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Las
relaciones entre personas del mismo sexo, en mayor o menor
grado, han sido calificadas como antinaturales y han sufrido la
condena de la sociedad;
la Edad Media
no escapa a esta tendencia; es más, es una de las épocas en las
cuales los amores desviados de sus funciones reproductivas han sido más
atacados y condenados. Cuando se busca la explicación para este
hecho, la solución ha sido optar por el camino fácil: toda la culpa
es de la moral cristiana, ya que es una época dominada completamente
por
la Iglesia
, Aunque reconocemos que es un elemento importante de la explicación,
pensamos que hay otros aspectos que merecen revisión. Las
páginas siguientes pretenden dar algunos elementos al plantear la
cuestión de la homosexualidad en la época medieval no como un asunto
cerrado sino como un problema que es necesario discutir. En la primera
parte se plantea esto por medio de un libro de gran influencia, De
planctu naturae de Alano de Lille; en la segunda se proponen dos
posibles lados de la explicación.
El problema de la condena a
la homosexualidad
Las relaciones entre las
artes liberales y la religión no siempre fueron cordiales,
sobre todo durante
la Edad Media
y especialmente hasta antes de Occam. A lo largo del siglo XI, dos
tendencias se enfrentan: la primera subordina la fe a la dialéctica y
la segunda rechaza todo uso de las artes del hombre libre; una y otra
se encarnan en las figuras de Berengario de Tours y Pedro Damián. De
acuerdo con Berengario, podemos confiar en las palabras pues éstas
dan cuenta de la realidad, incluso cuando se trata de asuntos divinos;
por tanto, el estudio de la gramática y de la dialéctica es una
necesidad, sobre todo de los clérigos.
En Pedro Damián se encuentra
la actitud opuesta pues considera las artes liberales como obra de la
sabiduría pagana, adoradora de los demonios; lo importante para él
es sólo el esfuerzo individual, como el de los santos padres, que
eran ignorantes tanto de la gramática como de la dialéctica y las
demás artes.
El monje necesita de las artes
liberales sólo lo imprescindible para comprender lo que lee, decía
Pedro Damián; todo lo demás no sólo es inútil sino peligroso. Según
él, Dios no necesita de la gramática; para propagar las simientes de
la fe envió a hombres simples, a pescadores, no a filósofos. Por
ello insistía en que los hombres de la iglesia debían seguir en esta
misma línea; los monjes que se hacen gramáticos, decía, no cumplen
con su destino pues desprecian la regla de Benito y obedecen a la de
Donato.
Para abundar en su
diatriba contra las artes liberales, dice que el primer gramático
de la historia fue el demonio, ya que se dirigió a Adán y a Eva para
tentarlos con la promesa de que serían como dioses y, al hacerlo,
declinó el sustantivo `dios" en plural; una gramática que
permita esta herejía no puede ser buena. En su libro Sobre la santa
simplicidad dice: "¿Deseas aprender la gramática? ¡Aprende a
declinar `dios" en plural! El artifex doctor, al poner el primer
fundamento del arte de desobedecer, introdujo una regla de declinación,
desconocida en el mundo, para de este modo hacer adorar a varios
dioses". Y la gramática no es su única enemiga; para él todas
las artes liberales son nocivas: la dialéctica, por ejemplo, usurpa
atributos de Dios, ya que éste es el único que puede trastocar el
orden de la naturaleza; sin embargo, el principio de contradicción se
asigna el poder de controlar esa acción.
Antigramático y
antidialéctico, Pedro Damián es más conocido por dos rasgos:
por un lado, fue uno de los primeros religiosos que abiertamente
comenzaron a recoger los milagros de
la Virgen
, (Hasta esa época no existía el culto a
la Virgen
ya que los lugares de culto eran precisamente donde se encontraban las
reliquias de aquellos a quienes se veneraba: como
la Virgen
fue ‘arrebatada’a los cielos, no dejó ninguna reliquia, por lo
que no existir templos a ella consagrados.)
y, por el otro, fue uno de
los precursores de la revolución gregoriana de finales del siglo xi,
la cual estuvo marcada por los esfuerzos para centralizar el gobierno
de
la Iglesia
y por establecer claramente una distinción entre legos y clérigos.
En este papel asumió como tarea la crítica a la homosexualidad y, en
general, a todo tipo de actividad sexual desviada de la función
reproductora.
Uno de sus escritos, el Liber Gomorrhianus, es una
abierta discusión y condena a la sexualidad llamada contra natura;
aunque considera el sexo entre hombres como el más pecaminoso,
incluye a la masturbación entre lo contrario a la naturaleza, tal
como lo hicieron otros pensadores medievales. Hay una escala de cuatro
grados entre los pecados contra la naturaleza, según dice en el
inicio de su escrito:
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“Pueden
distinguirse cuatro tipos de esta forma de maldad criminal en
un esfuerzo por mostrar la totalidad del asunto de una manera
ordenada: algunos pecan contra ellos mismos; algunos por las
manos de otros; otros en los muslos; y, finalmente, otros
cometen el acto completo contra natura. La gradación
ascendentes manifiesta porque el último de los mencionados se
juzga como el más serio que los precedentes; de allí que se
imponga una pena mayor a quienes caen con otros que a aquellos
que se manchan sólo con ellos mismos, y son juzgados más
severamente aquellos que completan el acto que aquellos que se
manchan por la fornicación femoral. El mañoso fraude del
diablo idea estos grados de caída en la ruina de manera que
mientras más alto es el nivel que la infortunada alma alcanza
en ellos, más profundo cae en las profundidades del agujero
del infierno”.
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Pedro Damián no es el único
hombre de
la Iglesia
que condena las prácticas sexuales alejadas de los fines
reproductivos, pero lo interesante es la cercanía que establece entre
la gramática y las cuestiones religiosas. Unos cien años después,
otro religioso, con posiciones muy distintas y en ocasiones opuestas a
las de Damián, establece ese mismo nexo. Se trata de Alano de Lille.
Teólogo y poeta, a quien se conoció como doctor universalis, Alano
de Lille estudió y enseñó en París, vivió algún tiempo en
Montpellier y más tarde se unió a los cistercienses. Como teólogo,
compartió la reacción mística de la segunda mitad del siglo XII en
contra de la filosofía escolástica, adoptando un punto de vista
bastante ecléctico compuesto de racionalismo y misticismo; a
diferencia de otros monjes cistercienses, defendió la dialéctica, la
gramática y las artes liberales en general. Su preocupación por el
rigor en la demostración y con el ejemplo de la aritmética y la dialéctica
lo hizo buscar máximas o axiomas para la teología, al grado de que
en su tratado teológico El arte de la fe católica utilizó la
demostración matemática para tratar de probar la verdad de los
dogmas del credo.
