
La Iliada comienza con el
grande enfado de Aquiles, porque Agamenón, rey de los aqueos y jefe de la
expedición griega contra Troya, se ha empeñado en quedarse con su esclava
favorita, Briseida. En señal de protesta, Aquiles, con su ejército de
mirmidones, decide mantenerse al margen de la batalla, en su campamento, junto a
las naves griegas atracadas en las playas del Estrecho de los Dardanelos,
cercano a Troya. (El Estrecho de los Dardanelos, Helesponto, es la franja marina
que une el Mar Egeo con el Mar de Mármara; así como el Mar de Mármara se
comunica con el Mar Negro, por el Estrecho del Bósforo).
Esta decisión supone
un grave perjuicio para los aqueos (nombre genérico dado a los griegos de la
época micénica) que son diezmados por los defensores de Ilión, la acosada
ciudad troyana donde residía el rey Príamo, padre de Héctor y de Paris
(Alejandro), el raptor de Helena, esposa de Menelao, el hermano de Agamenón.
Los pocos días de batallas del
décimo año de la guerra contra Troya que abarca el poema de la Iliada, van
transcurriendo con suerte alternativa para ambos ejércitos. Los aqueos tratan
en varias ocasiones de conseguir que Aquiles abandone su pasividad y les ayude a
conseguir la victoria, pero él se mantiene en sus trece hasta que su amado
primo y ayudante, Patroclo, es muerto por Héctor, el líder troyano.
Los dioses, divididos en dos
bandos y, en continuo ir venir del Olimpo, contemplaban la batalla desde el
Monte Ida, situado a unos setenta kilómetros de Ilión, e intervenían en ella
de forma encubierta encarnándose en héroes de apariencia humana. Unos apoyaban
a los griegos y otros a los troyanos. Zeus actuaba de árbitro, tomando
decisiones en favor de uno u otro bando según consideraba que debía equilibrar
la marcha de la batalla. Apolo fue el dios que más se significó en el apoyo a
los troyanos, no en balde la leyenda le atribuye la fundación de Troya.
LA
MUERTE DE PATROCLO
Patroclo, ante la pasividad de
su general en jefe e "íntimo amigo", solicitó su permiso para
incorporarse a la lucha utilizando las armas y la armadura de Aquiles.
Aquiles
se lo concedió, recomendándole que no se arriesgara demasiado.
Pero Patroclo,
enardecido por el fragor de la contienda, dio muerte a varios troyanos, entre
ellos a Sarpedón. Aquello desagradó a Zeus que empezó a planear su muerte y
alentó que Héctor y los suyos le acosaran sin descanso.
Apolo que, siguiendo
órdenes de Zeus, rescató el cuerpo de Sarpedón para que los "hermanos
gemelos, Muerte y Sueño", lo transportaran a Licia y pudiera ser enterrado
con todos los honores. Después se encarnó en Asio, tío de Héctor, y se
dirigió a él con estas palabras: "...guía los corceles de duros cascos
hacia Patroclo y trata de matarle, Apolo te dará apoyo".
Cuando Patroclo
vio que el carro de Héctor se acercaba velozmente, lanzó una piedra que
acertó en plena frente del auriga de Héctor, haciendo que sus ojos saltaran de
las órbitas, cayendo en el polvo.
El auriga cual si fuera un buzo, cayó del
asiento a tierra. Héctor descendió del carro y se enfrentó a Patroclo..."
Se enfrentaron como dos leones hambrientos que en el monte pelean furiosos por
el cadáver de una cierva..., pues así tiraban el uno y el otro del cuerpo
exánime del auriga".
Ayudado por los aqueos, Patroclo se hizo, al fin, con
el auriga muerto y siguió atacando a los teucros que defendían a Héctor. Pero
había llegado su hora. Apolo, en la confusión del combate, le golpeó por la
espalda y le quitó el refulgente yelmo de Aquiles, que rodó sobre el
polvoriento suelo por primera vez desde que fuera forjado.
Patroclo sintió que
le abandonaban las fuerzas, cuando, de pronto, sintiose alcanzado por la pica de
Euforbo. Héctor, al verle herido, fue a su encuentro y "le envasó la
lanza por la parte inferior del vientre". Las últimas palabras de Patroclo
fueron para Héctor, al que predijo una pronta muerte.
Menelao dio muerte inmediata a
Euforbo y se dispuso con los aqueos a defender y rescatar el cuerpo de Patroclo.
Ante la llegada de Héctor, pidió ayuda a Ayax y se entabló una fiera lucha
entre teucros y troyanos por hacerse con el cuerpo de Patroclo. Ayax le pidió a
Menelao que enviara un mensaje a Aquiles avisándole de la muerte de Patroclo,
mientras el resto de los combatientes era alentado a defender el cuerpo del
muerto. Menelao, a su vez, encargó a Antíloco que trasmitiera el mensaje y se
puso a defender el cuerpo de Patroclo que, entre todos, iban retirando
perseguidos de cerca por los teucros.
