En tanto permanezca usted cerca de mi... Gustavo

Desde el corazón de Francisco  (MÉXICO)

 


 “En la balanza incierta del entendimiento los adversarios vacilan, entre la lascivia y el pudor, pero yo elijo lo que veo, ofrezco mi cuello al yugo, sometiéndome a un yugo tan dulce”.  Pues bien, es ahí donde le vi cuando comienza la historia…

La mañana nos brindaba su saludo, era mi segundo día en la gran ciudad de México en compañía de mi tía y mi hermana, cada uno realizando las compras para las pascuas de navidad y año nuevo, aunque debo decir que yo llevaba otra pretensión enormemente acariciada que apenas una tarde antes se había malogrado en la espera inútil, pero que me entregaría después el regalo mejor de todos.

Nadie puede ignorar lo que una metrópoli como esa ofrece y lo que representa para muchos, ya lo decía Carlos Fuentes en uno de sus capítulos de La región más transparente: Ciudad tejida en la amnesia, resurrección de infancias, encarnación de pluma, ciudad perro, ciudad famélica, suntuosa villa, ciudad lepra y cólera, hundida ciudad. Tuna incandescente. Águila sin alas. Serpiente de estrellas. Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire.” Yo resumiría… ciudad sucia pero grandiosa, lugar donde lo vacíos se visten con las mejores galas para salir a encontrarse con otros, aún así, siempre he pensado que es una ciudad de encantos y tremendamente contrastante donde se requiere verdadera pasión por sobrevivir.

 En el desvelo del ocio nocturno le encontré, se trataba de una galería donde se exhibían rostros y cuerpos atrayentes, unos burdos otros no tanto, ahí donde el placer de los ojos es tan apetecible; imágenes masculinas en tentadoras poses, basta únicamente negociar la cita, en la cual, dos caras ajenas quedan en el acuerdo de coincidir en un determinado sitio ignorando si habrá, posteriormente, una nueva circunstancia que les junte nuevamente; el móvil de ambos es saberse complacidos por el “dar y el recibir”. 

He aquí el motivo principal por el que me encontraba de visita en el D.F..., se trataba de un chico escort a quien conocí en cierta ocasión en un portal de Internet, en él se anunciaban otros personajes ofreciendo lo mejor de su mercancía, no puedo negar que sólo un par de ellos podrían aspirar a ser modelo para alguna escultura de Lisipo, pero únicamente uno de entre todos tenía la mirada y la sonrisa más encantadora de todas, a partir de ese instante nació en mi la insistente ambición de saber quién era ese hombre y por qué dedicarse a un oficio tan duramente reprobable por el resto de las “buenas conciencias”, para mí no representaba escándalo alguno el hecho de conocer la realidad sobre un servicio tan recurrente, lo que sí me intrigaba era saber qué concepción sobre la vida podría tener en su ideario alguien cuya situación fortuitamente pudo haber sido la mía.

Esa mañana desperté mucho más temprano de lo que esperaba y en la soledad de la habitación sentía una gran expectativa, me refiero a lo que sólo se puede sentir por medio de un corazón dispuesto, mi interés era confirmar que él no era una fascinación elaborada por mi mente, sino la representación de aquello que no se puede ver ni palpar en tanto no se tenga el valor de propiciar lo contrario. Tomé mi celular y le llamé con el fin de concluir si iba a ser posible vernos ese día, él me comentó que debía atender algunos asuntos de trabajo tanto en el centro como en el sur de la ciudad mismos que necesitaban ser resueltos esa tarde y que en máximo una hora me llamaría para decirme la hora y el lugar del encuentro.

Salimos del hotel mi tía, mi hermana y yo hacia la “casa de los azulejos”, durante el desayuno sonó el celular y era él, salí del comedor hasta llegar justo frente al mural de José Clemente Orozco, sentí un quiebro en la garganta pues me asaltó la incertidumbre de poder escuchar lo que no quería. Con voz rápida me preguntó si deseaba acompañarle a realizar sus encargos de trabajo a lo cual respondí que sí.

-Bien, -contestó él- nos vemos en el Auditorio Nacional, llego por ti a la 1:00 p.m.., te mando besos mi niño –concluyó-

El aliento volvió a mi cuerpo y al terminar la llamada clave los ojos en el mural, ahí se encontraban tres imágenes simbólicas representando los valores universales y absolutos humanizados en colosales y bronceadas figuras. Fue como si la obra me pidiera ser vista para recordarme que la verdadera completitud del hombre está en autoafirmarnos y reconocernos como cuerpo y espíritu; después de todo qué más da si se es o no “maricón”.