Su Tratado contra los heréticos intentó refutar la
heterodoxia sobre bases racionales, y en sus Máximas de teología
asumió los principios de la fe como axiomas, como proposiciones
evidentes por sí mismas que no requieren ser demostradas. A pesar de
razonar a la manera matemática, no piensa que los artículos de fe
sean demostrables, aunque sí sea necesario dar razones probables, de
manera que el espíritu sea llevado al convencimiento también por la
fuerza del argumento; por tanto, si los herejes no se convencen por la
autoridad de
la Escritura
, debe persuadírseles por la razón.
Como poeta, Alano se conoce en
la historia de la literatura latina medieval
por dos obras: en primer lugar el Anticlaudianus, extensa alegoría
sobre la creación y perfeccionamiento del alma humana por Dios y por
la naturaleza, la teología y la filosofía, las virtudes y las artes;
en segundo, El duelo de Natura (De planctu naturae), una sátira de
los vicios humanos. Ésta, junto con los sermones de Bernardino de
Siena y el Libro de Gomorra de Pedro Damián mencionado antes,
configuran las bases para condenar la actividad homosexual.
Uno de los aspectos notables de la obra de Alano es la introducción
de la cuestión de “lo natural”: en un escenario que recuerda
la Consolación
de la filosofía de Boecio, Natura visita al poeta en una visión en
la que aparece la condena al homosexualismo por ser algo no natural;
es decir, algo que escapa a su propia esfera de acción. Sabemos que,
como personaje, la naturaleza no ocupó un lugar importante en el
pensamiento de
la Alta Edad
Media, sino que siempre se mantuvo en un plano secundario; es en el
siglo XII cuando irrumpe con gran fuerza gracias a las ideas neoplatónicas
de la escuela de Chartres, especialmente en Alano de Lille; a través
de él llega a Jean de Meun, el autor del segundo Roman de
la Rosa.
En la escuela de Chartres se
consolida el concepto medieval de
“naturaleza”, entendida como regla del mundo físico y ético,
principio de orden y resultante de la institución de un dios que es
unidad. Alano piensa que Dios es uno, o la unidad; es el ser de todas
las cosas, pero él mismo no tiene ser; es forma simple sin sujeto
material, o forma sin forma, o forma de las formas. A pesar de ser un
racionalista, no intenta demostrar la existencia de Dios ya que ésta
no es objeto de ciencia alguna. Dice en su Ars fidei: "no sabemos
qué es él, pero lo creemos".
Este Dios es el creador de
todo; creó "tanto los sujetos de las propiedades como las
propiedades de los sujetos". Dios, a la manera de un arquitecto
que él llama elegans architectus introduce el orden, (Alano de
Lille, De Planctu Naturae, en J. P. Miagne, Patrologia
latina, vol. 210, París, 1855; las citas están tomadas de Alain
of Lile (Alanus de Insulis), The Complaint of Nature, Yale
Studies in English, v. 36 (1908), traducción de Douglas M. Moffat,
reimpreso en 1972 por The Shoe String Press Inc., Hamden, Connecticut,
colección Archon Book.) establece
leyes y, con ello, produce la armonía. Pero, con todo su poder, no
crea directamente las cosas del mundo. De manera similar al demiurgo
latínico quien tiene necesidad de introducir cierto tipo de
seres intermedios, los demonios, ara crear los seres y las
cosas del mundo, ya que, si él mismo los hubiera creado directamente,
poseerían los mismos atributos que su creador, sobre todo el de la
eternidad el dios de Alano también necesita un auxiliar en esa labor
de ordenación de las cosas, y ese auxiliar, este "vicario de
Dios" es Natura, su "alumna", que es a la vez
fecundidad "principio original de todo lo que nace") y
fuerza de cohesión ("lazo del mundo"); por ello es la
reina, pero sólo en la región del mundo. En De planctu naturae ella
misma explica sus funciones:
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“Cuando Dios quiso llevar la creación
de su palacio del mundo fuera de la morada espiritual de su
preconcepción interior en un molde eterno, y expresar, como
en una palabra material y por su real existencia, el mundo
mental que había concebido desde a eterna fundación del
universo, como un espléndido arquitecto, como un orfebre
trabajando en oro, como el diestro artesano de una estupenda
producción, como el industrioso trabajador de una maravillosa
obra, diseñó la forma de su palacio terrenal no con la
laboriosa asistencia de un agente exterior, ni porque tuviera
un material a la mano, y por
cualquier necesidad, sino por el poder de su sola voluntad
independiente. Entonces Dios añadió a este palacio del mundo
varias clases de cosas, y, aunque separadas por la lucha de
sus diferentes naturalezas, las gobernó con armonía y orden,
haciendo leyes y ando enseñanzas. Y así unió con abrazos
mutuos y fraternos las cosas antagonistas de la posición de
sus propiedades, entre las cuales estaban sus contrarias, y
cambió la lucha de dio en paz de amistad. Todas las cosas,
entonces, concordaron pacíficamente por medio de invisibles
lazos de unión, la pluralidad regresó a la unidad, la
diversidad a la dentidad, la disonancia a la armonía, la
discordia a la concordia. Pero después de que el hacedor
universal vistió todas las cosas con las formas de su
naturaleza y las unió en matrimonio con porciones adecuadas a
ellas individualmente, entonces, deseando que por el círculo
de mutua relación de nacimiento y muerte hubiera cosas
perecibles, que hubiera estabilidad a través de la
inestabilidad, infinitud a través de la no permanencia,
eternidad a través de la transitoriedad, y que una serie de
cosas tuvieran que estar continuamente tejidas juntas en una
irrompible reciprocidad de nacimiento, decretó que cosas
similares estampadas con el sello de la clara conformidad, se
hicieran por la vía de la segura ascendencia. Entonces me
designó a mí como una especie de delegado, como un
estampador para acuñar los órdenes de cosas, para el propósito
de que yo formara sus figuras sobre los moldes apropiados, y
no dejar que la forma variara de la forma del molde, y que a
través de mi actividad y destreza no cambiara el aspecto de
la copia del aspecto del original por adiciones de cualquier
otro elemento. De acuerdo con ello, obedeciendo la orden, en
mi trabajo estampo, por así decir, los varios cuños de las
cosas en la imagen del original, ejemplificando la figura del
ejemplo, formando armoniosamente lo semejante de lo semejante,
y produzco las apariencias distintivas de as cosas
individuales” |
También
en el Roman de
la Rosa
se expresa esta función de la naturaleza cuando, hacia el final del
poema, entra Natura en el diálogo y dice:
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"Dios, con su gracia, tras
disponer las demás criaturas según sus designios, me honró
y me tuvo tanta consideración que me nombró
su camarera [...] Incluso como condestable y vicaria,
de lo que sólo soy digna gracias a su benevolencia. Así,
pues, Dios me ha honrado para que guarde la hermosa cadena
dorada que une a los cuatro elementos, todos inclinados ante mí.