Cuando Aquiles escuchó el
nefasto mensaje "Dio un horrendo gemido que oyó hasta su madre, la diosa
Tetis, desde el fondo del mar". Tetis se trasladó veloz, con toda su corte
de nereidas, junto a su hijo que, al verla, proclamó sus deseos de venganza;
ella le respondió..."Breve será tu existencia, a juzgar por lo que dices;
pues la muerte te aguarda así que Héctor perezca". A lo que él
contestó..."Sufriré la muerte cuando lo dispongan Zeus y los demás
dioses inmortales. Pues ni el fornido Hércules pudo librarse de ella".
Tetis le dijo..."Pero tu magnífica armadura, regalo de los dioses a tu
padre Peleo el día que me colocaron en su tálamo, la tiene Héctor que se
vanagloria de cubrir con ella sus hombros..." - y añadió - "Tu no
entres en combate hasta que mañana, al romper el alba, te traiga una hermosa
armadura fabricada por Hefesto (Vulcano)". Dicho esto, la diosa envió sus
acompañantes al seno del anchuroso mar y se dirigió al Olimpo para encargar la
magnífica armadura.
Mientras, la pelea por el
cuerpo de Patroclo continuaba entre teucros y aqueos y todo indicaba que Héctor
y los suyos se iban a apoderar del macabro botín. Pero la diosa Iris, enviada
por Hera (Juno), se presentó ante Aquiles y le dijo: "Levántate y no
yazcas más; avergüéncese tu corazón de que Patroclo llegue a ser juguete de
los perros troyanos; pues debiera ser para ti motivo de afrenta que el cadáver
sufra algún ultraje". "¿Pero cómo habría de combatir sin mi
armadura?"- preguntó Aquiles. A lo que ella contestó: "Basta con que
te muestres a los teucros a la orilla del foso que rodea las naves para que,
temiéndote, cesen de pelear". Tres veces, el divino Aquiles, gritó a
orillas del foso y tres veces se turbaron los teucros; y doce de los más
valiosos guerreros murieron atropellados por los carros y heridos por sus
propias lanzas. Los aqueos, aprovechando la confusión causada por las tremendas
voces de Aquiles, consiguieron poner a Patroclo fuera del alcance de los
enemigos y se encaminaron hacia el campamento.
Hera, la de los grandes ojos,
obligó al sol infatigable a hundirse, mal de su grado, en la corriente del
Océano y, una vez puesto, los divinos aqueos suspendieron la enconada pelea y
el general combate. Los troyanos pensaron en regresar al amparo de la amurallada
Ilión por temor a Aquiles si permanecían en campo descubierto, pero Héctor se
opuso y expresó su deseo de enfrentarse al mirmidón: "Me propongo no huir
de él sino enfrentarlo en batalla horrísona; y alcanzará una gran victoria o
seré yo quien la consiga. Que Ares (Marte) es a todos común y suele causar la
muerte del que matar desea".
En el campamento griego,
Aquiles lloraba y velaba el cadáver de su amigo: "Esta tierra me
contendrá en su seno, ya que he de morir, ¡oh Patroclo!, después que tú. No
te haré honras fúnebres hasta que traiga tus armas y la cabeza de Héctor.
Degollaré ante la pira funeraria, para vengar tu muerte, doce hijos de ilustres
troyanos, y en tanto permanezcas tendido junto a las corvas naves, te rodearán,
llorando noche y día, las troyanas y dardanias de profundo seno que
conquistamos con nuestro valor y la ingente lanza, al entrar a saco en las
opulentas ciudades de hombres de voz articulada".
LA FURIA DE
AQUILES
Cuando la aurora, de azafranado
velo, se levantaba de la corriente del océano para llevar la luz a los dioses y
los hombres, Tetis llegó a las naves con la fulgente armadura que Hefesto le
había forjado. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo,
llorando ruidosamente, rodeado de muchos amigos que derramaban lágrimas. Tetis,
la de la casta de Zeus, divina entre los dioses, cogió la mano de Aquiles y le
habló de este modo: "Hijo mío, a pesar de nuestra aflicción, dejemos
yacer a Patroclo, ya que sucumbió por designio de los dioses, y tú recibe esta
ilustre armadura, tan bella como jamás varón alguno haya llevado sobre sus
hombros". Aquiles sintió como renacía su cólera, ante la vista de la
armadura, a la vez que se gozaba del espléndido presente de Hefesto. Expresó a
su madre su preocupación por la descomposición del cuerpo del amigo, invadido
por un enjambre de moscas.
Tetis vertió unas gotas de ambrosía, el nectar de
los dioses, para que el cuerpo se conservara fresco. Después pidió a su hijo
que se armara para el combate contra los troyanos. Aquiles vistió la brillante
armadura, cogió la grande lanza, que solo él podía manejar, y se dirigió
hacia donde estaban los demás héroes aqueos, en la orilla del mar junto al
recinto de las naves, y les convocó dando pavorosos alaridos.
