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“Los
gays cuentan con San Sebastián para que les espere en la puerta del paraíso
y les sirva de intercesor”,
con esta sugestiva consigna comienza el capítulo que Dominique Fernández
dedica al homoerotismo en las artes plásticas dentro de su obra
“El rapto de Ganímedes”.
¿Qué hay detrás de este San Sebastián cuya festividad el
santoral católico conmemora hoy 20 de enero? En principio, Sebastián fue
soldado del ejército romano, llegando a ocupar el cargo de Capitán de
la Guardia
en el Palacio Imperial, hasta cuando su fe cristiana fue descubierta,
motivo por el que el emperador Diocleciano ordenó su aprisionamiento y
ejecución a flechazos; habiendo sobrevivido a ese martirio, aferrado a
sus convicciones, encaró de nuevo el suplicio y fue lapidado hasta morir
el 20 de enero del año 290 d.C., su cadáver fue arrojado a
la Cloaca
Máxima
de Roma y luego sepultado por los cristianos en
la Vía
Apia.
¿Cómo es que de las entrañas del cristianismo, contradictor histórico
y acérrimo del homosexualismo, proviene este mártir para constituirse en
icono del amor entre hombres?
De los siglos VII a XIV Europa fue asolada varias veces por la
peste, las creencias populares afirmaban que así como San Sebastián había
resistido ante las flechas, los humanos que a él se encomendaran soportarían
los dardos del mal (su imagen obraba como un talismán para espantar la
enfermedad); entonces, era usual encontrar cuadros que lo representaban
“como un hombre viejo, con cabellos y barbas grasosas, medio vestido y
con el cuerpo traspasado de tantas flechas que parecía un erizo”.
A partir del Renacimiento, siglos XV y XVI, se advierte cierta
liberalidad en las artes, lo que desata que en el siglo XVII, durante el
Barroco, al mártir se le represente en actitudes demasiado sensuales.
Desde el Renacimiento los artistas retrataron a San Sebastián como un
joven, casi desnudo, atado a un árbol o columna, perforado por flechas,
con su rostro sufriente o consumido en un éxtasis religioso. Según el
historiador de arte Richard E. Spear, la leyenda San Sebastián dio a los
artistas una escasa oportunidad de pintar el cuerpo masculino en un
momento en que el desnudo femenino predominaba en el mundo del arte.
La posteridad habría de olvidar cómo el Santo fue arrojado a una
alcantarilla y enaltecería su acto de valor superviviente, para gusto de
todos: “Tan buena fue la elección de
la Iglesia
que por su sola potencia la imagen elegida se les volvió en contra: llegó
a cargarse de tal voluptuosidad que los líderes de
la Contrarreforma
, a comienzos del siglo XVI, decretaron que las pinturas de San Sebastián
debían suavizarse para no agitar los deseos pecaminosos de las monjas”.
La fascinación pictórica hacia los mártires obedeció a la ambigüedad
en que se confunden los gestos de dolor y placer, alguien que perecía
violentamente por amor a Jesucristo entregaba el alma en un estado de éxtasis,
unión mística con lo divino, ademán que en lo visual podía coincidir
con lo sensual, facilitando su erotización.
Igual,
pasaban los siglos, seguían las pestes y no cesaban de multiplicarse los
Sebastianes. Se adjuntan aquí dos representaciones gráficas del Santo,
provenientes de artistas que desarrollaron sus obras en Italia, durante el
siglo XVII. La primera corresponde al boloñés Guido Reni y la segunda al
napolitano Mattia Preti. Se pueden contrastar las formas adolescentes y frágiles
con las que Reni adorna al mártir, en contrario, la obra de Preti exalta
la adultez joven y virilidad del sacrificado.
La imagen de San Sebastián habría de asociarse para la posteridad
con el homoerotismo; el primero en estudiar esa relación fue el crítico
Georges Eekhond hacia 1909.
¿Qué interpretación ha llevado a que de la representación de un
santo tormento se extraiga al adalid de aquellos hombres que con hombres
se aman? “El guiño erótico a las flechas que lo penetran, su cabeza
echada hacia atrás, su boca entreabierta –mezcla de gemido de dolor y
placer–, su mirada hacia el cielo, tentadora, como invitando a probar el
hilito de sangre que desde la ingle recorre su pierna. Todo traduce la
imagen de un hombre embriagado en el placer de su martirio”.
Cultores
de artes distintas a las plásticas se ocuparían del inmolado. Oscar
Wilde consideró al Sebastián de Reni como la obra más hermosa del
artista, visitó la tumba del Santo y reflexionó: “La visión del San
Sebastián de Guido [Reni] vino ante mis ojos tal como lo vi en Génova,
un precioso niño, de cabello crujiente y revuelto y de labios rojos,
elevando sus ojos con una mirada fija, divina, apasionada hacia
la Eterna
Belleza
de los Cielos abiertos”.