Él me confió todas las cosas que están guardadas por esta
cadena, y me encomendó su custodia y propagación. Él quiso
que todos me obedecieran y observaran mis reglas sin
olvidarlas nunca, y que las retuvieran y guardaran para toda
la eternidad, y en verdad todas se esfuerzan en hacerlo, salvo
una sola criatura"
|
Todo está bajo el gobierno de
esta vicaria de Dios: el cielo, los mares, las nubes, las plantas, los
animales; todas las criaturas le deben obediencia, pero, como dice
Jean de Meun en su poema, hay una que escapa: el hombre. Dice Natura (Guillaume
de Lorris y Jean de Meun, El libro de la rosa (traducción de
Carlos Alvar y Julián Muela), Madrid: Ediciones Siruela, 1986.) en
el poema de Alano:
|
“Puesto que todas las cosas están
por la ley de su ser sujetas a mis leyes y deben pagarme un
tributo correcto y establecido, casi todas, con derechos
justos y con presentación semejante, regularmente obedecen
mis órdenes; pero de esta regla general sólo el hombre está
excluido por una anormal excepción. Él, desnudo del manto de
la decencia [...] se atreve a provocar tumultos y lucha no sólo
contra la majestad de su reina, sino también inflama la
locura de una guerra intestina contra su madre. Otras criaturas, a quienes
he otorgado menores dones [...] se sujetan voluntariamente a
la inviolabilidad de mis órdenes. Pero el hombre, quien casi
agotó el tesoro de mis riquezas, trata de vencer los impulsos
naturales y arma contra mí la violencia de la malvada
lujuria”. |
Como
buen platónico, Alano deja ver en su obra el hecho de que cada cosa
del mundo ocupa el lugar que le corresponde y realiza la función para
la que ha sido creada. Nada escapa a esta fatalidad: el cielo, las
estrellas, los planetas el mar y el aire. Así continúa:
|
“Todas las cosas, de acuerdo con la
proclamación de mis órdenes, realizan razonablemente, de
acuerdo a como su carácter nativo lo demanda, los deberes que
mi ley ha fijado. El firmamento, de acuerdo con mi principio
de enseñanza, conduce todas las cosas en el cotidiano
circuito, y con identidad de giros avanza en su carrera y se
regresa desde donde avanzó. Las estrellas, a medida que
brillan por la gloria del firmamento y lo visten con su
esplendor, completan el corto día de la jornada, y al
orientar el espacio celestial con sus variadas órbitas,
sirven a mi majestad.
Los planetas, de acuerdo con mis órdenes,
restringen el rápido movimiento del firmamento, y ascienden
en él con pasos opuestos para volver después del mismo
lugar. También el aire, disciplinado bajo mi instrucción,
ora regocija con suave brisa, ora llora en las lágrimas de
las nubes como en simpatía, ora es convertido en furioso
viento, ora es sacudido por el amenazante trueno, ora es
desecado en el horno de calor, ora es aguzado por la severidad
del frío. Los pájaros, que han sido creados en varias formas
bajo mi supervisión y comando, maravillan grandemente a mi
enseñanza a medida que cruzan las corrientes de aire en el
batir de sus alas.
Por mi mediación
interventora, el mar se une estrechamente a la tierra por los
firmes lazos de la amistad, y no se atreve a violar su solemne
obligación de fe jurada con su hermana pues teme extraviarse
en las habitaciones de la tierra más allá del límite
establecido para sus recorridos. A mi voluntad y deseo, el mar
ora está en la ira de la tormenta, ora retorna a la paz de la
tranquilidad, ora, empujado por su hinchado orgullo, se eleva
a semejanza de una montaña, ora es nivelado en una tersa
llanura”.
|
¿Por qué una sola criatura,
el hombre, es la única que se atreve a desobedecer a su hacedora? ¿Qué
razones tiene para no comportarse como todas las demás? Ya podemos
intuir desde ahora que la respuesta tiene relación con el
comportamiento sexual; y no es que a las demás criaturas vivas no les
reconozca sexo o género, pero ellas obedecen también en este aspecto
las normas dictadas por Natura. El poema empieza con una queja del
poeta sobre la actitud de algunos hombres; dice:
|
"Cambio las risas por lágrimas, la alegría por pesar, el aplauso
por el lamento y las risas por el sufrimiento cuando veo que
no se cumplen los decretos de Natura; cuando la sociedad se
arruina y se destruye por el monstruo del amor sensual; cuando
Venus, peleando contra Venus, hace a los hombres mujeres;
cuando con sus artes mágicas desmasculiniza a los
hombres"
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Ya
puede verse aquí un esbozo de respuesta a las preguntas anteriores;
lo que sorprende es su modo de expresarlo, en la que sexo y género
gramatical se asimilan de una manera que recuerda a Pedro Damián;
dice Alano en voz de Natura:
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"El hombre es hecho mujer, oscurece el honor de su sexo, el oficio
de la mágica Venus lo hace de doble género. Es tanto
predicado como sujeto, llega a ser semejante a dos
declinaciones, lleva las leyes de la gramática demasiado
lejos. Aunque hecho por el trabajo de Natura, bárbaramente
niega que es un hombre".
|
Y no se trata de una simple
simulación ni de ficticias lágrimas, dice, puesto que "el sexo
de la naturaleza activa tiembla lleno de vergüenza a medida en que
declina en la naturaleza pasiva".
Todos los objetos y seres del
mundo, tanto los no animados como los animados, le deben obediencia a
Natura pues, como ella misma dice, todos "temen grandemente
separarse de mis reglas y cánones". Y en esta obediencia ciega
lo que se destaca es la finalidad de su labor que en todos los casos
es mantener la tierra poblada: todo lo que existe tiene como finalidad
última permanecer en el mundo. En sus palabras:
|
"Por mi orden y edicto, las lluvias están casadas con la tierra en
una especie de abrazo imperial. Ambas, laborando
incansablemente en la creación de progenie, no dejan de
engendrar las varias especies de cosas. Los animales
terrestres bajo mi examen y manejo no profesan actividades
divergentes de la soberanía que está por encima de su
obediencia. La tierra, en un momento encanecida por las
blancas nevadas, en otro está ribeteada con florida vegetación.