Todos acudieron,
encabezados por Diomedes y Ulises que cojeaba a causa de sus heridas, y le
rodearon. También llegó el rey Agmenón que, con la apropiación de la esclava
Briseida, había provocado el enojo de Aquiles y su renuncia a participar en el
combate contra los troyanos. Aquiles le recriminó su conducta, pero expresó su
deseo de volver a combatir si obtenía satisfacción del rey.
Agamenón le
contestó disculpándose por su comportamiento, atribuyó a los dioses su
pérdida de juicio al provocar aquel incidente y le prometió entregarle a la
esclava y numerosos presentes como muestra de su arrepentimiento. Aquiles
aceptó las disculpas y expresó su firme voluntad de entrar inmediatamente en
combate: "Para que todos vean a Aquiles entre los primeros combatientes,
aniquilando con su lanza las falanges de los teucros".
El ingenioso Ulises, hijo de
Laertes, pidió que se celebrara un gran desayuno para tomar fuerzas para la
lucha y añadió: "Que Agamenón entregue los presentes a Aquiles y que
jure que nunca subió al lecho de Briseida, ni yació con ella, como es
costumbre entre hombres y mujeres. Y tú, Aquiles, procura tener en el pecho un
ánimo benigno".
Agamenón estuvo de acuerdo y añadió: "Estoy presto
a ese juramento y no invocaré el nombre de la deidad con perjurio". A
continuación, ordenó que se trajeran los presentes para Aquiles y que se
inmolaran animales y un jabalí en honor de Zeus y del sol, siempre invocado en
los juramentos por ser el que todo lo veía sobre la tierra. Aquiles pidió que
se demoraran estas ceremonias para después del combate, pero Ulises insistió
en su propuesta y Aquiles acabó por consentir, al ver que aquello era lo que
sus compañeros y las tropas deseaban.
Se entregaron los presentes,
entre los que figuraban siete doncellas expertas en intachables labores, doce
caballos, diez talentos de oro (unos trescientos kilos) y la joven Briseida.
Después Agamenón hizo el juramento: "Sean testigos Zeus, la Tierra y el
Sol y las Furias (Iras o Eriníes) que bajo tierra castigan a los muertos que
fueron perjuros que jamás he puesto mano sobre Briseida". A continuación
degolló el jabalí con el despiadado bronce y dijo: "Zeus padre, ¡Cómo
llegas a confundir a los hombres!. Jamás, Aquiles, habría sido capaz de
arrebatarme a Briseida contra mi voluntad. Pero, sin duda, querías la muerte de
muchos aqueos. Ahora - dijo, dirigiéndose a los hombres - id a comer y luego
trabaremos feroz lucha contra los teucros".
La asamblea se disolvió y cada
uno marchó a su nave. Los mirmidones de Aquiles se hicieron cargo de los
regalos, portándolos al campamento. Briseida, semejante a la áurea Afrodita,
se dirigió llorosa hacia el tálamo donde yacía Patroclo y entre sollozos
exclamó: "¡Oh Patroclo, amigo carísimo de esta desventurada!, vivo te
dejé al partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver. ¡Cómo me
persigue la desgracia!. Muerto mi esposo por Aquiles y tomada de la ciudad de
Mines (Lirneso), tu no me dejabas llorar diciendo que lograrías que fuera la
mujer legítima del divino Aquiles y que entre los mirmidones, en su reino,
celebraríamos el banquete nupcial. Ahora que has muerto, no me cansaré de
llorar por ti que siempre fuiste dulce conmigo".
Aquiles continuaba llorando a
su amigo y sin probar bocado. Zeus se apiado de él y envió a Atenea, su
protectora, para que le alimentara con néctar y ambrosía, para evitar que
desfalleciera durante el combate. Atenea, semejante a un halcón de desplegadas
alas, descendió del cielo, a través del éter y las nubes, y alimentó a su
protegido, sin que él lo advirtiera, para evitar que flaquearan sus rodillas.
Después, regresó al palacio del prepotente padre. Mientras, la riada de
soldados se alejaba de las naves y el brillo de sus cascos asemejaba los copos
de nieve que envía Zeus, en alado vuelo, bajo el impulso del frío Bóreas,
nacido del éter. Así de grande era el número de hombres que abandonaban las
naves dispuestos al combate, y refulgente el brillo de sus yelmos, armaduras,
escudos y lanzas. El fulgor llegó al cielo y la tierra se mostraba risueña por
los rayos que despedía el bronce. El gran ruido que surgía de los pies de los
guerreros se alzaba hasta el cielo.
Aquiles, lleno de furia,
portaba la armadura forjada por Hefesto. Púsose en las piernas las grebas
ajustada con hebillas de plata; protegió su pecho con la coraza, colgó del
hombro la espada de bronce guarnecida con argénteos clavos, y se embrazó el
grande y fuerte escudo, cuyo resplandor semejaba de lejos el resplandor de la
Luna.