Regresé al comedor y de nuevo la conversación entre mi tía y mi hermana siguió su curso, ellas ya tenían planeado su recorrido del día y yo el mío, sabiendo que debía darme prisa para llegar con tiempo a la cita me les adelanté a salir del restaurante con el fin de hacer unas compras de libros que iba a necesitar para lo que sería mi último semestre en la universidad, mientras tanto me repetía en silencio: “Los dados están lanzados. ¡Espera un poco más, que hay sólo un par de horas y te encontrarás al fin frente a él!”

Terminada las compras volví al hotel a dejarles y bajé para tomar la ruta urbana que me dejaría justo donde él me había dicho, no sé realmente cuánto tiempo pasó pues divagaba en mil ideas, de pronto me encontraba a la entrada del coloso auditorio, ahí una fría transpiración comenzó a apoderarse de mis manos mientras el frágil corazón latía aceleradamente; subí la enorme escalera y empecé a caminar de un lado para otro en espera de lo inminente, ya no importaba nada más, sólo ese momento. Debo decir que sentí un gran temor pues la ocasión de verle por vez primera era tanto como responder al llamado seductor y persuasivo que ese hombre había cultivado en mí. Los minutos me parecían como eternas horas y entre ellos me filtré pensando que tal vez un imprevisto podría frustrar de nuevo mi tan anhelado deseo de conocerle. La espera siempre trae consigo una poderosa reacción que sale del cuerpo que le hace temblar, y lo digo en verdad, cómo hubiese querido traspasar con la mirada las inmensas calles y los elevados edificios de la ciudad para encontrarle, pensaba en ello cuando sonó mi celular y vi que se trataba de él, por unos segundos sentí que esa llamada determinaría el encuentro.

-¿En dónde estás mi niño? -preguntó él- , te estoy esperando.

-Estoy justo a la entrada del auditorio… –respondí-, ¿dónde está usted?

-Mira, tengo el coche estacionado abajo, voy a prender las luces para que lo ubiques, aquí te espero.

-Perfecto, voy para allá.

Todo estaba dispuesto ya, me sentí enormemente emocionado al terminar la breve llamada, alce la mirada y noté perfectamente el parpadeo de unas luces que provenían de un hermoso automóvil color azul marino, aún tengo esa imagen tan dentro de mí como si el tiempo se hubiese detenido, sin embargo, qué me queda ahora sino persistir en la conciencia de saberme anclado en el presente con la cara fija en el pasado.

 Fue precisamente a la luz de conciencia cuando vacilé en mi pretensión y me dije: 

-¡Dios…! Pero qué hago aquí, por qué estoy aquí… -en ello pensaba mientras bajaba poco a poco de la monumental escalera, como si una fuerza extraña me llevara hacia aquel flamante automóvil-. Dios, permite sólo que esta intención sea la que me salve, ésta era la oportunidad que yo deseaba, la espera no fue inútil después de todo, cuan feliz estoy de tener este hermosísimo sueño ahora delante de mí.

 Una vez dicho esto en lo más discreto de mi mente abrí la puerta del auto y subí. Bien, trataré de explicar lo que siguió pues aún me parece que otra vez lo estoy viviendo. Le imaginaba hermoso pero no de esa manera tan abrumadora: su traje color verde pálido, sus manos vigorosas, sus gestos vivaces e impetuosos, su voz de timbre enérgico y vehemente siempre de drásticas y francas palabras en armonía a un rostro que me dejó ver por fin esos ojos que son la fracción más apasionante de todo su ser; y es en su mirada donde se percibe un enigma cautivante; una faz asombrosamente varonil, aún ahora lejos de él mi cuerpo se estremece al rememorar tal impresión escondida como un tesoro en la habitación de mis recuerdos.

 El saludo fue de hecho muy breve y la conversación comenzó a flotar a nuestro alrededor, a partir de entonces me olvidé de todo, del tiempo mismo y hasta de aquel motivo que me había llevado a hacer de mi pretensión una realidad; para mí él no era ya un “acompañante” salido de una página web quien seguramente acostumbrara cobrar por su complacencia, sino la persona que me había provocado una impresión que no alcanzaba a comprender y que me inspiraba a lo bello, lo bueno, lo infalible; sólo pensaba en querer eternizar esos instantes, vivirles planamente asumiendo los riesgos que pudieran suscitarse, ¿para qué podríamos necesitar los afectos sino es para destinarles a que lleguen a una más benéfica dirección?