El bosque, en un momento con su frondosa mata crecida, en otro
está esquilado por la aguzada navaja del invierno. El
invierno mantiene las semillas enterradas en la profundidad de
la madre tierra, la primavera las libera de su cautividad, el
verano madura las cosechas, y el otoño despliega su
riqueza”
|
Pero
una especie entre todas desobedece sus leyes, sobre todo esta ley de
los géneros que asigna al masculino y al femenino su función y que
es la misma que gobierna los géneros
gramaticales. Esa especie es la humana:
|
"Sólo el hombre rechaza la música de mi arpa, entusiasmado por la
lira de Orfeo. Porque la raza humana reniega de su alto
nacimiento, comete monstruosos actos en su unión de los géneros,
y pervierte las reglas del amor por una práctica de extremas
y anormales irregularidades"
|
Sólo el hombre, alumno de "una pasión
distorsionada, pone el predicado en contraposición directa, contra
todas las reglas". No es capaz de deletrear correctamente el amor
pues es un iletrado sofista. De allí la queja de
Natura:
|
"Lamento haber adornado la naturaleza de los hombres con tantos
privilegios y bellezas porque ellos abusan y hacen del honor
desgracia, deforman la belleza del cuerpo con la fealdad de la
lujuria, estropean el color de la belleza con chillona pintura
y, al florecer en vicios, desfloran la floración de
Flora"
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Existen
muchos de tales abusos, muchos ejemplos de lujuria y de amores
desviados, entre los cuales, en su queja, enumera algunos:
|
"Mirra, despertada por el picante aliento de Venus, pasa del afecto
de hija a la lujuria, cumple y renueva con su padre el oficio
de su madre. Medea, tratando cruelmente a su propio hijo de
manera que éste pudiera erigir el ignominioso trabajo de
amor, destruyó el amor pequeño y la obra gloriosa. Narciso,
cuando su sombra habló falsamente de otro Narciso, se llenó
de pensamientos soñadores y, al creer ser otro, corrió hacia
el peligro de la pasión por sí mismo"
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Con
todo, su queja contra estos comportamientos no llega a ser tan fuerte
como aquella contra otros actos en los cuales deliberadamente no está
contemplada la reproducción, actos en los que "el espíritu de
la matriz no imprime su sello sobre la materia, sino que más bien el
arado ara sobre una playa estéril". Y el problema no es tanto
acerca del amor puesto que, de alguna manera o de otra, todos profesan
su gramática. Y entre estas distintas maneras menciona las
siguientes:
|
"Algunos abrazan sólo el género masculino, algunos el femenino,
otros lo común e indiscriminado. Algunos, de género heteróclito,
se declinan irregularmente: en el invierno en el femenino, en
el verano en el masculino. Algunos, en la búsqueda de la lógica
del amor, establecen en sus conclusiones la ley del sujeto y
la ley del predicado en relación apropiada. Algunos, quienes
tienen el lugar del sujeto, no han aprendido cómo formar un
predicado. Algunos sólo predican, y no esperan la adición
apropiada del sujeto"
|
Las analogías no van sólo
por el ámbito de la gramática, sino que también usa nociones de la
métrica para hablar de esas prácticas sexuales al decir que "la
medida yámbica va con el pie dactílico del amor terreno, en el cual
nunca la sílaba larga permite una corta".
El poeta pregunta a
Natura cuál es el origen de la maldad del hombre, quiere saber por cuál
|
"razón irracional, qué indiscreta discreción, qué afección
desviada ha forzado la pequeña chispa de razón del hombre a
dormir; éste, embriagado por la copa de Leteo de la
sensualidad, no sólo se ha convertido en un apóstata de tus
leyes, sino también un incorrecto rebelde contra ellas"
|
La
única respuesta de Natura, como es de esperarse, es que ella no tiene
la culpa ya que, como el trabajo era demasiado para ella sola, tuvo
que recurrir a ayudantes:
|
"en las afueras del mundo coloqué a Venus, quien es diestra en el
conocimiento del hacer, como asistente de mi trabajo para que
ella, bajo mi juicio y guía, y con la ayuda de su esposo
Hymen y su hijo Cupido, trabajara en la formación de las
cosas vivientes, y regularmente por la aplicación de sus
productivos martillos a sus yunques, pudiera tejer el linaje
de la raza humana en incansable continuación, con el fin de
que no sufriera violenta ruptura en las manos de las moiras"
|
Cuando
el interlocutor oye el nombre de Cupido, la interrumpe para investigar
de quién se trata pues ha oído muchas
descripciones de él pero siempre aparece cubierto con el manto
de la alegoría sin dar a conocer su verdadera naturaleza. Natura se
niega a responder y su argumento se encamina a convencer al poeta de
que conviene más dejar ese personaje en el olvido:
|
“Por la autoridad del Ser celestial
y de su pensamiento eterno, y con la aprobación de su corte y
el acuerdo de Natura y el
ministerio de las virtudes asistentes, dejemos separado
del beso del amor celeste, como lo demanda el desierto de la
ingratitud, dejemos degradado de los favores de Natura,
dejemos aislado del armonioso conjunto de las cosas de la
naturaleza a quien desvía el curso legal del amor, o a menudo
naufraga en la glotonería, o se atraganta con avidez del
delirio de la borrachera, o se quema de sed en el fuego de la
avaricia, o asciende el sombrío pináculo del insolente
orgullo, o sufre la profunda destrucción de la envidia, o
mantiene la compañía del falso amor de la adulación.
Dejemos que quien hace una excepción irregular a la regla del
amor sea privado del signo del amor. Dejemos que quien está
hundido en el abismo de la glotonería sea castigado por la
vergüenza de la mendicidad. Dejemos que quien duerme en la
corriente de la embriaguez de Leteo sea atormentado con los
fuegos de la sed perpetua. Dejemos que a quien quema la pasión
por poseer sufra la continua necesidad de la pobreza. Dejemos
que quien, exaltado sobre el precipicio del orgullo, eche
fuera el espíritu arrogante, caiga ignominiosamente en el
valle de la abatida humildad.
Dejemos que quien envidia y
roe como una polilla las riquezas de la felicidad de otro se
encuentre primero como enemigo de sí mismo. Dejemos que quien
cosecha regalos de los ricos por la hipocresía de la adulación
sea engañado por una recompensa de valor ilusorio”
|
Con este
discurso, Natura quiere evitar la culpa, lo cual no consigue puesto
que si designa ayudantes no es porque ella sola no pudiera con el
trabajo, sino que lo hace para disfrutar de privilegios, como ella
misma lo admite:
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"me complacía permanecer en el gracioso palacio de la región
eterna, donde ninguna ráfaga de viento destruye la paz de la
serenidad, donde ninguna noche de nubes sepulta el cielo
abierto del día, donde no hay cólera de la violenta
tempestad, donde ninguna locura amotinada amaga con
truenos..."
