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También
nos enamoramos de heteros.... lamentablemente |
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Desde el corazón de Rodrigo (Alicante / ESPAÑA) |
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Cuando tenia 16 años me enamoré de un compañero del Instituto que no era gay. Estudiábamos juntos, hacíamos las tareas juntos y yo miraba alternativamente los cuadernos, sus manos, los libros, sus piernas y como al descuido atisbaba de soslayo en la profundidad de sus ojos, intentando descubrir algo que nunca apareció. Jamás le dije nada, ni jamás intenté el menor roce indirecto. Todo lo más, cuando en el curso siguiente con su familia se marchó a otra ciudad a cientos de kilómetros, logré que mi hermano pequeño le pusiese su nombre a una tortuguita que le regalaron en su séptimo cumpleaños, en una especie de tontería juvenil mezclando evocación y venganza infantil: La tortuga Matías. Cuando alcancé los dieciocho, mi corazón empezó a latir por un muchacho algo mayor, vecino de toda la vida. Ese tipo de muchachos que conoces desde niño, que ha jugado a la pelota alguna vez con el grupo, que pasa casi desapercibido en la adolescencia, con su cara llena de granos en la entrada de la pubertad, en el que nunca te fijas, y que de un día para otro, renace convertido en un adonis tras el estirón y el modelaje que al cuerpo le otorga el trabajar como peón de albañil. Y entonces las chicas y algunos chicos no esperan otra cosa que su mirada e invitación a "lo que sea, cuanto mas mejor, incluso el cuajar una relación sentimental". Claro que hubo otros amores "platónicos" o inalcanzables, pero esos dos por diferentes avatares me marcaron. Tal vez, como dijo algún escritor, el corazón madura a veces precisamente por aquello que no hemos tenido entre nuestros brazos. Y yo llevo con adecuado orgullo esas dulces cicatrices. Matías era delgado y estilizado, de unos ojos azules, corolario de su ascendencia sajona. Era el mayor de cuatro hermanos y pertenecía a una familia pudiente que mostraba su socialización mandando a los niños a un colegio publico y no hacia ostentación de su poderío económico. En cuanto llegó a mi clase, por la distribución de los asientos le tocó delante de mi pupitre. Y fue natural que se estableciese una buena relación que pronto derivó en amistad y en el compañerismo de estudios conjuntos. El amor - platónico por la realidad de las circunstancias - rápidamente anidó en mi pecho. Y con él, el duro aprendizaje del disimulo, de la habilidad para lograr que nada se desviase de la "normalidad" en esas relaciones amistosas de dos adolescentes. Matías era deportista, jugaba al tenis y hacía natación. Era lanzado con las chicas y un líder nato entre los chicos. Además tenia cualidades para el dibujo, para la música y una facilidad de palabra que se trasmutaba en encanto personal casi a su pesar. Todo lo que yo, un chavalillo que empezaba a descubrir su orientación, necesitaba para alterar hormonas y neuronas y músculo cardiaco. Las tres cosas al tiempo. Yo era lo contrario. Tímido, mas bien pequeño, y sin demasiada consideración en el grupo del Instituto. Ni demasiado tonto ni demasiado inteligente, aunque tenaz en cuestiones académicas. Un crío tirando a gris. Con todo, pronto nos sentimos a gusto y con buena comunicación, y poco a poco entramos en la rutina de terminar la tarde haciendo las tareas, preparando exámenes y otras pruebas en mi cuarto. En el intervalo del descanso de una merienda de bocadillo y fruta, charlábamos de las tonterías propias del momento. Incluyendo historias de novias y novietas, en su caso reales y en el mío, normalmente inventadas o casi, es decir cambiando el género de los objetos de mis imaginaciones, en donde un chico pasaba a ser chica. Normalmente en esas jornadas de estudio, a las ocho de la tarde Matías cogía el Metro y regresaba a su casa. Pero en mi mente y en mis sueños permanecía en mi habitación. Nunca le puse un dedo encima, ni le acaricié ni toqué el menor ápice de su piel. Y si en ocasiones por azar le rozaba, pedía que la tierra me tragase, por el pánico a que me descubriese rojo de vergüenza y de ahí pudiese sospechar algo de mi amor por su persona. Lo que sin duda también hacia que me sonrojase por pensarlo. Solo una vez, en que le pilló un chaparrón imprevisto y llegó a casa totalmente empapado, se puso ropa seca (mía) mientras mi mamá secaba y planchaba la suya, cuando le ayudé a secarse el cabello con una toalla, me permití deslizar sus guedejas entre mis dedos, como desenredando los rizos rubios. Esa tarde me costó mucho mantener la ficción de la "normalidad" Tras esa ocasión, nunca surgió posibilidad alguna para retener un recuerdo de la suavidad de su cabello a través de mi tacto. El curso terminó, su familia se marchó a otra provincia, y las vidas se distanciaron. Llamadas telefónicas, algún Email, charlas cada vez mas diluidas, hasta evaporarse todo en la nada de las cosas que engrosan el cofre de lo pasado. La última noticia fue, por vía indirecta, que se había casado con chica de buena familia y que tenia un par de retoños y un buen empleo en una empresa multinacional. Todo en orden. El segundo tropezón "platónico" fue a poco de entrar yo en la universidad. Con Alberto nos conocíamos de vista desde siempre. Creo que iba al colegio un año por delante mío. Y dejó la escuela para ponerse a trabajar. Siendo niño apenas participaba en las aventuras de las pandillas, y era mas bien feúcho. Como
entró en la caterva de trabajadores, se distanció del grupo que éramos
estudiantes. Lo suyo se deslizó por ser aprendiz de un taller mecánico,
y desde los dieciséis años como peón de albañil. Es decir, mover
cemento y ladrillos. Y desarrollar unos pectorales y un físico de
envidia. El patito feo era ahora un cisne que llevaba de calle a todas las mocitas del barrio.
Rodrigo
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