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Alguna
vez escuché la frase “Cuerpo es destino”, tesis que me
llevó a la reflexión del origen mismo de mi desarrollo como
persona. Hace un tiempo charlando con un amigo estudiante de
filosofía salió a flote en nuestro discurso el asunto del
destino, en el cual se centraron dos principales
cuestionamientos; ¿nuestros destino está ya dispuesto? ó ¿nuestro
destino lo construimos activamente?, tal vez estas preguntas
pueden parecer triviales pero para lo que trataré de explicar
me resultan de vital importancia.
Como
punto de partida no me atrevo a afirmar ninguna de las
aseveraciones anteriores, ya que en parte se pueden sustentar
como verdad pero al fin y al cabo, son verdades a medias. De
esta manera me permite un poco entrar al terreno de lo
impuesto, y el libre albedrío con respecto a como las y los jóvenes
vivimos nuestra sexualidad.
La
imposición no considera el acto de aceptación voluntaria, más
bien la asimilación pasiva de la obligación. Bajo esta idea,
ubiquémonos en el momento de nuestro nacimiento. En ese
momento lo único que se conoce y se da a conocer de nosotros
como un hecho real y objetivo es el sexo de nuestro cuerpo.
El
sexo no es más que ese conjunto de características bio-fisiológicas
que determinan lo que es un macho o una hembra de la especie
humana y es sobre el mismo donde se impone una serie de
significados y características socioculturales, que conocemos
como género. Recalco que el hecho de imponer supone la acción
de poner sobre, para que de esta manera quede claro que
nuestros cuerpos sirven como la base donde se han construido
las nociones de masculinidad y feminidad, entonces podemos
decir que no se nace hombre o mujer, si no que estas categorías
son construcciones sociales a partir de un hecho biológico,
el sexo.
Robert
Stoller, quien realizó estudios que permitieron establecer la
diferencia entre sexo y género, identificó a partir de casos
clínicos que el hecho de haber vivido desde el nacimiento las
experiencias, los rituales y las costumbres atribuidas a
cierto género, es lo que determina la identidad.
La identidad de género según DIVERSIDAD
SEXUAL Y JUVENTUD mujeres
como hombres “deben ser.” Estos modelos no son fijos, han
sufrido transformaciones dependiendo el momento socio histórico,
transformaciones que han estado en correspondencia a intereses
políticos, económicos y religiosos. Sin embargo, dichas
transformaciones no cambian el sistema género - sexo, sino
que han sido cambios aparentes, pero que siguen manteniéndolo.
La
importancia de la identidad radica en que es ella la que nos
da ese sentido de pertenencia y sustento, en pocas palabras,
le da sentido a nuestra existencia. Como humanos necesitamos
esa identidad, desprendiéndose entonces en nosotros la
necesidad de reconocimiento, es decir que los otros vean y
acepten en nosotros las características que nos unen y, por
ello continuamente reivindicamos en nosotros y en la
cotidianidad de la vida, el sistema de valores, normas, mitos
y costumbres genéricas.
Es
bajo este sistema donde todas y todos nos hemos desarrollado,
hemos adquirido y asumido nuestros roles de género
(distribución de papeles y comportamientos sociales
diferenciados).
Este
es un proceso largo pero efectivo, y lo es más a medida que
la familia, el Estado y las instituciones sociales, como la
escuela o la religión, lo respalden.
Ahora
bien podemos recordar nuestros propios procesos de crecimiento
y desarrollo bajo esta reflexión y encontraremos momentos
socializantes de nuestra propia identidad y la de los otros.
Por
otro lado, la sexualidad sin lugar a dudas forma parte de
nuestra identidad más profunda, y es ella misma moldeada por
las fuerzas sociales, y sólo existe a través de sus formas
de expresión social. Al igual que la identidad de género, se
ha impuesto a través del hecho corpóreo, de ahí que se
establezca, por ejemplo, a las mujeres
Cora
Ferro, en su Teoría “sexo – género”, se establece
alrededor de los dos años, edad en la que el infante adquiere
el lenguaje, es decir que el niño y la niña se sepan
pertenecientes al grupo de los hombres o las mujeres
respectivamente (curioso que en el desarrollo psicosexual la
diferencia genital sea posterior).
Dicha
identificación se convierte en un tamiz por donde pasarán
las experiencias futuras de los sujetos. Con esto me refiero a
los aprendizajes que constituyen gran parte de nuestra
personalidad misma, la gran mayoría de estos aprendizajes
quedan registrados de manera inconsciente y forman parte de
las normas sociales bajo las que se regula nuestro
comportamiento, de las cuales se desprende un control sobre
nuestra manera de conducirnos en el mundo, control que domina
nuestro movimiento corporal, vestido, uso del lenguaje,
espacios, labores etc. En este sentido pareciera ser entonces
que la identidad de género sólo es sustentada por nuestro
cuerpo.