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Probablemente
esta actitud de Natura y su respuesta hizo que en el Roman de
la Rosa
el ayudante de Natura fuera otro personaje, Genio, quien no sólo
trabaja en la construcción del mundo sino que es también quien
califica como traidores a los hombres que no cumplen los designios de
su hacedora. con una curiosa analogía entre la reproducción y la
escritura, dice que éstos" no se dignan echar mano a sus
tablillas para escribir o para dejar una huella impresa. Sus
intenciones son bien amargas, pues las tablillas se atrofiarán si no
se emplean y si se abandonan en la ociosidad". Es de suponer que
habla de aquellos que no hacen uso en absoluto del dispositivo
completo, tablillas y estilete; en este caso
|
"los barbechos se tornarán yermos si no se les hunde a fondo la
reja. ¡Ojalá se pudiera enterrar vivos a esos que se atreven
a descuidar sus herramientas que Dios construyó con sus
propias manos y entregó a [Natura]! Se las dio para que ella
supiera hacer otras semejantes y dar un ser perdurable a las
criaturas perecederas".
|
Esos seres humanos son
criticables por no continuar la acción generadora (relacionada con su
nombre, Genio); pero la crítica es mayor respecto a aquellos hombres
que sí hacen uso de sus instrumentos de escritura pero de manera
equivocada:
|
“Mas los que no escriben
con sus estiletes, gracias a los cuales los mortales viven
siempre, sobre las preciosas y hermosas tablillas que no
fueron aprestadas por [Natura] para permanecer ociosas, sino
que las hizo para que todos los hombres fueran escritores y
todos y todas vivieran, y los que reciben los dos martillos y
no forjan como deben, diestramente sobre su buen yunque, y a
los que los pecados y su necio orgullo ciegan tanto que
desprecian el recto surco del bello y fértil campo, y van
como unos desgraciados a labrar en tierra desierta, donde se
pierde su simiente y donde jamás trazarán surco derecho,
sino que irán torciendo el arado y confirmando sus perversas
reglas con prácticas totalmente anormales [...] Que todos
ellos, junto con la excomunión que les condena por seguir
estas reglas, ¡que pierdan su bola y sus dos doblones, signos
de que son machos! ¡Que les arranquen los martillos que
llevan guardados dentro! ¡Que les quiten el estilete, por no
haber querido escribir en las preciosas tablillas que les eran
tan apropiadas! ¡Labrad, nobles! ¡Por Dios, labrad y
restaurad vuestros linajes!”
|
Dos intentos de explicación
En la literatura medieval, en la pintura,
en todos los campos de la actividad humana encontramos esta misma
condena a cualquier tipo de actividad sexual que se aparte de la
finalidad generadora. Y es verdad que durante
la Edad Media
el cristianismo hizo esto mucho más patente. Sin embargo, si queremos
buscar, más allá de la superficie, las causas de la existencia de
textos tan represivos como los mencionados
no podemos quedarnos únicamente con la idea de que la razón es que
la Edad Media
estuvo dominada por el cristianismo. Según Foucault,
( Michel Foucault, El uso de los placeres, v. 2 de Historia
de la sexualidad, México: Siglo XXI, 1986, pp. 226-227) .desde
el siglo VI aC
|
"encontramos muy claramente
formulada la idea de que la actividad sexual es en sí misma
bastante peligrosa y costosa, ligada con bastante fuerza a la
pérdida de la sustancia vital para que una economía
meticulosa deba limitarla por lo mismo que no
es
necesaria; encontramos también el modelo de una relación
matrimonial que exigía por parte de los dos cónyuges una
igual abstención de todo placer extraconyugal"
|
Por
lo cual
|
"es preciso ver que el principio
de una templanza sexual rigurosa y cuidadosamente practicada
es un precepto que no data del cristianismo, desde luego, ni
de la antigüedad tardía, ni siquiera de los movimientos
rigoristas que tuvieron vida, con los estoicos por ejemplo, en
la época helenística y romana"
|
Con
todo, tenemos la suficiente información del mundo griego para decir
que había una sexualidad más libre, que el amor homosexual
el amor de los muchachos, como lo llama Foucault no era
visto como pecaminoso o que tuviera que ocultarse. Sin embargo, como
el mismo autor advierte, el término “homosexualidad” no parece
adecuado para describir una experiencia muy diferente a la que ahora
así denominamos. La razón es que los griegos
|
"no oponían como dos elecciones
exclusivas, como dos tipos de comportamiento radicalmente
distintos, el amor del propio sexo y aquel del otro. Las líneas
divisorias no seguían semejante frontera. Aquello que oponía a un
hombre temperante y dueño de sí mismo de aquel que se daba a
los placeres era, desde el punto de vista de la moral, mucho más
importante de lo que distinguían entre sí a las categorías
de placeres a las que no podía consagrarse por entero" |
Podría
hablarse de bisexualidad de aquellos hombres públicos cuya conducta
conocemos, si pensamos en la elección que hacían entre los sexos,
"pero esta posibilidad no se refería para ellos a una doble
estructura, ambivalente y bisexual del deseo"; es decir, no había
para ellos dos tipos de deseo. "A sus ojos, lo que hacía que se
pudiera desea a un hombre o a una mujer era solamente el apetito que
la naturaleza había implantado en el corazón del hombre hacia
quienes son “bellos”, cualquiera
(Ibid.: pp. 172-3. ) que fuera su sexo".
El mismo deseo se dirigía a
todo lo que era deseable, fuera hombre o mujer, pero ese deseo era
tanto más noble si se dirigía a lo más bello o más honorable. En
los dos primeros siglos de nuestra era, la práctica del amor por otro
del mismo sexo no desaparece ni cambia la calificación; sigue siendo
algo natural. Lo que cambia es la manera en la que se le interroga, lo
cual origina otro tipo de cambios: "Comparada con sus altas
formulaciones de la época clásica, la reflexión sobre el amor de os
muchachos perdió, en los primeros siglos de nuestra era, si no
actualidad, por lo menos intensidad, seriedad y lo que tenía de
vivo".
Esta tendencia condujo a un
reforzamiento de la austeridad. ¿Habría que reconocer en esto se
pregunta Foucault el esbozo de la moral sexual futura, la medieval
y en general, la cristiana, en la que el acto sexual se considera como
un mal y sólo se considere como legítimo si es entre cónyuges, y
por tanto, el “amor de los muchachos” se considere contra natura?
