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Kuyac y Quechcan Basado en una leyenda moche, adaptado por Lili Celeste Flores Vega |
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Un
orgulloso alaeq (noble potentado subordinado al monarca máximo) tenía
una hermosa hermana llamada Faig quién se enamoró de un guerrero
plebeyo. Cómo estaba prohibido que una mujer noble se desposara con un
hombre plebeyo, los dos amantes decidieron huir. El enfurecido alaeq
ordenó a sus guerreros que buscaran a los fugitivos y que los
capturaran. El
ofendido alaeq le exigió al ciequich (monarca máximo) que el guerrero
que había raptado a su hermana fuera condenado a muerte, al día
siguiente lo desollaron vivo y lo dejaron atado a un árbol a merced de
las aves de rapiña. El alaeq llevó a su hermana al Templo de Shi (la
diosa luna) para que expiara sus culpas sirviendo en los talleres de las
hilanderas de la diosa. Faig lloraba todas las noches pero una hermosa
noche de primavera su llanto se convirtió en canto pues descubrió que
estaba encinta. Pasaron
las lunas y Faig dio a luz, al parir no lloró, cantó y por eso su hijo
fue llamado Quechcan (significa “canto” o “canción” en muchik).
El alaeq deseaba que su sobrino fuera sacrificado a los dioses como
expiación por el pecado cometido por Faig pero ella le rogó al
ciequich que le perdonara la vida a su inocente hijo y que la
sacrificaran a ella, el ciequich se compadeció de la maternal abnegación
de Faig y le permitió que se quedara en el Templo de Shi gozando de los
privilegios de su nobleza, así fue como Quechcan fue consagrado a la
diosa luna. Quechcan
creció y se convirtió en un mancebo muy hermoso: había heredado el
cabello color miel de su madre y los ojos negros de su padre. Cuando Quechcan
tenía once años enfermó de fiebre, gracias a las hierbas que
le administraron los sacerdotes de Shi y a los cuidados de su madre se
curó pero adelgazó considerablemente. Cuando
Quechcan cumplió los doce años la sacerdotisa de Shi le dijo a Faig que
su hijo debería de ser presentado a los sacerdotes guerreros de Aiec
Paec pero Faig no quería separarse de su hijo y se negó pretextando
que Quechcan aún estaba convaleciente y no se encontraba en disposición
para ser desposado, la sacerdotisa confirmó el frágil estado de salud
de Quechcan y postergó su presentación. Pasado
un tiempo la sacerdotisa de Shi juzgó que Quechcan ya estaba bastante
recuperado y le dijo a Faig que la próxima luna llena su hijo sería
presentado, entonces la astuta madre le dio a beber una pócima a su
hijo y al otro día cuando la sacerdotisa fue a ver a Quechcan lo encontró
pálido y desmejorado, su presentación volvió a postergarse.
Desde entonces se cuidaba de mezclar unas gotas de la pócima en
las bebidas que tomaba su hijo manteniéndolo pálido y enfermizo... así
fue como la presentación de Quechcan fue postergada una y otra vez, el
rumor de que un hermoso muchacho no era presentado a los sacerdotes
guerreros de Aiec Paec a causa de una extraña enfermedad corrió por
todo el pueblo. Kuyac
era un noble sacerdote guerrero de Aiec Paec, gallardo y audaz. Había
escuchado los rumores de la belleza y de la extraña enfermedad del
muchacho y una noche, mordido por la curiosidad, decidió introducirse
en el Templo de Shi. Kuyac escaló el muro del recinto sagrado, amparado
en las sombras nocturnas consiguió llegar hasta el jardín sin ser
descubierto y se ocultó detrás de un frondoso lúcumo esperando el
momento oportuno para deslizarse a las habitaciones de los jóvenes
“hijos de la luna”. La
pócima que Faig le administraba a su hijo le causaba a Quechcan un poco
de inapetencia e insomnio, pero su hermosura no se había marchitado, se
había sublimado... Quechcan era hermoso como un lirio de invernadero.
