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La depresión, plaga gay no reconocida
Acostumbrados a tener al SIDA como bandera de las desdichas que nos
acosan, los gays hemos desviado nuestra atención de los males
circundantes hacia aquel que se presenta como el mayor interruptor de
nuestras vidas. Rara vez reconocemos los problemas de la vida diaria que
obstaculizan nuestro realizarnos en el mundo. Los polos que la comunidad
homosexual y el mundo entero manejan con respecto a nosotros oscilan
dentro del más alto radicalismo... del enfermo terminal de SIDA pasamos a
la figura del sujeto suelto de huesos que deja las represiones en el
ropero y vive - literalmente -, la vida loca. El rango intermedio es
enorme, sin embargo. Y el estereotipo de la vida suelta de huesos es una
tosca idealización de un patrón de felicidad que las estadísticas
niegan.
¿Pruebas?
Los gays sufrimos una desproporcionada tendencia a la depresión que nadie
se atreve a conceder. Un estudio realizado dentro de un universo estadístico
de 4000 personas entre 17 y 39 años revela que un 20% de los homosexuales
entrevistados había intentado suicidarse - contra un 3.5% de los
heterosexuales.
Otra más. Un estudio más amplio reveló que el 7.3% de la población gay
intenta, por lo menos en cuatro ocasiones, quitarse la vida -
contra un proporcional 1% de heterosexuales.
Los homosexuales calamos
alto en la lista de desórdenes depresivos. Los gays sufrimos más depresión
que el resto; más ataques de pánico, mayor abuso de sustancias, y más
tendencia al suicidio. Los gays somos más propensos al rechazo familiar
y, claro, al rechazo social. Tenemos más problemas de adaptación al
medio. Siguiendo esta línea, estamos más proclives a abandonar los
estudios y los ámbitos laborales, a entrar en relaciones de corto plazo,
a contraer enfermedades sexuales, y a tener dificultades en mantener una
relación duradera y satisfactoria.
Este es el terreno previo a todo contagio del virus del SIDA. Una vez
adquirido el contagio, los problemas inevitablemente se exacerban.
¿De
dónde sale este universo de desórdenes de ánimo, de problemas de
ajuste, de dificultades interpersonales? Richard C. Friedman y Jennifer
Downey, equipo de psicólogos dedicado al estudio de la depresión
dentro de la población homosexual, barajan una serie de hipótesis al
respecto. En sus libros (altamente sugerentes), "Homofobia
Internalizada y Reacción Terapéutica Negativa" y "Homofobia
Interna y Autoestima Genérica en Pacientes Homosexuales"; su
sugerencia apunta a problemas que retrotraen hacia la infancia.
Es
alrededor de los 6 y 7 años, cuando todavía la sexualidad se halla en un
estadio de desarrollo y la persona no puede aún ubicarse como homosexual,
que la internalización de un objeto externo agresivo y homofóbico
comienza a instalarse en la psiquis. "Antes de ser sexualmente
activos, muchos niños son rotulados con ofensivos títulos, tales como
los de "maricón", "rosquete", etc." Demasiado
temprano y con demasiada intensidad, los gays aprenden de cerca lo que
significa el terror, el odio y el desprecio - lecciones de vida que nunca
olvidan, y que constituyen una suerte de pilares de una estructura de
auto-devaluación que se afirma con los años.
Se arma así un enfermizo círculo
vicioso. Muchachos hostigados por no mostrar la exigente cuota de
masculinidad, por ser demasiado artísticos, románticos, glamorosos,
intelectuales; y poco diestros en el deporte, en las artes de la pelea y
la defensa; internalizan una imagen suya devaluadora que luego arrastran
consigo. La homofobia externa, manifestada con violencia (muchos sufren
ataques físicos y no sólo verbales), se transforma poco a poco en un
ente ideal que bombardea nuestro estima propio - y que se extiende hacia
toda manifestación similar en el otro. Surge así el extraño fenómeno
de homosexuales marginando a otros homosexuales; alejándose de ellos,
matando sus pulgas sobre otros blancos más débiles que reflejan
precisamente aquello que poseen y que no soportan en ellos mismos.
La
familia es un factor crucial para combatir este proceso de auto destrucción
de la identidad. Sin una familia que dé soporte, que llene el vacío de
seguridad que los pares se encargan de aniquilar, el homosexual no tiene dónde
encontrar un refugio dónde limpiarse las heces que le caen. Los pacientes
gays, comentan Friedman y Downey, generalmente profesan, en relaciones
terapéuticas prolongadas, creencias de que sus padres los odian por el
hecho de ser homosexuales. Lo peor de todo es que tienen muchas veces razón.
Un estudio del semanario New Yorker mostró que un tercio de la
población entrevistada prefería tener hijos heterosexuales,
insatisfechos con su matrimonio y con su vida; que hijos homosexuales
felizmente emparejados con una vida estable y adecuada. Muchos padres ven
en la homosexualidad de sus hijos un castigo hacia ellos mismos; un asunto
de identidad que no atañe a sus críos sino más bien a ellos mismos.
Todo este andamiaje
negativo no puede sino resultar en conductas futuras nefastas. Si uno no
se tiene como ser humano viable y respetable, sus acciones revelarán que
precisamente nada de lo que haga o se plantee hacer es respetable o
viable. De ahí las drogas, el suicidio, la promiscuidad, y demás
manifestaciones del bajo autoestima.
Pero el problema no se soluciona con una reforma de lo social. Es,
evidentemente, la solución para el futuro; pero para el presente, la
homofobia ya está dentro de uno y el trabajo tiene que ir de afuera hacia
adentro. Friedman y Downey apuntan, así, a señalar que el trabajo de
limpieza de las experiencias infantiles traumáticas en los homosexuales
es posible dentro de un patrón de integración a un ambiente gay. Un
contexto homosexual positivo es el único medio para la recuperación de
la seguridad personal, del autoestima, de la integración de la identidad,
y del amor. El lenguaje defensivo del gay PRIDE aparece, sin embargo, como
una prolongación violenta de esta homofobia que todos llevamos dentro.
Los contextos positivos se hallan más bien en lenguajes donde el ser gay
pase al plano de lo accidental y las demás cualidades y talentos de la
persona encuentren su espacio de maduración y desarrollo. La normalidad
necesaria no se encuentra ni en familias o escuelas intolerantes, ni en
histéricos activismos gays.
* Fuentes estadísticas: Andrew Solomon, Out.
Articulo
aparecido en gaydecajon.com
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