlo como una atracción
desinteresada y espiritual del hombre hacia el joven, y viceversa.
Cuando un
hombre honrado, enamorado del alma de un joven, aspira a hacer de él un amigo
sin mácula y a vivir con él, lo elogia y ve en esa amistad la más hermosa manera
de educar a un joven.
Pero si alguno parecía estar enamorado solamente del
cuerpo, lo declaraba infame y por ello no tenían los amantes menor retención en
su trato con los muchachos que los padres con sus hijos y los hermanos con sus
hermanos.
Esto
muestra la gran ambigüedad que existía en todo lo concerniente al amor en
Grecia. Se reconoce la legitimidad de un amor casto entre muchachos; y hubo
parejas célebres y altamente admiradas. Píndaro fue uno de los que más se acercó
a esta clase de amor.
Sin embargo, hay que desembocar en las palabras de Marrou
al pensar que el amor prudente autorizaba besos, tocamientos y cosas más
precisas.
No es
necesario tener una concepción jansenista de la naturaleza para prever que estas
frágiles barreras no debían resistir mucho al desbordamiento de la
concupiscencia carnal. Por eso, junto a estas relaciones de nivel elevado,
existían otras más ínfimas en las que no podían ocultarse los instintos
sexuales, y en las que el deseo impulsaba a los hombres tras de los
jóvenes.
Por eso, a despecho de las leyes, varones prostituidos ofrecían sus servicios
con la ayuda de intermediarios.
En Atenas y
en otras ciudades y puertos, existían burdeles con
jóvenes. El hermoso
adolescente Fedon de Elis fue vendido a un burdel después de ser hecho
prisionero, y Sócrates pagó la suma requerida para libertarlo.
Una de las
mayores singularidades de la historia de la filosofía radica en que el
interlocutor del sabio, en su incomparable diálogo sobre la inmortalidad del
alma, es un joven prostituido.
La
indulgencia de los griegos por la pederastia se extendía igualmente al capítulo
femenino, cuando lo espiritual aparecía en primer plano de las relaciones.
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| Safo en una representación del
siglo XIX |
En los
principios del lirismo griego aparece la figura trágica de Safo, nacida en
Eresos, en la isla de Lesbos, La «décima musa», fue para los griegos un milagro
apenas comprensible. Iniciadora de un círculo de muchachas que, consagradas al
servicio de las musas, se preparaban para su ulterior misión de mujeres, se
convirtió en la alegoría y símbolo de la homosexualidad femenina, en el safismo,
o amor lesbiano.
Muchas
jóvenes, al parecer, tomaron rumbo equivocado en su modesta Academia. La propia
Safo acabó enamorándose de una de sus alumnas, pero su amor no fue
correspondido, como tampoco lo fue su amor por su amigo místico Faon.
Desesperada por tanto fracaso, se arrojó al mar. Mientras vivió Safo, el
lesbianismo se puso de moda y ofreció a los amantes de la comedia y la burla
abundantes motivos de diversión. Pero una vez muerta no se volvió a oír hablar
en Lesbos ni en el resto del territorio griego de notables casos de
homosexualidad femenina. A las mujeres que se entregaban a tales juegos se
les daba el nombre de tríbadas (del griego tribo, frotar), pero Luciano, el
poeta griego de la época romana, las calificó de lesbianas por vez primera, y
luego Marcial y Juvenal se encargaron de detallar estos amores lesbianos, de
mujeres que no querían saber nada de los hombres.
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