Cubrió la cabeza con el fornido yelmo que brillaba como un astro y sobre
él ondeaban las áureas y espesas crines de caballo que Hefesto colocara en la
cimera. Sacó de su estuche la poderosa lanza que solo él podía manejar y
alzándola y rugiendo como un león la agitó amenazante en el aire sobre su
cabeza. En tanto, los aurigas se aprestaban a uncir los caballos a los carros,
sujetándolos con hermosas correas de cuero brillante; empujaron los frenos
entre las mandíbulas y tendieron las riendas hacia atrás, atándolas a la
fuerte caja de los carros.
El auriga Automedonte saltó al carro con el
magnífico látigo y Aquiles, cuya armadura refulgía como el mismo Sol, subió
tras él y con horribles gritos jaleó a los corceles: ¡Janto y Balio, ilustres
hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo al campamento de los danaos al que hoy
os guía; y no le dejéis muerto en la liza como a Patroclo". Janto, al que
Hera dotó de voz, bajó la cabeza, sus ondeantes crines se desplazaron hasta el
suelo, pasando sobre la extremidad del yugo, y respondió: "Aquiles, hoy te
salvaremos, pero está cerca el día de tu muerte. Nosotros correríamos como
soplo del Céfiro, que es tenido como el viento más rápido.
Pero tú, como
Patroclo, estás destinado a sucumbir a manos de un dios y de un mortal".
Dichas estas palabras, las furias les cortaron la voz y Aquiles, indignado, le
contestó así: "Janto, ¿Porqué vaticinas mi muerte? Ya sé que mi
destino es perecer aquí, lejos de mi padre; mas, con todo eso, no he de
descansar hasta que harte de combate a los teucros". Esto dijo; y dando
voces, dirigió los solípedos caballos hacia las primeras filas del ejército.
EL COMBATE (canto XX y siguientes)
Zeus ordenó a Temis que
convocara una asamblea de los dioses. Todos acudieron y se acomodaron
expectantes en rededor del dios. Zeus les indicó que la intervención de
Aquiles podía suponer el fin de los troyanos: "Pues si Aquiles, el de los
pies ligeros, combatiese solo contra los teucros, estos no resistirían ni un
instante su acometida". Después les pidió que se dividieran en dos bandos
y que intervinieran en el combate para equilibrar las fuerzas.
En auxilio de los
aqueos se encaminaron: Hera (Juno), Palas Atenea (Minerva), Poseidón (Neptuno),
Hermes (Mercurio) y Hefesto (Vulcano), y hacia las tropas troyanas acudieron:
Ares (Marte), Febo Apolo (Apolo), Artemisa (Diana), Leto (Latona), Janto (un
dios menor del río del mismo nombre, cercano a Ilión) y Afrodita (Venus).
(Conviene recordaros que Hera era la madre e Eneas y Afrodita la vencedora del
juicio de París, en que éste la había elegido como la más bella entre las
diosas).
Mas así que los olimpios
penetraron entre los guerreros, levantose la terrible discordia que enardece a
los varones y les hace venir a las manos, estableciendo la feroz contienda.
Zeus, desde lo alto del Monte Ida, observatorio de los dioses durante la batalla
(el Monte Ida se encuentra a unos 70 kilómetros de Troya), tronó
horriblemente, y Poseidón sacudió desde las profundidades la inmensa tierra.
Asustose Aidoneo (Plutón), rey de los infiernos, y saltó de su trono temiendo
que la tierra se abriese y se hicieran visibles las horrendas y tenebrosas
mansiones de los muertos, visión que hasta las deidades aborrecían.
Ares alentaba a Héctor y Apolo
a Eneas a enfrentarse con Aquiles, para frustrar el deseo de éste de
enfrentarse a Héctor, pero Eneas le dijo al dios: "...Ningún hombre puede
combatir con Aquiles, pues a su lado siempre acude alguna deidad que le libra de
la muerte. Si un dios me apoyara para igualar las condiciones del combate,
Aquiles no me vencería". Apolo insistió: "¡Héroe! Ruega tu
también a los dioses auxilio, pues dicen que naciste de Afrodita, hija de Zeus,
y el pelida es hijo de una diosa inferior, pues la primera desciende de Zeus y
Tetis fue hija del anciano del mar.
Levanta el indomable bronce y marcha al
encuentro de Aquiles. Así lo hizo Eneas. Cuando Aquiles lo tuvo frente a frente
le dijo que para que trataba de enfrentarse con él si sabía que podía
vencerle como ya lo hizo tiempo atrás: "Te aconsejo que vuelvas con tu
ejército, antes de padecer daño alguno; que el necio solo conoce el mal cuando
ha llegado".
Pero Eneas, orgulloso de su linaje, respondió desafiante y
arrojó su lanza contra Aquiles que con gran estruendo se clavó en el imponente
escudo, recubierto de láminas de bronce oro y plata, del hijo de Peleo que, a
su vez, lanzó la suya traspasando el escudo de Eneas y, pasando sobre su
hombro, se incó en el suelo. Aquiles desnudó la espada y se abalanzó sobre
Eneas. Poseidón, viendo que Eneas quedaba a merced de su atacante, fue en su
auxilio. Extendió una nube y elevó a Eneas por encima de los combatientes,
llevándolo al otro extremo del campo de batalla sin que Aquiles lo advirtiera,
y le dijo: "Retírate cuantas veces le encuentres, no sea que te haga
descender a la morada del Hades (el reino de los muertos). Pero cuando Aquiles
muera, según está escrito, no temas luchar entre las primeras filas, pues
ningún aqueo te podrá matar (¿Qué hubiera sido de la Eneida de Virgilio sin
Eneas?). Cuando la niebla se retiró de los ojos de Aquiles, éste comprendió
que algún dios había favorecido a Eneas, haciéndole desaparecer.