Había cumplido quince años y aún se mantenía célibe, todas las
noches tomaba el fresco y paseaba en el jardín tratando de vencer su
insomnio y los calores que últimamente experimentaba... vestido sólo
con un corto unku (especie de camisa), descalzo, con los cabellos
destrenzados que le llegaban hasta la cintura y bajo la plateada luz de
la luna, parecía uno de los mancebos de la corte celestial de la luna
que había descendido a la tierra... Kuyac se enamoró perdidamente de Quechcan... aquella noche Kuyac no se atrevió a hablarle y se contentó
con contemplarlo. Pasaron
varios días, Kuyac espiaba a Quechcan todas las noches... el sacerdote
guerrero que no temía enfrentarse a los jaguares, temía hablarle al
hermoso muchacho. Una noche de verano, Quechcan estaba sentado al borde
de la alberca y se refrescaba los pies jugando distraídamente
chapoteando con el agua mientras que pensaba en lo afortunados que eran
sus compañeros que habían sido desposados y se lamentaba de su
enfermedad cuando Kuyac, en su afán de buscar una mejor ubicación para
contemplar a su amado, dio un traspié quebrando una rama del frondoso lúcumo
detrás del cual se ocultaba. Quechcan se incorporó de un salto y vio a
Kuyac pero no se asustó, le preguntó al intruso qué hacía en los
recintos prohibidos del Templo de Shi y Kuyac le confesó sus
sentimientos. Quechcan
había quedado deslumbrado por la bizarría y belleza viril de Kuyac,
además deseaba ser amado... aceptó el cortejo del sacerdote guerrero.
Desde aquella noche los amantes se las arreglaron para encontrarse todas
las noches. Faltaba
poco tiempo para que Quechcan cumpliera los dieciséis años, la
sacerdotisa de Shi le dijo a Faig que convaleciente o no Quechcan debería
de ser presentado pues de lo contrario pasaría a servir como prostituto
sagrado. Faig reflexionó, no había pensado en las necesidades de su
hijo adolescente y se había comportado egoístamente, dejó de
administrarle la pócima. En unos cuantos días Quechcan mejoró
notablemente: sus mejillas se colorearon y ya no sentía aquella modorra
que le obligaba a pasar las tardes recostado ni el insomnio que le
atormentaba de noche, obvio que Quechcan atribuyó su mejoría a su
amante. La
sacerdotisa de Shi l e dijo a Quechcan que como estaba totalmente curado
sería presentado cuando cumpliera los dieciséis años... Quechcan se
turbó, no quería ser presentado a los otros sacerdotes guerreros, él
amaba a Kuyac y temía perderlo. En la noche Quechcan le confió a Kuyac
su angustia... Kuyac se rió de los temores de su amado, le dijo que
justamente lo que más deseaba era que se recuperara de su enfermedad y
que fuera presentado para solicitarlo y desposarlo. Quechcan se rió de
sus tontos temores... Kuyac le juró que él le ganaría a todos los
sacerdotes guerreros, entonces Quechcan, confiado en la promesa de su
amado, se entregó totalmente a él. Cuando
Quechcan cumplió los dieciséis años su madre lo preparó para que
fuera presentado: lo bañó con agua perfumada con esencias, lo vistió
con un finísimo unku (camisa larga) blanco como la nieve, trenzó su
largo cabello con hilos de oro y adornó su cuello con un collar de
plata y turquesas. Cuando fue presentado todos quedaron deslumbrados por
su hermosura. Al
día siguiente se presentaron doce pretendientes, entre ellos por
supuesto estaba Kuyac pero también estaba otro noble y valeroso
sacerdote guerrero llamado Jianoog a quien la belleza de Quechcan había
trastornado. La sacerdotisa de Shi ordenó que se dispusiera a los
sacerdotes guerreros en seis parejas y que se iniciara el combate... Quechcan
estaba muy angustiado pero Kuyac venció fácilmente a su
adversario, Quechcan se tranquilizó pero volvió a inquietarse cuando
vio el siguiente combate: Jianoog también era un excelente guerrero. Aquella
noche Quechcan no pudo encontrarse con Kuyac porque él debería de pasar
la noche bajo la vigilancia de las sacerdotisas y su amado debería de
hacerlo en el Templo de Aiec Paec. Al día siguiente la sacerdotisa de
Shi ordenó que los seis sacerdotes guerreros fueran dispuestos en tres
parejas para la segunda ronda de combates... Quechcan sentía que su
corazón latía con tanta violencia que creyó que se le iba a salir del