Bajo
esta concepción, “género”, lo
social se transforma en un hecho “natural” o parece ser así.
El problema de naturalizar algo es que queda condenado a la
inercia: pensamos que lo natural aunque evoluciona no cambia
en su esencia, de tal manera que queda sellado por el “deber
ser”.
Nos
encontramos entonces frente a modelos sociales que dictaminan
lo que tanto como norma de vida la reproducción, o la
identidad sexual heterosexual tanto a hombres como a mujeres y
demás falacias del determinismo biológisista, el cual
establece que la vida humana está determinada solamente y
exclusivamente por la naturaleza, considerándose erróneamente
que la sexualidad es equivalente a la biología y que nuestro
cuerpo sexuado determina unívocamente nuestro deseo, nuestras
sensaciones y nuestras prácticas sexuales, teniendo como
resultado una sola manera de vivir la sexualidad, de tal forma
que sólo se enfoca a la reproducción, es decir, el coito
heterosexual sin prevención del embarazo como la práctica
sexual “natural.”
Este
último punto es el argumento principal por el cual numerosos
grupos conservadores rechazan el uso del condón y métodos
anticonceptivos.
Nos
encontramos ahora en una disyuntiva: ¿qué pasa con quienes
no cumplen con estos parámetros de vida sexual que la
sociedad establece? La respuesta tiene varias dimensiones,
antes de analizarlo haré un pequeño recuento. Hemos revisado
los aspectos socializantes de género, los cuales apuntalan a
una supuesta heterosexualidad generalizada y comportamientos
específicos. Esta construcción social de los géneros además
establece un modelo común, socialmente denominado como “lo
natural”: la pareja (mujer-hombre) y la familia (mujer
(madre)-hombre (padre) e hijo/as), todo ello producto de la
organización social.
Es
un hecho que todos y todas en nuestro desarrollo pasamos por
la misma socialización en general e introyectamos las normas
y valores del sistema de género y aprendemos a ser
reconocidos por los mismos.
Sin
embargo, tomemos en cuenta que no solo existen personas
heterosexuales sino que hay una diversidad de sexualidades que
practican los y las seres humanos. Con la consideración
anterior llega un punto en el que la identidad sexual de
dichas personas no confluye con todos estos aprendizajes antes
mencionados, por la creencia de que tiene que haber una
correspondencia entre sexo, género e identidad sexual.
En
este sentido la diferencia en la identidad sexual tiene serios
costos, ya que el sistema de género incluye una seria
vigilancia sustentada por los otros (individuos e
instituciones sociales) y por nosotros mismos, ya que formamos
parte de él.
Quienes
no cumplen con ese modelo socialmente aceptado son sancionados
por el mismo sistema. Las sanciones ya las conocemos: el
estigma, la discriminación, la exclusión y la violencia, que
incluso puede ser ejercida hacia sí mismo (a).Ello hace que
la experiencia de vida de las personas que viven su(s)
sexualidad (es) en formas no socialmente aceptadas se verá
muchas veces marcada por un exilio interior y silencio
exterior.
Es
necesario entonces puntualizar que las personas que tienen
identidades sexuales diferentes no nacen en familias de su
propia condición, con la cual compartan su identidad, por lo
cual la cultura de dichas personas se ha construido en la
clandestinidad, desde un proceso diferente donde se
deconstruyen y resignifican los valores, las elecciones, la
identidad y los estilos de vida. Proceso que no se termina
sino que los acompaña a lo largo de toda su vida y el cual
les cambia la perspectiva de ver y de vivir su sexualidad.
Recordemos
ahora que en la historia de la sexualidad humana han bastado años
de estudio e investigación seria desde diferentes disciplinas
y enfoques para asegurar que más que naturaleza, la
sexualidad es cultura.
No
niega los procesos fisiológicos ni el papel de la biología
en la actividad sexual, pero no los considera determinantes
del deseo ni de las prácticas. Son los procesos sociales y
culturales los que moldean, organizan y encausan la biología.
Otras
perspectivas como la psicoanalítica sostiene que el ser
humano no nace con una orientación sexual definida por su
cuerpo sexuado, si no solamente con posibilidades de placer
que son representadas en sus deseos y fantasías.
Lo
anterior me lleva a poner en duda el carácter histórico y
universalista que se le ha dado a la heterosexualidad y que ha
funcionado como parámetro de exclusión y estigmatización
sociales, adjudicándosele como un hecho natural donde todas
las demás variantes no lo son y representan entonces,
desviaciones que es necesario corregir.
