|
Oh Capitán, mi
Capitán: nuestro azaroso viaje ha terminado. Al fin venció la nave y
el premio fue ganado. Ya el puerto se halla próximo, ya se oye la
campana y ver se puede el pueblo que entre vítores, con la mirada
sigue la nao soberana.
Mas ¿no ves, corazón,
oh corazón, cómo los hilos rojos van rodando sobre el puente en el
cual mi Capitán permanece extendido, helado y muerto?
Oh Capitán, mi
Capitán: levántate aguerrido y escucha cual te llaman tropeles de
campanas. Por ti se izan banderas y los clarines claman. Son para ti
los ramos, las coronas, las cintas.
Por ti la multitud se
arremolina, por ti llora, por ti su alma llamea y la mirada ansiosa,
con verte, se recrea.
Oh Capitán, ¡mi Padre
amado! Voy mi brazo a poner sobre tu cuello. Es sólo una ilusión que
en este puente te encuentres extendido, helado y muerto.
Mi
amado Capitán
no me responde. Sus labios no se mueven. Está pálido, pálido. Casi sin
pulso, inerte. No puede ya animarle mi ansioso brazo fuerte. Anclada
está la nave: su ruta ha concluido. Feliz entra en el puerto de vuelta
de su viaje. La nave ya ha vencido la furia del oleaje.
Oh playas,
alegraos; sonad, claras campanas en tanto que camino con paso triste,
incierto, por el puente do está mi Capitán para siempre extendido,
helado y muerto.
Walt
Whitman
|