
Canto IX[185] Llegaron a las tiendas y bájeles de los
mirmidones y hallaron a Aquiles complaciendo su espíritu con una cítara de claro
sonido, cuyo puente era de plata y que había tomado entre los despojos cuando
asoló Eetión. Con ella deleitaba su espíritu y cantaba las hazañas famosas de
los héroes.
[190 Patroclo era el único que estaba frente a él, sentado en silencio y
esperando el momento en que Aquiles terminara de cantar. Ellos penetraron
yendo a la cabeza el divino Odiseo y se detuvieron ante el héroe. Se levantó
sorprendido Aquiles y con la cítara en la mano, dejó el asiento en el que estaba
sentado.
[195] Asimismo
Patroclo, cuando vio a los guerreros, se levantó. Tendiéndoles
la mano Aquiles, el de pies ligeros, les dijo: - Salud. Venís como amigos y
os apremia una gran necesidad; vosotros que sois para mí, aun con mi enojo, los
más queridos de los aqueos. Después de dirigirles estas palabras, el divino
Aquiles los hizo pasar y tomar asiento en las sillas alargadas y tapizadas de
púrpura.
[200] Enseguida dirigió la palabra a Patroclo que estaba cerca de él: -
Hijo de Menecio, saca la crátera más grande. Prepara el vino más puro y sirve
copas para cada uno; pues se hallan bajo mi techo los varones que me son más
queridos.
[205] Dijo esto y Patroclo obedeció a su más amado compañero y él
mismo colocó prontamente una larga tabla de docina cerca del fogón sobre el que
puso un lomo de oveja, otro de cabra cebada y el espinazo de un puerco criado
con esmero, notable por su gordura. Sostenía las carnes Automedonte y Aquiles
las cortaba y dividía y después las espetaba;
[210] el hijo de Menecio
[Patroclo], semejante a un dios, encendió un
gran fuego. Enseguida, cuando se extinguió la llama, acomodó las brasas, puso
encima los asadores y levantó los soportes para echar la divina sal.
[215] Por fin cuando estuvo ya preparada la comida, la colocó en platos y
mientras Patroclo repartía el pan en hermosas canastillas, Aquiles distribuía la
carne. Después sentóse éste frente a Odiseo, de espaldas a la pared, y le mandó
a su amigo Patroclo que hiciera la ofrenda a los dioses y él echó al fuego las
primicias; . . .
Canto XVIII
[65] Una vez que llegaron a la fértil Troya, subieron en perfecto orden a la
playa, hacia donde habían sido varadas las innumerables naves de los mirmidones,
en torno a la del rápido Aquiles. [70] Éste gemía profundamente cuando se
le acercó su venerable madre, quien lanzando agudos gritos, abrazó la cabeza de
su hijo y le dijo entre sollozos: - ¿Porqué lloras, hijo mío? ¿Qué dolor
se ha apoderado de tu alma? Dímelo sin rodeos. No me ocultes nada. Todo
aquello que imploraste hace algún tiempo, con las manos hacia el cielo, lo ha
cumplido plenamente Zeus:
[75] que los hijos de los aqueos fueran rechazados fueran rechazados hacia
las popas de sus naves y que privados de toda ayuda, sufriesen espantosas
calamidades. Aquiles le respondió entre fuertes gemidos: - ¡Madre mía!
En verdad el padre del Olimpo me ha cumplido todo esto; pero, ¿qué placer puede
haber para mí, [80] después de que ha muerto mi querido compañero Patroclo,
al que yo estimaba sobre todos los demás, tanto como a mi propia cabeza? A éste
es al que he perdido, y Héctor, después de haberlo matado lo despojó de sus
poderosas armas, prodigiosas para ser contempladas, hermosas; las que los dioses
dieron a [85] Péleo magníficos dones, el día aquél en el que te hicieron
subir al lecho de un mortal. ¡Ojalá hubieses permanecido mejor entre las diosas
del mar y Péleo hubiera escogido una esposa mortal! Pero ahora, tú deberás
sufrir en tu corazón un infinito desamparo, el día en que muerto ya tu hijo, no
puedas recibirlo, cuando regrese al hogar; [90] puesto que mi corazón me
incita a no vivir más, a no permanecer ya entre los hombres, a menos que
Héctor, herido, atravesado antes que ningún otro por mi lanza, pierda la vida
y pague de este modo el castigo por haber hecho su presa a Patroclo, el hijo
de Menecio.