A
lo largo de la historia dichas variantes de la sexualidad han
sido concebidas de diversas maneras (de la perversión a la
patología) y castigadas de otras tantas (de la privación de
la libertad hasta la muerte), consiguiendo con ello el
reforzamiento del carácter de naturalidad y normalidad de la
heterosexualidad.
Es
por ello que la construcción social de la sexualidad trae
consecuencias amplísimas en nuestra vida social; desde la
imposibilidad y el miedo de un niño o niña para aceptar el
deseo por personas del mismo sexo, hasta asesinatos cometidos.
El
miedo generado en las personas lo sustenta una de las
vertientes o principios organizadores del sistema de género,
especialmente en la construcción de la masculinidad. Con ello
me refiero a la “Homofobia”u odio a los homosexuales,
viendo a estos como ajenos y peligrosos, con valores
particulares y extraños, amenazadores para la sociedad
(situación que se extiende entonces a todo/as aquellos que
practican sexualidades diferentes de la heterosexual), la cual
tiene su legitimidad en los valores de la masculinidad, como
son el control, el dominio, el poder, entre otros (véase el
boletín 3/6”Autocuidado masculino” por Alfredo Rasgado
Molina).
Es
importante mencionar que la homofobia es validada socialmente
tanto por hombres como por mujeres, en esta expectativa del
deber ser. Haciendo que durante el proceso de socialización
masculina (momento de renuncia a lo femenino) se supriman
emociones, necesidades, y posibilidades, porque llegan a estar
asociadas con la feminidad y sobre todo porque llegan a ser
inconsistentes con la virilidad (propiedad que se cree que
todo hombre debe de demostrar en el mundo), convirtiéndose
dicha inconsistencia en una fuente de temor en nuestra
sociedad.
Todo
este miedo se traduce en homofobia y se manifiesta en
actitudes, creencias y acciones en contra de los y las que no
practican una sexualidad exclusiva de hombre-mujer.
La
homofobia prepara siempre las condiciones para ejercer
violencia. Pasiva o activamente, crea y consolida un marco de
referencias agresivas contra los homosexuales y las lesbianas,
identificándoles como personas peligrosas, viciosas, ridículas,
anormales y enfermas; marcándoles con un estigma que es el
cimiento para las acciones de violencia política, social o física,
pero sobre todo la discriminación de la cual son sujetos, la
cual se deriva del rechazo absoluto de sus prácticas
sexuales.
La
construcción de identidades sexuales diferentes genera
cambios y los cambios tienen por respuesta resistencias. A
nivel individual esa resistencia al cambio reivindica los
valores y las normas tradicionales de la sexualidad en nuestra
vida en mayor o menor grado.
Las
campañas de “la moral” (muchas veces, en términos
estrictamente religiosos conservadores y no en términos de
derechos humanos o justicia social) y acciones del gobierno
por querer mantener el orden social con una visión estática
son en cierta forma una manifestación de las resistencias
sociales a la diversidad y de la dificultad para aceptar lo no
convencional.
Esas
mismas resistencias cimientan una cultura dominante y la
cultura dominante no solamente existe en las relaciones entre
las personas, si no que pernea la calidad y el sentido de los
servicios públicos de salud, la educación formal, y las
instituciones de impartición de justicia.
Ha
sido evidente a lo largo de la historia de la sexualidad la
necesidad de romper paradigmas tradicionales, en pro de
incluir en el escenario social actores que habían sido
excluidos. Esto no hubiese sido posible sin la aparición de
grandes movimientos sociales como el feminismo, y el apoyo de
grandes científicos homofilos como Michael Focault y Evelyn
Hooker por tan solo mencionar algunos, dando así origen al
movimiento Gay.
Como
todo movimiento social, el movimiento Gay ha vivido todo un
proceso, el cual tiene por columna vertebral la reivindicación
Homosexual y la defensa de los Derechos Humanos Básicos de
las personas con preferencias y prácticas sexuales diferentes
de la heterosexual (Véase
la Declaración Universal
de Derechos Humanos).
A
este movimiento han pertenecido no solo hombres Homosexuales
sino también Lesbianas, Transgénero (personas que deciden
tener una identidad de género no basada en su sexo) y
Bisexuales (personas que se sienten atraídas sexual y
afectivamente por personas de ambos sexos). Cabe mencionar que
la erradicación del estigma de la práctica sexual no es el
único punto por el cual este sector de la población ha
emprendido todo un movimiento social.