Aquiles, saltando entre las
filas, arengó a los aqueos incitándoles al combate cuerpo a cuerpo. Héctor,
desde su posición, hacía lo mismo con los teucros y buscaba el encuentro con
Aquiles. Pero Apolo logró disuadirle de un enfrentamiento directo. Mientras,
muchos valerosos teucros caían bajo el ímpetu de Aquiles que se batía en
feroz combate contra todos los que se ponían a su alcance. Una de sus numerosas
víctimas, Polidoro, hermano de Héctor, fue atravesado de parte a parte por la
lanza del pelida y, encorvado, con las entrañas en la mano, fue visto por
Héctor que, furioso, fue al encuentro de Aquiles arrojándole su lanza. Atenea,
con un leve soplo, desvió la trayectoria e hizo que el arma retornara a los
pies de Héctor. Aquiles arremetió contra él dando horribles gritos, pero
Apolo cubrió a Héctor con una densa niebla, ocultándole, como hiciera
Poseidón con Eneas, de la vista de Aquiles que, rabioso, exclamó, tratando de
acertar a ciegas con la carne de Héctor que se le ocultaba: "De nuevo te
has librado de la muerte. Yo acabaré contigo, más tarde, si algún dios me
ayuda, como contigo han hecho" y siguió esparciendo, con saña, la muerte
por todos lados. El ímpetu de Aquiles se extendía a todos sus guerreros y
lograron que los teucros buscaran refugio en la amurallada Ilión, donde Príamo
veía aproximarse el desastre.
Los griegos habrían asaltado
Troya de no ser porque Apolo incitó a Agenor a interponerse y lanzar su lanza
sobre Aquiles, el invencible. La pica rebotó en la formidable armadura que
Hefesto forjara. Viendo Apolo que el pelida corría veloz hacia Agenor, le
retiró de la batalla, tomando su forma. Inició una carrera, distanciándose
del recinto amurallado de la ciudad, mientras Aquiles y los suyos le
perseguían. Esta maniobra de distracción, permitió que los teucros lograran
refugio en la ciudad, que "como cervatos se recostaron en los hermosos
baluartes, refrigeraron el sudor y bebieron para apagar la sed". El hado
funesto solo detuvo a Héctor para que permaneciera fuera de los muros de Ilión,
junto a las puertas esceas. Apolo, harto de la carrera de distracción de
Aquiles y los suyos, se encaró con él y le reveló el engaño. Aquiles,
enfurecido con el dios, exclamó: "¡Oh flechador, el más funesto de los
dioses!. Me engañaste, alejándome de la muralla, cuando todavía habrían
mordido la tierra muchos teucros, antes de llegar a Ilión. Me has privado de
alcanzar una gloria no pequeña, y has salvado con facilidad a los teucros, ya
que no temes mi venganza. Y, ciertamente, me vengaría de ti si mis fuerzas lo
permitieran". Dicho esto, sin esperar contestación del dios, regresó
corriendo a las murallas de la ciudad; como el corcel vencedor en la carrera de
carros, trotaba el veloz Aquiles, tan ligeramente movía los pies y rodillas.
Príamo fue el primero, desde
su torre, en verle venir por la llanura, tan resplandeciente como el astro que
en otoño se distingue entre otras muchas estrellas, por sus vivos rayos,
durante la noche oscura y recibe el nombre del perro de Orión (Cannis Minor),
el cual, con ser brillantísimo, constituye una señal funesta, porque trae
excesivo calor a los míseros mortales; de igual manera centelleaba el bronce
sobre el pecho del héroe, mientras corría. Príamo, viendo que su hijo amado
permanecía inmóvil junto a las puertas, le pidió a gritos que no continuara,
allí, solo y le urgió a que entrara en la ciudad. Príamo ya echaba en falta,
entre los muros de la ciudad a sus otros dos hijos, Polidoro y Licaón, que
habían sido muertos por Aquiles, y le dijo a Héctor: "Ven adentro del
muro, hijo querido, para que salves a los troyanos y las troyanas; no quieras
proporcionar inmensa gloria al pelida y perder tú mismo la existencia.
¡Compadécete de mí! De este infeliz y desgraciado que aún conserva la
razón, después de contemplar tantas desventuras: muertos mis hijos,
esclavizadas mis hijas, destruidos los tálamos, arrojados los niños por el
suelo en el terrible combate y las nueras arrastradas por las fuertes manos de
los Aqueos...".