La búsqueda de una explicación satisfactoria de
esa condena de la actividad homosexual
en
la Edad Media
habría que buscarla en otro lugar. Postulamos aquí dos intentos de
explicación de la condena a toda actividad sexual desviada de su
función reproductora. El primero tiene qué ver con un esquema
funcional de la sociedad según el cual ésta se divide en tres
categorías fundamentales; el segundo se refiere al gasto
improductivo, al desperdicio de aquellos que "labran en tierra
improductiva donde se pierde la simiente". A continuación damos
una breve descripción de ambos: Con
respecto a la primera, situamos un poco arbitrariamente el punto de
inicio de la búsqueda en la noción de orden.
La Edad Media (M.
Foucault, La inquietud de sí, v. 3 de Historia de la
sexualidad, México: Sigo XXI, 1987, p. 174.) (Ibid.: p.216.)
entiende el orden basado en jerarquías, en
|
"divisiones que distribuyen los cargos, que son básicamente dos:
uno que se comunica con el cielo y que enuncia las reglas, y
otro cuya función es hacer aplicar tales reglas; es decir,
los obispos y los reyes. No obstante, en todas las sociedades,
como ha mostrado Dumezil, ha existido la triplicidad de función
es como elemento del sistema; es decir, que lo que reina es la
desigualdad"
|
Son éstas las dos primeras funciones la de los
que oran y la de los que gobiernan pero como requieren de otras
personas que los alimenten, es necesaria una tercera. Así, pues,
(César González Ochoa, A lo invisible por lo visible.
Imágenes del occidente medieval,
México: UNAM, 1995, p.131.) las funciones clásicas descritas por
Dumezil son las de los oratores, los bellatores y los laboratores,
tripartición que, según el propio autor, ha sido "un medio de
analizar, de interpretar las fuerzas que aseguran el curso del mundo y
la vida de los hombres". (Georges Dumezil, Mito y epopeya,
Barcelona: Seix Barral, 1977.)
El
término orden, ordo en latín, se usaba en la época al menos con dos
significados. El primero es el que otorga al individuo una posición;
es, por tanto, un principio de clasificación. En este sentido, un
orden es un conjunto de individuos, "un cuerpo privilegiado
aislado del resto, investido de responsabilidades particulares y que
manifestaba a los ojos de los otros su cohesión, su superioridad, su
dignidad por el rango". De esta manera puede hablarse del orden
de los bellatores, por ejemplo. La segunda acepción de ordo es
"la organización justa y buena del universo, aquello que la
moral, la virtud y el poder tienen la misión de conservar". (George
Duby, Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo,Barcelona:
Argot, 1983, p.115.).
Este
segundo significado es el que utiliza san Agustín en De Ordine, pues
así denominó el camino que conduce hacia Dios. En sus primeros
siglos de vida, el cristianismo reduce las tres funciones a únicamente
dos, la del sacerdote y la del rey; es la concepción del poder
denominada gelasiana ya que fue enunciada así por el papa Gelasio
ante el emperador Anastasio a finales del siglo v con la siguiente fórmula:
"lo que gobierna el mundo es doble, la autoridad sagrada de los
pontífices y el poder real". Se trata de dos oficios autónomos,
pero interdependientes ya que uno tiene necesidad del otro, aunque no
están en el mismo nivel, pues existen dentro de una visión de mundo
donde el cielo es superior y la tierra inferior; por tanto, la primera
función es más importante. No obstante, en los textos de Agustín no
se conciben el cielo y la tierra como separados ya que, aunque
"la población de
la Ciudad
de Dios está constituida principalmente por ángeles, una parte
elegida entre los hombres mortales se reúne permanentemente allí sumándose
a los ángeles inmortales". Precisamente para no interrumpir esta
continua migración de la tierra al cielo es necesario el mecanismo
que permite la generación de seres humanos; es ésta la justificación
del acto procreador. La reintroducción del orden ternario en
la Edad
media se consiguió gracias a la obra de un griego o sirio del siglo
V, Dionisio el Areopagita. Dos nociones se destacan en sus textos De
la jerarquía celeste y De la jerarquía eclesiástica: en primer
lugar, que jerarquía quiere decir orden sacro y, en segundo, que la
división de toda jerarquía es ternaria. Así, el cielo está
habitado por tres jerarquías de seres divinos: en primer lugar la tríada
de serafines, querubines y tronos; la última de éstas comunica a la
primera de la siguiente tríada (formada por dominaciones, virtudes y
potencias) el esplendor que ha recibido; a su vez, la última de ésta
le comunica a la primera de la siguiente, formada por principados, arcángeles
y ángeles. Aquí acaban las jerarquías celestes, y allí mismo se
inicia la jerarquía eclesiástica, cuyo primer nivel es el de los
obispos; después están los sacerdotes, que distribuyen el cuerpo de
Cristo, y finalmente los simples clérigos que purifican y bautizan.
Como la sociedad humana es imperfecta, sólo hay lugar para dos
jerarquías; por tanto, la segunda comienza por la jerarquía de los
perfectos, y ésta se comunica con la de los perfeccionables, cuyos
componentes no están muy claramente definidos, y en el último lugar
está la de los monjes quienes, aunque más puros que los integrantes
de los órdenes superiores de la misma
jerarquía, no cumplen funciones de dirección. Todo el resto
del primer milenio de nuestra era dominó la propuesta binaria de
Gelasio pero en el siglo once resucita el esquema ternario en las
obras de los obispos Gerardo de Cambrai y Adalberón de Laon. Dice
Duby:
|
“Fue sin lugar a dudas la lectura de
Dionisio lo que [les] permitió trazar el proyecto de su
admirable edificio; de él recibieron la incitación para
presentar el esquema ternario como el marco de toda organización
justa de las relaciones entre los hombres. Organización
jerarquizada, es decir, sagrada, pero que instituye también
la desigualdad necesaria, aquellas relaciones mesuradas, aquel
juego de intercambios que va y viene sin tregua de un extremo
a otro de la cadena interminable gracias a la cual,
misteriosamente, se expande y al mismo tiempo regresa a su
fuente
de amor que mueve el sol y
las estrellas” (Ibid.: p. 193.)
|
De
acuerdo con el obispo Gerardo, los hombres de
la Iglesia
pueden vivir en el ocio sagrado que exige su oficio porque los
guerreros garantizan su seguridad y los productores, los trabajadores
de la tierra, gracias a su labor, garantizan el alimento. A su vez,
los labradores, protegidos por los guerreros, obtienen el perdón de
Dios a través de las plegarias de los sacerdotes. Los guerreros, por
su parte, obtienen también sustento de los trabajadores y de los
sacerdotes obtienen redención por medio de los sacramentos y la
liturgia. Adalberón completa este esquema al establecer que hay dos
oficios que se delegan de modo distinto: el de los oratores, por medio
de un sacramento (de allí que los que reciben esta delegación sean
“ordenados”), y el otro, el oficio de la guerra, que responde a la
naturaleza pues se transmite por la sangre. Pero como en el universo
reina la desigualdad, los hombres están divididos, en primer lugar
por la naturaleza:
|
"algunos nacen libres y otros no, algunos ‘nobles’ y otros
‘siervos’. Permanecen en esta posición originaria
mientras vivan en la parte del mundo mancillada por el pecado.