Sostener
esto sería apoyar una visión reduccionista, y no considerar
que están cruzados, a su vez, por otro tipo de ejes
organizadores de la interacción social, como la clase, la
etnicidad, el género, la pertenencia religiosa, y otros
tantos factores que dan pauta a necesidades específicas de
esta población.
Es
así que, bajo estas consideraciones, el movimiento gay se
transforma en el movimiento LGTB (Lésbico, Gay, Transgénero,
Bisexual),y es por ello que a lo largo de los ochenta y
noventa surge en la esfera teórica y política el discurso de
la diversidad sexual, que ha tenido efectos culturales
significativos más no cambios sociales considerables.
El
término “Diversidad Sexual” es relativamente nuevo. Hasta
el momento no existe un solo patrón o forma de expresarlo. No
por ello las concepciones que el mismo término genera son erróneas,
si no al contrario enriquecen la construcción del mismo,
considerando que las necesidades de referirse a la diversidad
sexual surgen desde espacios y situaciones diferentes. Para
efectos de entendimiento demos por entendido que la diversidad
sexual sería un concepto que engloba las diferentes
posibilidades de expresión y prácticas de la sexualidad, y
que en un nivel político, es reivindicatoria de las
manifestaciones de la sexualidad no heterosexual. Entonces, es
necesario recurrir a las especificidades culturales de los
diversos grupos para poder abordarlos en términos de prevención
de factores de riesgo que afecten su salud física y mental y
educación para la salud sexual. Uno de los avances
importantes en México, por ejemplo, es
la creación de
la Cartilla
por
los Derechos Sexuales de las y los Jóvenes,
misma que está avalada por
la Comisión Nacional
de Derechos Humanos.
Es
preciso tener presente que el estigma hacia la diversidad
sexual se construye, en nuestro país, dentro del contexto de
la violencia y la indefensión, de la ausencia de condiciones
mínimas de vida y de la desconfianza en el sistema judicial y
una negación en los servicios prioritarios como salud y
educación, así como oportunidades de empleo, imposibilitando
el pleno ejercicio de los Derechos Sexuales. Como
consecuencia, no se garantiza una salud sexual a las y los jóvenes
diversos ya que casi todos los grupos tradicionales de apoyo
al joven (la familia, la iglesia, las escuelas y las
instituciones gubernamentales) rechazan, condenan o niegan la
existencia de la juventud que forma parte de
la Diversidad
sexual.
En
estas condiciones, gran parte de estas y estos jóvenes se
convierten en víctimas de la sociedad homofóbica.
Dadas
las condiciones de discriminación y exclusión social de la
que son sujetos las y los jóvenes que tienen prácticas
sexuales diferentes, no existen estadísticas precisas que den
cuenta sobre que cantidad de población pertenece a este
grupo, mucho menos de cuáles son sus necesidades de formación
e información y cuidado en el campo de la salud sexual (y no
por ello las necesidades no existen sino que simplemente son
omitidas).
Es
por ello necesario tener presenta que, aunque la salud sexual
está muy ligada a la reproducción, la misma no queda
recortada sino que, además de la parte reproductiva, la salud
sexual se refiere a un bienestar físico y emocional, y por
ello es indispensable difundir una cultura de salud sexual
integral para que la opresión social y el miedo al rechazo no
lleven a los jóvenes de este sector de la población a la
depresión, el abuso de drogas, a situaciones de riesgo, o a
contraer alguna ITS, VIH/SIDA, e incluso al suicidio.
Debemos
defender el derecho a la diferencia, porque en México no
existe la noción de una ciudadanía multicultural, multiétnica,
y mucho menos tenemos referentes de una ciudadanía sexual,
que pueda tener políticas sociales y culturales efectivas
basadas en las diferencias de género y de identidad sexual.
Es
por ello necesario e importante las labores de prevención de
situaciones de riesgo y de educación sexual con un enfoque
laico, científico y humanista, porque impulsar y fortalecer
ese proceso es apostar, en materia de sexualidad,
a una cultura de derechos, de aceptación, de respeto,
a una vida sin violencia, saludable y libre de culpas,
salvaguardando la salud mental y sexual de las y los jóvenes
diversos, abriendo la posibilidad a los jóvenes en general de
entender su sexualidad en mayor profundidad.
De
ahí que sean imprescindibles acciones que den visibilidad y
reconocimiento público de
la Diversidad Sexual
, así como las condiciones necesarias para construir una política
cultural que sea solidaria en contra de la discriminación,
una cultura política donde el derecho a una sexualidad libre
sea un elemento de la identidad ciudadana.
REFERENCIAS
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-
Omar Feliciano. Políticas Culturales y las comunidades de la
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