 Nuestro rumbo era la plaza de Bellas Artes pues él debía realizar sus diligencias, de camino a dicho lugar el escenario no podía ser menos asombroso pues observaba la belleza de los imponentes edificios y monumentos sobre el Paseo de la Reforma. Estando muy cerca del Palacio de Bellas Artes me preguntó si deseaba acompañarle a recoger un pedido de llaveros que había mandado hacer para uno de sus clientes, yo no titubeé en decir que sí y juntos nos dirigimos hasta la calle de República de Argentina. Caminábamos muy de prisa esquivando a la gente que embestía en todas direcciones, durante el trayecto seguíamos conversando sobre diversos temas, él continuaba diciéndome que si no tenía problema de tiempo para seguir acompañándole, en realidad mi día era sólo para él y recuerdo únicamente haber respondido: “No tengo ningún problema de tiempo, soy todo suyo”, me devolvió una sonrisa y dijo: “¿Todo mío…? ¿Seguro?”, reí también y asentí: “Bueno, es tan sólo un decir”. Para ese entonces, yo llevaba una sed tremenda pero debíamos seguir caminando pues nos encontrábamos ya en un torbellino de individuos y tenderetes ambulantes, aún así, junto a él todo se renovaba y me sentía como si caminara por los campos elíseos.

 Llegamos a la calle señalada y entramos a una joyería, de inmediato él se adelantó hacia uno de los mostradores para preguntar si su pedido estaba listo, entre tanto yo esperaba sentado en una banca, no podía dejar de mirarle, le contemplaba como a una efigie profana, como un súbdito lo haría ante su amo y me repetía de nuevo en la mente: “¿Qué de extraño tiene que me encanta?” “¿Qué tiene en presencia que me deslumbra?” “¡Dios, cierto estoy que si he venido aquí no es para colmar una pasión, sino para lograr entender por qué ante lo prohibido somos tan vulnerables!” Todo parecía marchar sin contratiempos, sin embargo, tuvimos que esperar un tiempo considerable en ese lugar pues el pedido tenía serios problemas de calidad, de tal suerte que me dedique a esperarle hasta que el problema quedó subsanado, sólo hasta ese momento nuestra plática se trunco pues él se encontraba tenso y abrumado por lo que pudiera pasar con su cliente, el cual era muy exigente según me había dicho. Afortunadamente el percance tuvo una solución de momento y ambos salimos para cumplir con el cometido de dejar los llaveros en manos de su propietario.

 Desde un inicio tuve muy clara mi convicción, en ella no cabía el hecho de sucumbir al impulso de un deseo sexual pasajero, mucho menos cubrir una tarifa para obtenerlo, lo cierto fue que me abstuve de preguntar lo que ya no tiene remedio, él es lo que es y quizás ello le retribuya enormes satisfacciones aunque para mí siga siendo un proceder peligroso. Aún así, mi pregunta principal tuvo como respuesta una acción inesperada al final de nuestro encuentro.  

  Llegamos de nueva cuenta a la plaza Bellas Artes donde se había quedado el automóvil ahora con rumbo al sur de la ciudad, en tanto llegábamos fue cuando pude despejar en parte mis interrogantes  ya que él mismo me contó que no llevaba mucho tiempo trabajando como “puto”, y que en esa actividad le iba muy bien, incluso su pareja entendía este otro oficio. Fue así como en un arrebato de confianza me preguntó: “¿Podrías desnudarte y jalártela para mí?” Le miré sorprendido pensando que lo decía en serio, él levantó una sonrisa y dijo: “Tú cara, la hubieras visto”, en realidad qué más da si lo hubiese hecho, pero… no era de esa forma como quería recordarle, sino como un sublime deseo; como un apego del pensamiento. Me comentó que la música forma parte de su vida y en ella hay estampas de sus experiencias personales como escenas de una película ambientadas con melodías que capturan el instante, aquel que no se vuelve a repetir.

 El tiempo corría aceleradamente en tanto ambos seguíamos conversando hasta llegar al sitio donde se debían entregar los llaveros, él salió del auto junto con el encargo mientras yo me quedé esperándole, pensé de inmediato: “Aquí estás, viviendo tan codiciado empeño, tal vez esta sea la única ocasión que tengas para verle, llénate de su recuerdo, como si se tratara de una bella pintura, la cual sólo debe mirarse desde lejos.”

 Al terminar su encargo regresó al auto mucho más tranquilo y sereno, ambos nos dirigimos en búsqueda de algún lugar para comer, pero justamente momentos antes de hacerlo sonó su celular, se trataba de su pareja, yo ignoraba que la tuviese y de saberlo con toda seguridad no habría insistido tanto para verle, sin embargo, era claro que debía regresar para reunirse con él, me preguntó dónde podía dejarme y lo primero que pensé fue en la Zona Rosa , anticipándome a la despedida le agradecí el hecho de haberme permitido acompañarle en su travesía por la ciudad, en un gesto de cordialidad tomó mi mano y la besó diciéndome que el agradecido era él por haber sido yo quien soportó las prisas, los empujones en el centro, las esperas. A través de la ventanilla puede distinguir el icono del metro Insurgente y entonces supe que el encuentro estaba a punto de llegar a su fin…

-Fue un verdadero placer conocerte, -le dije- te agradezco tanto el tiempo y la compañía, eres auténtico y eso habla muy bien de ti.