Tetis le dijo a su vez llorando: en verdad, pronto has de morir, hijo mío,
por estas palabras que anuncias; [95] ya que después de que muera Héctor, el
destino está ya dispuesto para ti. Profundamente indignado le respondió
Aquiles: - ¡Muera yo enseguida, puesto que no pude auxiliar a mi compañero
cuando le dieron muerte! [100] El pereció muy lejos de su patria y yo no
estaba ahí para alejarle de la desgracia. Ahora, puesto que no regresaré a la
tierra de mi amada patria y no he sido la luz de salvación
para Patroclo, ni para ninguno de los míos, aniquilados en gran número
por las manos del divino Héctor, sino que permanezco sentado junto a las naves
como un fardo inservible sobre la tierra;
[105] a mí, a quien ninguno de los
aqueos de corazas de bronce, iguala en la batalla, aunque haya otros que valgan
más que yo en el seno de la asamblea. ¡Ah! Ojalá perezca entre los dioses y
entre los hombres el espíritu de la discordia y la ira que impulsa a irritarse
aun al hombre más sensato; aunque es más dulce que la miel que cae gota a
gota,
[110] pero en el pecho de los hombres se agranda como el humo; así hizo
que me encolerizara hasta ahora el rey de guerreros, Agamenón. Pero dejemos al
pasado, lo que es del pasado, aunque nos cause aflicción, y dobleguemos el
corazón en nuestro pecho bajo el peso de la necesidad. Ahora iré a buscar a
Héctor, asesino de la cabeza que yo amaba.
[115] Después, recibiré a
la diosa de la muerte, cuando Zeus y los demás dioses inmortales quieran que
llegue; porque ni aun el poderoso Heracles pudo evitar la muerte; él, que era
tan querido al soberano Zeus, hijo de Cronos. El destino y la terrible furia de
Hera lo vencieron.
[120] Así yo también, si ya se me decretó un destino
semejante, se me verá yacer en el suelo, cuando haya muerto. Pero por ahora,
puedo obtener una gran gloria y gracias a mí, obligaré a alguna troyana o
dardania cuya ropa cae sobre la cintura con amplios pliegues, a gemir
fuertemente, enjugando con sus dos manos las lágrimas que se deslizan sobre sus
delicadas mejillas.
[125] Que ellas se den cuenta de que me he abstenido
largo tiempo de la guerra. No me impidas combatir, aunque me ames, pues no me
podrás persuadir.
Canto XXII
[375] - ¡Amigos, guías y consejeros de los argivos! Puesto que los dioses nos
han concedido vencer a este hombre [Héctor] que nos causaba tanto daño,
[380]
uno solo, más que todos en conjunto; vamos, intentemos marchar alrededor de la
ciudad dispuestos a combatir a fin de conocer cuál es el pensamiento de los
troyanos y saber si abandonarán su elevada ciudad, habiendo caído Héctor, o si
se obstinarán en resistir aun cuando él ya no exista.
[385]¿ Pero por qué
me hace hablar este lenguaje el corazón? Patroclo yace muerto junto a las naves
sin haber sido llorado ni sepultado; no le olvidaré jamás, mientras more entre
los vivos y puedan moverse mis queridas rodillas. Si
en el Hades son olvidados los muertos, yo quiero en cuanto a mí toca, recordar a
mi querido compañero.
[390] Por ahora, hijos de los aqueos, volvamos
cantando peanes junto a las cóncavas naves y llevémonos este cadáver. Hemos
alcanzado inmensa gloria al matar al divino Héctor, a quien los troyanos
invocaban en su ciudad como un dios.