pecho pero Kuyac demostró su destreza y venció a su rival. Al final de
la jornada habían quedado tres finalistas: Kuyac, Jianoog y un tercer
guerrero llamado Illac. La
sacerdotisa de Shi le dijo a Quechcan que como el número de
contendientes era impar el ganador sería quien cumpliera con la prueba
que él designara y que tenía toda la noche para decidir que tarea le
encomendaría a sus pretendientes. No fue necesario que Quechcan pensara
toda la noche, él sabía que tarea iba a solicitarle a sus
pretendientes. Al día siguiente Quechcan dijo que se desposaría con
aquel que le trajera un jaguar muerto pero sin el uso de cuchillos,
hachas o lanzas... Kuyac sonrió seguro de su triunfo pues él era un
experto cazador. Los
tres sacerdotes guerreros se internaron en la jungla... Illac fue el
primero en encontrarse con un jaguar, preparó su honda pero erró el
tiro y el felino salvaje lo devoró. El segundo en encontrarse con otro
jaguar fue Kuyac, con una agilidad sorprendente se arrojó sobre el lomo
del animal y después de una encarnizada lucha consiguió asfixiarlo con
el poder de sus brazos. Kuyac quedó exhausto pero estaba feliz, al fin
podría desposar a Quechcan... pero el taimado Jianoog se había
mantenido acechando a Kuyac y aprovechando que éste se encontraba
cansado arremetió contra él y le destrozó el cráneo con un certero
golpe de su maza, tomó al jaguar muerto y regresó al Templo de Shi. Cuando
la sacerdotisa de Shi le comunicó a Quechcan que el ganador se había
presentado en el Templo y que lo reclamaba, él saltó de alegría y
corrió seguro de encontrarse con Kuyac... grande fue su desconcierto
cuando se encontró con Jianoog y su desconsuelo fue aún mayor cuando
Jianoog le dijo que Kuyac había muerto. Quechcan no pudo contener el
llanto... estaba perdido, tendría que desposarse con Jianoog. La
ceremonia fue fijada, según la costumbre, para la próxima noche de
luna llena. Quechcan estaba con el semblante más demudado que cuando había
estado enfermo, se hubiera quitado la vida si ésta no le perteneciera a
la diosa... los otros sacerdotes de Shi no comprendían la aflicción de
Quechcan pues a ojos de todos Jianoog era un guerrero valiente y viril. Un
par de noches antes de la ceremonia Quechcan se confió a Shiech, un
sacerdote de Shi quien era su mejor amigo, y le contó la historia de
sus amores con Kuyac. Shiech le aconsejó que huyera y ésa misma noche Quechcan
huyó internándose en el bosque de algarrobos. Al
día siguiente apenas se descubrió la fuga de Quechcan, la sacerdotisa
de Shi le comunicó lo sucedido a Jianoog quien, furioso al borde de la
locura, tomó a sus perros y fue tras el rastro del fugitivo. Quechcan estaba cansado, había corrido toda la noche y buena parte del día, sin
comer ni beber, hasta que sus piernas se lo permitieron pero se sentía
a salvo... caía la noche y se había improvisado un lecho de hojarascas
para descansar cuando el ladrido de los perros lo sobresaltó: lo habían
seguido y si no huía lo atraparían muy pronto. El
ladrido de los perros se acercaba, Quechcan corrió desesperadamente... a
ciegas se internó en la sombría espesura del bosque, resbaló y se
levantó varias veces, las ramas y los abrojos desgarraron su carne...
los ladridos se acercaban más y más... Quechcan corrió, dio un traspié,
resbaló, rodó y cayó enredándose en un zarzal...
se había torcido el tobillo Quechcan
no tenía fuerza ni para arrastrarse, le pidió perdón a Shi por haber
roto sus votos de castidad y por haberse entregado a Kuyac sin haber
sido desposado por éste y se resignó a su destino... pero la diosa,
quien es la protectora de los amantes y siempre se enternece ante el
amor puro y verdadero, se compadeció de Quechcan a pesar de que éste
había faltado a sus votos sagrados y lo convirtió en cervatillo.
Convertido en cervatillo Quechcan intentó huir pero Jianoog lo amenazó
con su lanza, entonces Shi envió a sus aves sagradas para que
detuvieran a Jianoog y subió a Quechcan a su barca estelar. Shi llevó a
Quechcan a su mansión celestial en donde recuperó su forma humana y en
donde lo esperaba Kuyac.
* * * * * * Email: celesthiainblue@yahoo.com
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