En la medida en que adaptan su existencia a las exigencias del
ordo, respetan la ley divina que los empuja a vivir como viven
los ángeles y logran escapar de la impureza, los servidores
(o siervos) de Dios se liberan de lo que impone la diferencia
de condiciones. Ello instaura una tercera categoría en estado
de sumisión, el ‘vulgo’, conducido por los oratores y los
bellatores" (Ibid.: p. 97.)
|
Para
Adalberón, la servidumbre es hereditaria y de ello deriva la obligación
de trabajar; es ésta la tercera función, con la cual tenían que
cumplir los que no estaban ordenados y los que no tenían sangre
noble. Es decir, los excluidos por las dos separaciones: el ordo que
separa los sacerdotes de los laicos y la naturaleza que separa los
nobles de los siervos. Pero, aunque haya intercambio de servicios
entre los componentes de las tres funciones y cada orden sea
indispensable para las otras, hay desigualdad entre ellas. Es ahora el
momento de integrar la sexualidad en este esquema y para ello basta la
distinción realizada por la primera separación, la que coloca en un
polo a los hombres de
la Iglesia
y en el otro a los laicos: los primeros, "ya vinculados con lo paradisíaco, gobernados por la ley divina, los servidores de Dios,
libres o, mejor dicho, liberados gracias a esta ley simultáneamente
del trabajo servil y del pecado sexual", y los segundos, los que
"deben procrear, copular o integrarse por lo tanto al
matrimonio". (Ibid.: p.195.)
El matrimonio, por tanto, está
prohibido a los primeros pero a los segundos no sólo les está
permitido sino prescrito. En los textos de Gerardo y Adalberón se
reconoce el peso de la carne entre los laicos y que la función
de éstos es engendrar, asegurar mediante la reproducción la
supervivencia de la especie. No obstante, no es posible la procreación
sin pecado, lo cual es el origen de la desigualdad: son las relaciones
carnales las que crean los “géneros”, la distribución de los
laicos entre las diferentes capas sociales, desde los siervos en el
nivel más bajo hasta los nobles, que son los que pueden alcanzar más
fácilmente la santidad.
Así, a la categoría básica clérigo-laico
se le superpone otra, la formada por el par castidad-casamiento, lo
que conduce a final de cuentas a que aparezca la división entre los
dos órdenes como de naturaleza sexual: ningún clérigo debe tener
mujer, es la regla de su orden; pero los laicos pueden también
constituir un orden, o sea, tener una regla referente al mismo objeto,
lo sexual. Esta regla es que deben tener mujer, pero no de cualquier
manera sino por medio del sacramento del matrimonio. Esto aparece explícitamente
en el poema de Adalberón dedicado al rey Roberto y escrito entre 1028
y 1031, del cual Duby comenta: "los miembros de la ‘orden’ de
la ‘Iglesia’ están sometidos a la ‘ley divina’. Esta ‘ley
santa los aparta de toda mancilla terrestre’; les ordena `purificar
su espíritu y su cuerpo’"; Dios establece que sean castos y
para permanecer en esa castidad les prohíbe el matrimonio. Pero lo
prohíbe sólo a ellos, puesto que "es preciso que la especie
humana sobreviva hasta el último día. La función de los
‘nobles’ y de los ‘siervos’ es engendrar, fecundar a la mujer.
[...]
Sin embargo, esta función
reproductora debe ser cumplida dentro de su ‘orden’, del grupo
funcional en que Dios le ha colocado". (Georges Duby, El
caballero, la mujer y el cura, Madrid: Taurus, 1984, p. 97. )
En resumen, a los clérigos se
les prohíbe el matrimonio, pero a los laicos no sólo no se prohíbe
sino que para ellos es obligatorio pues tienen qué reproducirse sin
cesar. Por tanto, no pueden como dice Genio en el Roman de
la Rosa
desperdiciar su simiente, no pueden sembrar en tierra estéril. Todo
laico debe procrear, debe reproducirse.
Es ésta su obligación. Y para reforzarla se
requiere no sólo acentuar esta prescripción sino también calificar
negativamente a quienes no la cumplan, a los que derrochen, malgasten,
despilfarren o desperdicien su simiente. Aquí entra en acción la
segunda de las propuestas de explicación y para ello hay que apelar a
la más general noción de productividad, una de las palabras clave
del pensamiento occidental según el cual la sociedad se basa en
intercambios de todo tipo y éstos se realizan sobre la base de la
equivalencia. En sociedades distintas a las nuestras y que muchos autores
denominan simplemente primitivas el intercambio no funciona de acuerdo
con el principio de la equivalencia sino que se basa en una incesante
e ilimitada reciprocidad; allí el trabajo no se considera como una
pura inversión que se recupera con un valor multiplicado al final del
proceso productivo, sino que se ve más bien como semejante a un
ritual, como algo dado y perdido que no tiene una relación necesaria
con la compensación. Allí no se piensa que el producto de la cosecha
es un resultado lógico del trabajo invertido, sino que lo cosechado
viene como un añadido al mantenimiento del intercambio, de la
coherencia del grupo con los dioses o con la naturaleza. Por esta razón,
una parte del producto obtenido se destina al proceso de gasto
improductivo o sacrificio con el propósito de preservar ese
movimiento simbólico que no se interrumpe: no se toma nada de la
naturaleza sin calmar a los dioses por medio de un sacrificio. Este modelo del intercambio
funciona sobre bases distintas a la equivalencia, en las cuales tiene
un lugar el sacrificio, pero también la fiesta, el regalo, la
destrucción, y más allá, la poesía y el arte, es decir, todas esas
prácticas no estructurales, para las cuales Mauss ofrece un esquema
general, el del don. El don, la fiesta, etc., son hechos sociales
totales porque ponen en juego, en algunos casos, a la totalidad de la
sociedad y en otros a un número amplio de sus instituciones. En ese
tipo de sociedades, las ‘primitivas’, Mauss (Jean Baudrillard, El
intercambio simbólico y la muerta, Caracas: Monte Ávila, 1980,
p.87.) concibe el intercambio de una manera generalizada, como el común
denominador de todas las actividades sociales, en apariencia heterogéneas.