Otras fuentes sostienen que Wilde afirmó que aquella era “la más bella
de todas las pinturas” y que escribió un poema comparando la temprana
muerte de John Keats con la de San Sebastián.
La
imagen del Sebastián de Reni cautivó profundamente al escritor japonés
Yukio Mishima, quien no solo se haría fotografiar en la misma pose del
admirado Santo, sino que encontraría en él un inicio de sus deseos
homoeróticos; escribió en su novela autobiográfica “Confesiones de
una máscara”: “Era una reproducción del San Sebastián de Guido Reni...un
joven de notable belleza, estaba atado, desnudo al tronco de un árbol.
Tenía las manos cruzadas en alto, por encima de la cabeza, y las cuerdas
que le ceñían las muñecas estaban a su vez atadas al árbol...En aquel
cuerpo sólo había juventud primaveral, luz, belleza y placer. (…) No
es dolor lo que emana de su terso pecho...sino una llama de melancólico
placer, como el que produce la música....las flechas se han hundido en la
carne tersa, fragante y juvenil y pronto consumirán el cuerpo desde
dentro con llamas de supremo dolor y éxtasis (…) Aquel día cuando mi
vista se posó en el cuadro, todo mi ser se estremeció de pagano goce.
Mis manos de una manera totalmente inconsciente iniciaron unos movimientos
que nadie les había enseñado. Sentí que algo secreto y radiante se
elevaba, con paso rápido, para atacarme desde dentro de mí. De repente
estalló y trajo consigo una cegadora embriaguez. Esa fue mi primera
eyaculación. Y también fue el principio, torpe y totalmente imprevisto,
de mi “vicio”.
Entre
nuestros hispanohablantes, Federico García Lorca: “Convengamos que una
de las posturas más bellas del hombre es aquélla de San Sebastián”,
dijo, refiriéndose a la
imagen que pintó el italiano Andrea Mantegna en 1480.
El
dramaturgo estadounidense Tennessee Williams, quien del protestantismo pasó
al catolicismo, estaba familiarizado con las imágenes y leyendas sobre el
Santo. Su poema "San Sebastiano de Sodoma" celebra ambos
aspectos de la historia del mártir: el religioso, así como también la
tradición que ha hecho de él un icono de la homosexualidad.
El
compositor francés Claude Debussy preparó una música incidental para
“El martirio de San Sebastián”
(1911), pieza teatral en verso, escrita por el italiano
Gabriele D'Annunzio, drama del cual los críticos anotan: “compuso un
poema alambicado sobre Sebastián, confiriendo estas palabras al que
padece el suplicio: Os lo digo, os lo digo, quien más profundamente me
hiere, más profundamente me ama”.
“Sebastiane”,
fue el nombre con el que el director inglés Derek Jarman llevó al cine
en 1976 su versión de la historia del soldado romano, en una cinta cuyos
diálogos son en absoluto latín y con algunas escenas de poético
homoerotismo.
Volviendo
a los dibujos y descendiendo a Colombia, citemos como hermosos ejemplares
de Sebastianes aquellos lienzos pintados
por Ignacio Gómez Jaramillo (uno de los cuales se yergue majestuoso en
una sala del Museo Nacional en Bogotá), a los inmensos desarrollados por
David Manzur y a los escarnecidos brotados de la sensibilidad de Luís
Caballero, quien afín a lo aquí expuesto, anotó: “El deseo
homosexual, tan corriente y aceptado en otras civilizaciones fue
especialmente condenado por el cristianismo tal vez por su cualidad de
placer puro y sin posibilidad de procreación, única excusa del placer
para la iglesia. Pintar a San Sebastián si sería entonces una especie de
reivindicación sexual”.
Que
la fecha nos sea un pretexto para discurrir con gusto sobre el arte, para
conocer los iconos asociados a la causa, para cuestionarnos cómo
transmigran las imágenes –lo subyacente religioso reducido en primer
momento, muta y acrece como símbolo de una afirmación del desarrollo
personal que se expresa en el arte a través de muchas tierras y muchos
siglos-.
“¡Gaudeamus!”, decían los romanos en aquel latín en que San
Sebastián profesaba su fe. Gaudeamus = Alegrémonos. ¡Alegrémonos!
Alegrémonos hoy, en este día para inquirir en nuestras realidades
individuales y en lo que a ellas tocan las hermosas artes plásticas
tributarias de la tradición del mártir.
Alegrémonos,
Santiago.
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- La iconografía de San Sebastián, un sitio web en el que pueden
encontrar algo más de 700 ejemplares de expresiones como: pintura,
escultura, fotografía, dibujo y otras técnicas, organizados por siglos
(es una completísima guía, incluye obras hasta de autores colombianos);
trae además textos clásicos a su respecto en latín con traducción al
inglés. Disponible en:
http://bode.diee.unica.it/~giua/SEBASTIAN/
.
ELLMANN, Richard. Oscar Wilde.
New York
: Viking 1988, p. 71-74.
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