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Evocando las primeras caricias |
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Desde el corazón de Sigfrid (ARGENTINA) |
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No fue el primer golpe
no-físico-pero-brutal que recibí en mi vida, pero desde entonces empecé
a nutrirme con oscuridad, aún sin saberlo. Sé que tal vez no interese por ser un amor hetero, pero, disculpen si sigo contando. Éramos como 2 gotas de agua. Competíamos mucho, llegando a resultados iguales en iguales tiempos y condiciones. Ambos éramos imaginativos, sumamente sensibles, profundos observadores, tímidos, callados, con un lado férreo también, y habíamos soportado muchas clases de golpes (curiosamente similares, pues ella también a temprana edad se había enamorado de una amiga) en la vida. Tenía que pasar, y me enamoré de ella,...demasiado. Lo que recibí fue a cambio un silencio invernal, y una ventisca destructiva si bien tranquila. El 0 absoluto...la distancia. Años después me enteré que era el miedo en ella (de sus propios labios) porque creía ser lesbiana hasta entonces, y en realidad temía darse cuenta de que era al contrario, si bien lo sentía. El tiempo pasó, y ese mismo año, un tanto para escapar de aquello que estaba despedazándome en vida, preferí irme cuan lejos pude a vivir con mi padre. Fue un error que duró casi 5 años....en los cuales, nunca la olvidé, y siempre la amé muchísimo. De hecho hacía de todo a través de mis amigos a fin de poder curar cada herida que a ella le ocurría. A través de ellos me enteraba yo. Cuando regresé a la
ciudad nos reencontramos, y si bien quise allí enterrar el que nos conocíamos,
con el tiempo las cosas fueron transmutándose, y fuimos amigos como si
nada ocurriese. No sé qué fue de mi, pero ya no siento lo
mismo,...aunque no deja de ocurrirnos a ambos que el vernos es como mirar
un espejo, ni el tener una vaga idea de lo que el otro hace a distancia, y
llamarnos y justo estar esperando la llamada, al lado del teléfono. Con él aprendí que realmente podía amar a un hombre mucho, podía quererlo, y realmente me era igual que estar con una mujer (que hasta entonces, había tenido encuentros casuales, pero nunca se me había planteado la posibilidad de algo duradero). Me di cuenta hasta qué
punto no es el cuerpo lo que me importa, ni el género, si no la esencia y
el alma que estén adentro. Él fue una gran lección en mi vida. Sobre
todo, me enseñó a mi a pedir perdón, y que el recibirlo, tanto como el
darlo, es algo carísimo. Si se tiene, no valorarlo es un crimen.
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