Según él, en las economías anteriores a la nuestra,
|
"nunca se comprueban simples intercambios de bienes, de riquezas o
de productos en el transcurso de un mercado entre individuos;
en ellas no son los individuos sino las colectividades las que
se obligan
mutuamente, las que intercambian o contratan; las personas
presentes en el contrato son personas morales: clanes, tribus,
familias, que se enfrentan y se oponen, ya sea en grupos
enfrentados en el terreno mismo, ya sea por medio de sus
jefes, ya sea de las dos formas a la vez. Lo que se
intercambia no son exclusivamente bienes y riquezas, muebles o
inmuebles, cosas económicamente útiles; son sobre todo
cortesías, festines, ritos, servicios militares, mujeres, niños,
danzas, ferias en las que el mercado no es más que uno de sus
momentos, y en donde la circulación de riquezas es sólo uno
de los términos de un contrato mucho más general y
permanente"
|
La
explicación de Bataille de este fenómeno es que la actividad humana
no puede reducirse únicamente a los procesos productivos, por lo cual
la noción de consumo tiene que replantearse como conformada de dos
partes: una "está representada por el uso del mínimo necesario,
para los individuos de una sociedad determinada, para la conservación
(Marcel Mauss, “Ensayo sobre dos dones. Motivos y
forma del cambio en las sociedades primitivas”, en Sociología
y antropología, Madrid: Tecnos, 1971, pp. 150-1.)
de la vida y para la continuación de la actividad
productiva"; es la condición de la producción. La otra parte,
que es precisamente la que él llama la parte maldita, "está
representada por los gastos llamados improductivos: el lujo, los
lutos, las guerras, los cultos, la construcción de monumentos
suntuarios, los juegos, los espectáculos, las artes, la actividad
sexual perversa (es decir, desviada de su finalidad
reproductiva)", todas las cuales representan actividades que
tienen su finalidad en sí mismas.(Georges Bataille, La parte
maldita, Barcelona: Hispanoamericana, 1974, pp.28-9.)A esta segunda parte del consumo la llama
simplemente ‘gasto’ y se caracteriza por el hecho de que, en todas
sus manifestaciones, "el acento se sitúa sobre la ‘pérdida’,
que debe ser lo más grande posible para que la actividad adquiera su
verdadero sentido". A diferencia del “gasto”, el consumo está
relacionado con la producción, es decir, tiene una función externa,
una finalidad. El don, junto con el juego, la fiesta, la risa, todas
esas actividades aparentemente gratuitas en donde está presente lo
que la mentalidad
occidental reconoce como gasto, como derroche, despilfarro o
desperdicio, son irreductibles al sistema de reglamentaciones y
normas; son como saltos al vacío que no se pueden conceptualizar
porque escapan al discurso social, que los rodea sin penetrarlos. Son
actividades que revelan un exceso de dinamismo o de vitalidad, que
distinguen al hombre de las demás especies; son actividades ajenas a
cualquier valor y constituyen "el sacrificio inútil, la apuesta
a lo imposible, el porvenir, el don de nada, la mejor parte del
hombre". (Jean Duvignaud, El sacrificio inútil, México,
fce, 1981, p.8.).
Se trata de actividades
sacrificiales, iguales a otras tales como "pelear sin matar
encauzando la violencia hacia la habilidad o la danza, hacer el amor
sin procrear, encauzando la sexualidad hacia la voluptuosidad, tirar
el dinero por la ventana o lo poco que se posee en una apuesta";
por medio de todos esos actos se hace el inútil don de nada puesto
que todos ellos son
elementos rebeldes de la vida social que se oponen (Ibid.: p. 131) a
toda acumulación, a toda constitución de un ahorro o de una economía
de mercado. Sin embargo, somos nosotros, los miembros de las
sociedades occidentales los que calificamos de desperdicio,
despilfarro o derroche las actividades de sacrificio en las sociedades
distintas a la nuestra; de allí su inevitable condena en nombre de la
eficiencia o la productividad; para los miembros de esas culturas esta
noción no tiene sentido puesto que se trata simplemente de otra forma
de actividad. Bastan estas pocas líneas acerca de la noción de gasto
y su condena por parte de una visión productivista de la vida en
todos sus sentidos para darnos cuenta de su fuerte peso en el
imaginario de todas las épocas. No es posible, por tanto, seguir
aceptando la explicación fácil de la represión sexual y del
calificativo de antinatural a cualquier tipo de actividad sexual
desviada de la canónica. Dice Foucault que si se quiere (M.
Foucault, El uso de los placeres, pp. 227-8).
|
"fijar un origen a esos pocos grandes temas que dieron forma a
nuestra moral sexual (la pertenencia del placer al dominio
peligroso del mal, la obligación de la fidelidad monogámica,
la exclusión de compañeros del mismo sexo), no sólo no hay
que atribuirlos a esta ficción a la que llamamos la moral
‘judeocristiana’, sino sobre todo no hay que buscar ahí
la función intemporal de la interdicción o la forma
permanente de la ley. La austeridad sexual precozmente
recomendada por la filosofía griega no se arraiga en la
intemporalidad de una ley, que tomaría alternativamente las
diversas formas históricas de la represión: surge de una
historia que es, para comprender las transformaciones de la
experiencia moral, más decisiva que la de los códigos: una
historia dela “ética” entendida como elaboración de una
forma de relación consigo mismo que permite al individuo
constituirse como sujeto de una conducta moral"
|
En
nombre de un principio de eficiencia, Natura condena a todos aquellos
|
"que los pecados y su necio
orgullo ciegan tanto que desprecian el recto surco del bello y
fértil campo, y van como unos desgraciados a labrar en tierra
desierta, donde se pierde su simiente y donde jamás trazarán
surco derecho, sino que irán torciendo el arado y confirmando
sus perversas reglas con prácticas totalmente anormales" Jean de Meun,
segunda parte de El livro de la rosa |
y a todos los actos en los que "el espíritu
de la matriz no imprime su sello sobre la materia, sino que más bien
el arado ara sobre una playa estéril" Alano de Lille, De
planctu naturae.
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| ISLA
TERNURA |
PLAYA |
BUCEANDO
EN OTRAS ÉPOCAS |
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