-Espero que no sea la primera vez… eres un niño muy lindo, -respondió- por cierto, ¿recuerdas que te iba a dar algo cuando nos conociéramos?

-Francamente no recuerdo…

-Entonces ven, te lo voy a decir… acércate.

Acerqué mi oído tímidamente esperando que me revelara aquello que yo no era capaz de recordar, me aproximé a él y de inmediato giro mi cara hacia la suya para darme una inesperada dádiva: el beso más maravilloso que nunca antes había sentido, tan embriagador como el licor más delicioso salido de cualquier fruto de la tierra e incomparable su sabor al manjar más exquisito. ¡Qué momento tan hermoso! Por un instante me hizo prisionero de sus brazos para llenarme de su respiración y marcarme para siempre con el cincel de sus labios, de inmediato comprendí que aquella imagen vista en el Internet no fue accidental, ese único beso no podría venir de un muñeco vulgar pues despertó en mí algo que jamás había percibido: un anhelo irrealizable en el que me sentí pleno de existir, tanto que me transportó al borde del infinito, y lo infinito es inexplicable.

 Bajé del auto aún sumido en el extraordinario momento, una parte de mí se fue en ese irrepetible contacto físico, finalmente recuerdo haberle dicho: “¡Mil gracias, te quiero!”, y él respondió: “Yo también mi niño”. Delante de mí vi cómo se alejaba entre las calles hasta que mis ojos le perdieron, tal vez para siempre. Aún cuando sentí un gran nostalgia lograba percibir esa felicidad que nos envuelve el alma, ya sólo me quedaba huir junto con un plácido éxtasis. Caminé ensimismado hasta que anocheció por sobre Paseo de la Reforma hasta llegar a la iglesia de la Profesa , ahí levanté la mirada y a mis oídos llegó un mareo con arrebatos que provenían de una voz inspirada por Lucifer: “No te creas tan especial –comenzó a decir- anda… mejor dime, ¿te place la idea de saberte aspirante a ser uno más de la lista? Has pensado que si esa boca hace prodigios con un beso, qué no hará con el resto. Admítelo… le deseas mucho más de lo que sospechas, sólo necesitas salir de tu propia jaula y propiciar la ocasión para que ambos se gocen, él conoce su oficio; es un aventurero casquivano, un “puto” con la experiencia que tú requieres, te aseguro que te hará gritar de placer; será tu inversión mejor empleada. Aunque debo decir que eres un tanto risible… no me digas que te sientes enamorado, ¡mil veces pobre ti…!  Arrodillarse aquí no presenta mayor dificultad y mucho menos elevar la mirada en señal de penitencia, recuerda que únicamente hay Dios de la prueba, del sufrimiento; de aquello que tú sabes mereces y que sólo te permite contemplar a través de una reja, ya es hora de que salgas a pelear por lo que vales”.

 Mis únicas palabras ante tal perturbación sólo fueron:

“Sábete que estar aquí reclinado es triunfo para mí pues en ese beso tuve la prueba de lo que no tendré jamás. Consciente estoy de lo que dejé ir; pues debo decir que me siento afortunado porque ha sido justamente un hombre como él quien debiera ser instrumento de tu contraparte para mostrarme lo que resplandece tras todo lo “impúdico” humanamente permisible, te places en confundirme y lo único que consigues es convencerme de lo todo cuanto él vale y te aseguro que es demasiado. Con él, Dios me ha reiterado su lealtad y su indulgencia en aras de redimirme, en buena mano está pues así ha logrado fastidiarte y estorbarte tanto como ha querido. ¿Has dicho amor? Pues si era preciso descubrirle en este modo, acepto que si tuviese la ocasión de hacerlo le amaría más de lo que imaginas, mucho más de lo que pudieras sospechar, qué importa maldecir la propia debilidad de mi cuerpo si con ello penetrara en su corazón”.

 El arrebato cesó y una gran paz llegó a espíritu, me sentí fuerte, tremendamente fuerte. Regresé al hotel y de nuevo en la habitación me preguntaba: “¿Cuánto vale una ensueño?,  nada ciertamente medible en este mundo, y menos cuando se ha esperado tanto, mañana regresarás a Morelia con la memoria de haber estado en un sueño del que no se quiere despertar, aquí; en la ciudad más hermosas de todas”.

 Ahora que estas palabras lentas y pesadas se vuelven como una crónica para recrear esta historia, comprendí que lo verdaderamente trascendental no está en ser lascivo o inocente, sino en dejarse llevar por la locura de estar vivos.

 Su eterno devotísimo

 

 

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Mi nombre es Francisco y vivo en Morelia, Michoacán, una bella ciudad del país azteca: México

 

 

 

ISLA  TERNURA CARTAS  DE  NAVEGANTES DESDE EL CORAZÓN