Príamo y Hécuba siguieron con
sus ruegos a Héctor para que entrara en la ciudad, pero Héctor se consideraba
responsable del desastre sobrevenido sobre su ejército por haberse empeñado en
mantenerlo fuera del recinto de la ciudad, plantando cara a los aqueos en campo
abierto. Por unos instantes, pensó en dejar las armas contra las murallas y
tratar de negociar con Aquiles una rendición honrosa de Ilión, devolviendo a
Helena y los tesoros que Alejandro (Paris) trajera con ella a Troya. Además, le
propondría entregar la mitad de los tesoros de la ciudad contenía, pero se
dijo: "No, no iré a suplicarle; que sin tenerme consideración ni respeto,
me matará inerme, como a una mujer, tan pronto como deje las armas. Imposible
es conversar con él desde lo alto de una encina o de una roca, como un mancebo
con una doncella: sí, como un mancebo y una doncella suelen conversar. Mejor
será comenzar el combate, para que veamos a quién concede Zeus la victoria.
Cuando vio que Aquiles se le acercaba, cual si de Ares se tratara, con su
armadura y su escudo brillando como el resplandor del fuego del sol naciente, se
echó a temblar y huyó espantado.
Como el gavilán se lanza en
vuelo tras la tímida paloma, así Aquiles volaba enardecido tras de él. En la
loca carrera llegaron a dos cristalinos manantiales, que son las fuentes del
río Janto voraginoso. El primero tiene agua caliente y lo cubre el vapor como
si allí hubiera un fuego abrasador; el agua que brota del segundo es, en
verano, como el granizo, la fría nieve o el hielo. Cerca hay unos lavaderos de
piedra, grandes y hermosos, donde las esposas y las bellas hijas de los troyanos
solían lavar sus magníficos vestidos en tiempo de paz. Por allí pasaron los
dos contendientes, en veloz carrera, y así llegaron a dar tres vueltas a la
ciudad de Príamo. Los dioses les contemplaban y Zeus dijo: "Mi corazón se
compadece del caro Héctor, que tantos muslos de buey ha quemado, en mi
obsequio, en las cumbres del Monte Ida. ¡Deliberad, oh dioses!, y decidid si le
salvaremos de la muerte horrísona o dejaremos que muera a manos de
Aquiles". Respondiole Atenea: "¿De nuevo quieres salvar de la muerte
a Héctor a quien el hado a condenado a morir? Hazlo, pero no todos los dioses
lo aprobaremos". Zeus le contestó, abrumado por la vehemencia de su hija:
"Tranquilízate, hija querida, pues quiero ser complaciente contigo. Obra
conforme a tus deseos y no desistas en tu empeño de ver muerto a Héctor".
La diosa descendió en raudo vuelo sobre la llanura. Mientras tanto, Aquiles
acortaba distancia, sin cesar de correr tras Héctor, impidiendo una y otra vez
que éste se acercara a las puertas de la ciudad. Ni Hector podía escapar de
Aquiles, ni éste conseguía dar alcance a Héctor, que había recibido fuerzas
de Apolo por última y postrera vez. Aquiles hacía señas a sus guerreros para
que no dispararan flechas contra el perseguido, ni trataran de detenerle, pues
quería para sí mismo toda la gloria.
Cuando, en la cuarta vuelta,
pasaban por los manantiales, Zeus tomó la balanza de oro y puso en cada lado la
suerte de cada uno de ellos. La balanza se inclinó bajo el peso del día fatal
de Héctor y penetró hasta el Orco. Al instante, Apolo desamparó al troyano y
Atenea se acercó a Aquiles: "Párate y respira; persuadiré a Héctor para
que luche contigo frente a frente"- le dijo - y fue en busca de Héctor
tomando la forma de Deifobo, hermano de Héctor. Llegó hasta él y le pidió
que rechazara el ataque del pelida: "¡Mi buen hermano! Nuestro padre,
nuestra venerable madre y los amigos me abrazaban las rodillas y me suplicaban
que me quedara con ellos; de tal modo tiemblan todos, pero mi ánimo se sentía
atormentado por grave pesar y vengo en tu auxilio. Ahora peleemos con brío sin
dar reposo a la pica, para ver si Aquiles nos mata y se lleva nuestros
sangrientos despojos a sus cóncavas naves o sucumbe vencido por tu lanza".
Dicho esto, Atenea se puso a caminar obligando a Héctor a acompasar su paso.
Cuando llegaron frente a Aquiles, Héctor le dirigió estas palabras: "No
huiré más de ti, como hasta ahora. Mi ánimo me impele a afrontarte, ora te
mate, ora me des muerte. Si Zeus me concede la victoria y te arranco la vida,
cuando te haya despojado de tus armas entregaré el cadáver a los aqueos. Obra
tu conmigo de igual manera y entrega mi cuerpo a mi familia. A lo que Aquiles
respondió: "No me hables de pactos, ¡¡Maldito!!. Igual que no es posible
la alianza entre los leones y los hombres, ni el acuerdo entre lobos y corderos,
que solo piensan en destrozarse los unos a los otros, tampoco puede haber pactos
ni amistad entre nosotros, hasta que uno de los dos caiga y Ares quede saciado
de sangre. Revístete de valor, pues es preciso obrar como belicoso y esforzado
campeón. Ya no puedes escapar, pues Atenea te hará sucumbir, herido por mi
lanza, y pagarás todos los dolores causados a mis amigos, a los que mataste
cuando manejabas furiosamente la pica".