Canto XXIII
[35]Entonces, los reyes de los aqueos condujeron, cerca del divino Agamenón,
al hijo de Péleo. Les costó mucho trabajo convencerlo, pues su corazón estaba
muy atribulado por la muerte de su compañero. Se pusieron en camino y
llegaron a la barraca de Agamenón y enseguida ordenaron a los heraldos
[40]
de fuerte voz que pusieran sobre el fuego una enorme trípode para intentar que
el hijo de Péleo se lavara la sangre pegada que le manchaba por completo el
cuerpo. Aquiles se rehusó con firmeza, e hizo este juramento: - ¡No, por
Zeus, que es el más alto y poderoso de los dioses! No está permitido que el
agua se acerque a mi frente, antes de que haya yo cremado a Patroclo,
[45]
y extendido sobre él la tierra de un túmulo y cortado mi cabellera; ya que
jamás vendrá a albergarse en mi corazón por segunda vez un dolor semejante,
mientras permanezca entre los vivientes. Pero, no rechacemos esta odiosa
comida, rey de guerreros, Agamenón; [50] ordena que se lleven leños y se
prepare todo lo que requiere un muerto para que pueda sumergirse en la bruma de
las sombras. De este modo el fuego infatigable consuma pronto el cadáver de
Patroclo y lo oculte a nuestros ojos, para que nuestras tropas vuelvan a sus
trabajos.
Así habló, y todos estaban con ánimo de escuchar con atención y
obedecer. [55] Después de haber preparado cada quien la comida con prontitud,
banquetearon y el apetito no careció de nada en esta comida bien distribuida.
Después que calmaron el deseo de beber y de comer, fueron a dormir a sus
respectivas tiendas. Pero el hijo de Péleo gemía intensamente entre los
numerosos mirmidones. [60] Se tendió sobre la orilla del mar,
sordamente sonoro, en un lugar aparte, bañado por las olas. Por fin lo envolvió
el profundo sueño que mitiga los dolores del corazón, y se difundió suavemente a
su alrededor: ya que sus hermosos músculos estaban fatigados por la persecución
contra Héctor hacia Ilión, batida por los vientos.
[65] Entonces llegó de pronto el alma del mísero
Patroclo, semejante
por completo a él mismo por la talla, los bellos ojos, la voz y el vestido
idéntico también alrededor de su cuerpo. Se detuvo en la cabeza de Aquiles
y le dijo:- ¿Duermes y me olvidas, Aquiles?
[70] Tú no me desatendías cuando yo
vivía, pero ahora que he muerto, me abandonas. Sepúltame lo más pronto que
te sea posible para que atraviese las puertas del Hades. Las almas, fantasmas de
los muertos, me rechazan lejos y de ninguna manera me permiten atravesar el río;
sino que vago alrededor del palacio de Hades, provisto de amplias
puertas.
[75] Dame la mano, yo me lamento, porque no saldré jamás del
Hades cuando me hayas otorgado mi porción de fuego. Nunca, de nuevo viviendo
ambos, meditaremos nuestras reflexiones, sentados, lejos de nuestros queridos
compañeros; pero el abominable destino que me tocó desde que nací se ha
esparcido a mi alrededor.
[80] ¿Tú destino no es acaso también,
Aquiles, semejante a los dioses, perecer bajo las murallas de los opulentos
troyanos? Pero tengo algo más que decirte y recomendarte si quieres escucharme.
No pongas mis cenizas lejos de las tuyas, Aquiles; por lo
contrario, que reposen juntas, como juntos fuimos educados en vuestro
palacio,
[85] cuando Menecio, a causa de un deplorable homicidio, me
condujo muy joven desde Opunte hasta vuestra morada, el día en que sin propósito
y sin quererlo, maté al hijo de Anfidamante que me había irritado jugando con
las tabas. En ese momento Péleo me recibió en su palacio, me educó con
predilección, y me nombró tu servidor.
[90] Por
ello, que una misma urna fúnebre encierre los huesos de ambos, la urna de oro
que te obsequió tu venerable madre.
Aquiles le contestó: - ¿Porqué has venido hasta aquí,
venerable cabeza, y
me has hecho cada uno de estos encargos?
[95] De mi parte, cumpliré
exactamente todo, y obedeceré lo que mandas; pero acércate
más a mí; abracémonos un instante y gocemos con el doloroso placer de
gemir.
Dijo, y extendió los brazos, pero no tocó nada. El
alma, como el humo, había huido bajo tierra dando un pequeño grito. Estupefacto,
se levantó de un salto. Golpeó sus manos una contra otra y dijo estas
lamentables palabras: - ¡Ay! Realmente existe aún en la mansión del Hades un
alma y una imagen pero sin organismo vital que la sustente; porque toda la noche
el alma del desventurado Patroclo estuvo cerca de mí, gimiendo y llorando, y me
dictaba cada una de sus recomendaciones y se parecía maravillosamente a él
mismo.

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