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Pasemos
ahora a comentar sobre un autor que se destaca: Sade.
En
el siglo XVIII, los libros eróticos conocen variados apelativos. Se habla de
obras divertidas, gallardas o galantes, de libros libertinos o mas en broma,
como hemos visto, de "libros que se leen con una sola mano". Pero también
se habla de "libros filosóficos", un eufemismo particularmente
aplicable para describir los de Sade. Este término se encuentra abundantemente
en la correspondencia entre editores clandestinos.
De
igual manera, para los grabados eróticos, no se habla únicamente de las
"figuras del Arentin" o de estampas licenciosas, como hemos visto,
sino también de "figuras libres", expresión que encaja de maravilla
con aquellas que adornan la obra del "divino marqués"
Filosófica,
libre: esto resume bien las cosas. Filosófica, porque es alimentada
por un pensamiento materialista y ateo, y libre, pues Sade fue un eterno
prisionero, y por tanto su obra no podía ser otra cosa que un canto o una huida
hacia la libertad total, sin conocer barreras morales o legales.
No
es por casualidad que Dolmancé, el héroe de la "Filosofía en el tocador"
es un sodomita exclusivo y convencido. Su propia naturaleza, que condena la
sociedad y la familia, no le da otra elección que rebelarse y enfrentase, aun
al precio del sufrimiento o de la muerte del prójimo.
Os
invitó por tanto a contemplar desde una mirada filosófica algunas imágenes
sacadas de sus obras, en las que la sodomía ocupa el primer plano..
Extracto
de "La filosofía en el tocador"
Pero
la sodomía, este pretendido crimen, que arroja el fuego celestial sobre las
ciudades que eran señaladas, ¿no es una cuestión monstruosa, cuyo castigo
nunca es demasiado fuerte?.
Es
sin duda muy doloroso para nosotros tener que reprochar a nuestros ancestros los
asesinatos judiciales que han osado permitir por este concepto. Como es
posible ser tan bárbaro como para atreverse a condenar a muerte a un
desafortunado individuo cuyo crimen no es otro que tener los mismos gustos que
ustedes? Temblamos al pensar que hay aun cuarenta años en que la absurdidad de
los legisladores la vienen aplicando. Consolaros, ciudadanos; tales absurdidades
no llegaran: la sagacidad de vuestros legisladores darán respuesta.
Completamente
esclarecidos sobre esta debilidad de algunos hombres, sabemos muy bien
actualmente que un tal error no puede ser criminal, y que la naturaleza no habría
puesto el fluido en nuestros riñones de tanta importancia como para equivocarse
en el camino que nos apetece tomar para ese licor.
¿Que
crimen puede existir aquí? Seguramente no es mas que colocar en tal o cual
lugar, al menos que no sostengamos que todas las partes del cuerpo no se
parecen, y que ellas son puras y manchadas; pero, como es posible avanzar en
tales absurdos, en el solo pretendido delito que consiste en saber donde se pone
parte del semen. Ahora, yo pregunto, si es aceptable que este semen es realmente
precioso a los ojos de la naturaleza, porque ella permite perderlo
criminalmente? Procedería ella todos los días a ciertas perdidas si eso fuera
así?
Es
que no la autoriza y las permite en los sueños, o en el acto de ayuntamiento
con una mujer gorda? Es posible que la naturaleza nos diera la posibilidad de un
crimen que la ultrajara? ¿Es posible que ella consienta que los hombres
destruyan sus placeres y devengan mas fuertes que ella?
¡Es
inaudito pensar en que sima de absurdidades se cae cuando se abandona, para
razonar, la segura antorcha de la razón.
Tenemos
por tanto la total seguridad de que es tan sencillo y simple y natural gozar de
una mujer de una forma o de otra, siendo absolutamente indiferente el gozar de
una muchacha o de un muchacho, y por tanto es seguro el que no pueden existir en
nosotros otras inclinaciones que aquellas que nos otorga la naturaleza, que es
demasiado sabia y consecuente como para haberlas puesto en nosotros de forma que
nunca puedan ofenderla.
Este
asunto de la sodomía es el resultado de la organización social, y no
contribuimos para nada a esta organización. Los niños de la edad mas tierna
anuncian este gusto, y no se corrigen nunca. A veces es el fruto de la saciedad,
pero aun en este caso, pertenecen ello menos a la naturaleza?
Bajo
todas las relaciones, es su obra, y en todos los casos, lo que ella inspira ha
de ser respetado por los hombres. Si por un censo exacto se llegase a
probar que este gusto afecta infinitamente mas que el otro, que los placeres que
de ello resultan son mucho mas vivos, y que por esta razón sus adeptos
sin mil veces mas numerosos que sus enemigos, no seria posible concluir que,
lejos de ultrajar a la naturaleza, este vicio serviría a sus objetivos, y que
tiene por mucho menos importante la procreación que lo que tenemos la locura de
creer?.
¡
Ahora, recorriendo el universo, cuantos pueblos vemos que desprecian a las
mujeres! Que dicen que no sirven absolutamente para otra cosa que para tener los
niños necesarios para reemplazarlas
La costumbre que los hombres tienen de vivir
conjuntamente en las repúblicas devolverá siempre este vicio más frecuente, pero no es ciertamente peligroso. ¿Los legisladores de Grecia lo habrían introducido en su república si lo hubieran creído tal?