Diciendo esto, blandió y
arrojó con furia la fornida lanza. Héctor reaccionó con agilidad y evitó el
golpe. La lanza se clavó en el suelo. Atenea la recogió y la devolvió a
Aquiles sin que Héctor lo advirtiese. "¡Erraste el tiro, deiforme
Aquiles!...Ahora, ¡guárdate de mi broncinea lanza!. ¡Ojalá toda ella se
escondiera en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los troyanos si tu
murieses, porque eres su mayor azote". Así habló Héctor y lanzó la
lanza que rebotó en el escudo de Aquiles. Cuando se volvió hacía Deifobo,
para pedir otra pica, vio que éste había desaparecido y comprendió el engaño
de los dioses: "¡Oh, ya los dioses me llaman a la muerte! - exclamó -
cercana la tengo y no puedo evitarla. Así les habrá placido a Zeus y Apolo que
antes me salvaban de los peligros. ¡Cumpliose mi destino!. Pero no quisiera
morir cobardemente, sin gloria, sino realizando algo grande que llegara a
conocimiento de los tiempos venideros". Dicho esto, desenvainó la espada y
se arrojó contra Aquiles, como el águila de alto vuelo se lanza sobre la
llanura, atravesando las nubes, para arrebatar un tierno cordero o una trémula
liebre. Aquiles embistiole, a su vez, con el corazón rebosante de feroz
cólera, mientras, rápido, examinaba la parte más vulnerable del cuerpo de
Héctor, protegido, como estaba, por la armadura de Aquiles que arrancara del
cuerpo de Patroclo, después de darle cruel muerte. Solo quedaba al descubierto
e l lugar en que las clavículas separan el cuello de los hombros, la garganta,
que es el sitio por donde más pronto escapa el alma. Por allí le envainó la
pica y la punta asomó por la nuca, sin dañarle la traquea para que pudiera
hablar y responderle.
Héctor cayó sobre el polvo, y
Aquiles, jactándose del triunfo, le dijo: "...A tí los perros y las aves
te despedazarán ignominiosamente, y a Patroclo le haremos honras
fúnebres". Héctor, con tenue voz, respondió: "No permitas que los
perros me despedacen y devoren junto a las naves aqueas. Acepta el bronce y el
oro que, en abundancia, te darán mis padres, y entrega el cadáver a los míos
para que lo lleven a mi casa y los troyanos lo pongan en la pira". Aquiles,
mirándole con torva faz, replicó: "No me supliques ¡¡perro!!. Ojalá el
furor y el coraje me incitaran a despedazarte, cortar tus carnes y comérmelas
crudas. Nadie podrá apartar tu cuerpo de los perros y las aves de rapiña;
aunque me quieran pagar tu peso en oro, así no podrá tu madre ponerte en un
lecho para llevarte". Ya moribundo, Héctor contestó: "Tienes en el
pecho un corazón de hierro. Guárdate de atraer sobre ti la cólera de los
dioses, por obrar así conmigo, se acerca el día que Alejandro (Paris) y Apolo
te harán desaparecer. Diciendo esto, la muerte le cubrió con su manto: el alma
voló de los miembros y descendió al Orco. Aquiles dijo: ¡¡Muere!! Yo
acogeré gustoso mi parca y perderé la vida cuando los dioses inmortales
dispongan que se cumpla mi destino". Arrancó la lanza del cuello del
muerto y le despojó de la ensangrentada armadura. Acudieron, entonces, los
demás aqueos y con sus picas hendían el hermoso cuerpo inerme, mientras
decían: "¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando de tocar que
cuando prendió nuestras naves con el voraz fuego".
Aquiles pensó mantener el
cerco de la ciudad, pues, los troyanos, muerto su héroe, tal vez estuvieran
dispuestos a rendirse, pero recordó que Patroclo debía ser honrado, alcanzada
la venganza, y ordenó a sus hombres que regresaran a las naves cantando el
himno de la victoria, el peán. Por su parte, para tratar con ignominia el
cuerpo de Héctor, traspasó con correas los tobillos del vencido, entre el
hueso y los tendones (hoy llamados de Aquiles), y las ató al carro, de modo que
la cabeza quedara sobre el suelo para ser arrastrada por el polvo. Luego,
recogió la armadura, arrancada del cuerpo de Héctor, y subiendo al carro
fustigó los caballos que, gozosos, partieron raudos. La cabeza de Héctor se
hundía golpeada en el suelo y su negra cabellera se esparcía por el polvo.
Hécuba, su doliente madre, al verlo se arrancaba los cabellos y, apartando su
velo, prorrumpió en elevado llanto. Príamo, desde los baluartes de Ilión,
gemía lastimeramente y, con él, toda Ilión era presa de lamentos y llantos.