Bien lejos de
eso, lo creían necesario en una sociedad guerrera. Plutarco nos habla con entusiasmo del batallón de los amantes y de los queridos; ellos solos
defendieron durante mucho tiempo la libertad de Grecia. Este vicio reinó en la asociación de los
hermanos de armas; la cimentó; los más grandes hombres fueron propensos. En
toda América,, cuando fue descubierta, se encontraron gentes de este gusto. En Luisiana,
en Illinois, los nativos, vestidos de mujer se prostituían como
cortesanas. Los negros de Bengala divierten públicamente a los hombres;
casi todos los serrallos de Argel están poblados por muchachos jóvenes. No
solo se toleraba, sino que en Tebas se ordenaba el amor de los muchachos;
el filosofo Cheronée lo recomendaba para endulzar los hábitos
juveniles.
Conocemos
hasta que punto reinaba en Roma: encontramos lugares públicos donde jóvenes
muchachos se prostituían vestidos de chicas y de jóvenes muchachas vestidas de
chicos.
Marcial,
Cátulo, Tibulo, Horacio y Virgilio escriben de hombres como a sus maestros, y
hemos leído a Plutarco diciendo que "las mujeres no deben tomar parte
alguna en el amor de los hombres. Los Amasies de la Isla de Creta raptaban a los
jóvenes con singulares ceremonias. Cuando ellos amaban a un muchacho,
participaban a sus parientes del día en que lo iban a raptar; el joven mostraba
alguna resistencia si el posible amante no le complacía; en el caso contrario,
partía con él, y el seductor lo devolvía a su familia una vez que se sentía
servido; pues, en esta pasión como en la de las mujeres, uno tiene demasiado
cuando tiene suficiente. Estrabón nos dice que, en esta misma isla, los
serrallos estaban ocupados únicamente con muchachos: que se prostituian públicamente.
¿Quiere
otro argumento de una autoridad superior, planteado para probar como este vicio
es útil en una república?
Escuchemos
a Jerome el "Peripatético". El amor de los muchachos, nos dice, se
propagó por toda Grecia, porque da la valentía y la fuerza, y sirve para
derrocar a los tiranos; las conspiraciones se forman entre los amantes, y ellos
prefieren dejarse torturar antes que revelar a sus cómplices; el patriotismo se
sacrifica a la prosperidad del Estado; es cierto que estas relaciones afirmaban
la republica, declamando contra las mujeres, y es una debilidad reservada al
despotismo el atarse a tales criaturas.
Siempre
fue la pederastia el vicio de los pueblos guerreros. Cesar nos enseñó que los
galos estaban extraordinariamente dotados. Los guerras que han sostenido las
republicas, separando los dos sexos, propagaron este vicio, y cuando se ha
reconocido de utilidad al Estado, la religión les ha dado sus parabienes.
Se
sabe que los romanos santificaron los amores de Júpiter y Ganímedes. Sextus
Empiricus nos asegura que esta fantasía estaba ordenada desde los peras. Al fin
las mujeres celosas y despreciadas ofrecieron a sus maridos el darle el mismo
servicio que ellos recibían de los jóvenes muchachos; unos la ensayaron y
regresaron a sus antiguos hábitos, no encontrando otra ilusión posible.
Los
Turcos, fuertemente inclinados a esta depravación que Mahoma consagra en su Al
Coram, aseguran sin embargo que una joven virgen bien puede reemplazar a un
muchacho, y raramente ellas se hacen mujeres antes de haber pasado por esta
prueba.
Sixto
Quinto y Sánchez permiten esta disolución; este ultimo intentó también
probar que era útil a la propagación, y que un niño creado después de esa
carrera previa devenía infinitamente mejor constituido.
Por
fin, las mujeres se resarcieron entre ellas. Esta fantasía no tiene sin duda
mas
ni menos inconvenientes que la otra, porque el resultado de ello no es la
negativa a procrear, y que los medios de los que tienen ese gusto en la población
son lo bastante poderosos como para
que los adversarios no los puedan perjudicar nunca.
Los
griegos apoyaban igualmente esta desviación de las mujeres sobre las rezones
del Estado. Resultaba que, bastándose entre ellas, sus comunicaciones con los
hombres eran menor frecuentes y no perjudicaban así los negocios de la
Republica. Lucien nos enseña el progreso que tuvo esta licencia, y no es sin interés
que la vemos en Sapho.
Resumiendo,
no hay ninguna clase de peligro en todas estas manías: si llegasen mas
lejos, podrían ser caricias de monstruos y animales, lo mismo que nos la
enseñan el ejemplo de varios pueblos, no tendrían todas estas sandeces el mas
pequeño inconveniente, porque la corrupción de las costumbres, siguen siendo
muy útil en el gobierno, y no es perjudicial en ninguna relación, y nosotros
debemos esperar de nuestros legisladores bastante sabiduría, bastante
prudencia, bastante sagacidad, para estar bien seguros de que ninguna ley
emanara de ellos para la represión de estas miserias que, perteneciendo
absolutamente a la organización social, no señalarían como culpable al que es
propenso y no es el individuo al que la naturaleza creo contrahecho.
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