La esposa de Héctor, que se hallaba en el interior del palacio, preparando el
baño para recibir a su esposo, oyó los gemidos que se extendían por las
estancias y, temiendo que su amado fuera el motivo, se precipitó hacia la alta
torre. Desde allí, contempló como Aquiles, en su carro, arrastraba el cuerpo
del difunto hacia el campamento aqueo. Se le desmayó el alma y cayó de
espaldas, apenas sostenida por sus cuñadas. Cuando recobró el aliento,
comenzó a arrancarse los vistosos lazos, la diadema, la redecilla, la trenzada
cinta y el velo que la dorada Afrodita le había regalado el día de sus
esponsales.
Aquiles llegó al lecho de
Patroclo, junto a las naves, y, colocando sus homicidas manos sobre el pecho del
amigo muerto, exclamó: "¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el
Orco! Voy a cumplir cuanto te prometiera. He traído arrastrando el cuerpo de
Héctor, que entregaré a los perros para que lo despedacen cruelmente; y
degollaré, ante tu pira, doce hijos de troyanos ilustres por la cólera que me
causó tu muerte". Se celebró a continuación un banquete funeral en el
que se sacrificaron numerosos animales. Alrededor del cadáver, corría la
sangre en abundancia por todas partes. Finalizado el banquete, todos se
retiraron a sus naves y Aquiles no tardó en ser vencido por el sueño y,
entonces, vino a encontrarle el alma de Patroclo para pedirle ser enterrado
cuanto antes y de este modo poder descender al Orco. También le recordó su
próxima muerte y expresó el deseo de que sus huesos fueran colocados junto a
los suyos en el mismo túmulo. Aquiles, tras indicarle que cumpliría sus
deseos, fue a darle un abrazo y el alma de Patroclo, cual si fuera humo, se
disipó y penetró en la tierra dando chillidos.
Al despertar la aurora,
Agamenón envió a por leños para levantar la pira funeraria en la playa. Una
vez estuvo dispuesta, Aquiles se cortó los dorados cabellos y los esparció
sobre las manos del difunto. Después, pidió que se inmolaran muchos corderos y
con la grasa desprendida de los quemados cuerpos, cubrió el cadáver del amigo
de los pies a la cabeza; llevó también a la pira un ánfora de miel y otra de
aceite y las vertió sobre el cuerpo y el lecho. Arrojó sobre la pira: cuatro
corceles, dos de los nueve perros del rey y los cuerpos de los doce hijos de
troyanos ilustres degollados a los que había dado muerte con su lanza. Y, a
continuación, entregó la pira a la indomable violencia del fuego, diciendo:
"¡Alégrate, oh Patroclo! Yo he cumplido cuanto te prometí, pero a
Héctor no lo entregaré a la hoguera sino a los perros, para que lo destrocen.
Afrodita, hija de Zeus, mantenía el cuerpo del troyano apartado de las vista de
los aqueos y procedió a ungirlo con un divino aceite rosado para que Aquiles no
lo lacerase al arrastrarlo. Mientras, Apolo cubrió el cielo con una nube, para
evitar que el sol secara los miembros y nervios del héroe caído. Así le
cuidaban los dioses, compadecidos de la fatal suerte de su antiguo protegido.
Como la pira ardía levemente,
Aquiles imploró a los vientos que soplaran con fuerza. Estos, que estaban
celebrando un banquete en la morada del impetuoso Céfiro, se levantaron con
inmenso brío, esparcieron las nubes, hicieron crecer las olas y, pasando por
encima del mar, llegaron a Troya y cayeron sobre la pira, haciendo que el fuego
abrasador bramara con furia. Al amanecer, los vientos regresaron a sus moradas y
los hombres sofocaron con negro vino las ya agotadas llamas. Procedieron a
recoger los huesos de Patroclo, los encerraron en una urna de oro, la sellaron
con doble capa de grasa, la cubrieron con un sutil velo y la colocaron sobre un
túmulo.
Aquiles organizó, después,
una serie de juegos, en los que se abstuvo de participar, prometiendo a los
ganadores valiosos premios. Primero, tuvo lugar una carrera de cuádrigas en las
que participaron varios héroes aqueos, siendo el tidida Diomedes el que se
alzó con la victoria. A continuación se celebraron: un campeonato de lucha,
carreras a pie, y lanzamiento de picas. Finalizados los juegos, los guerreros se
dispersaron, tomaron la cena y se regalaron con el dulce sueño. Aquiles no
podía conciliar el sueño y vagó triste por la playa. Más tarde, unció al
carro los ligeros corceles y atando el cadáver de Héctor, lo arrastró, dando
varias vueltas alrededor del túmulo de Patroclo. Luego, volvió a la tienda,
dejando el cadáver tendido con la cara sobre el polvo. Algunos dioses se
compadecían del muerto e instigaban a Apolo a que hurtase el cuerpo de Héctor.
Pero Hera y Atenea se oponían. (Ellas fueron las diosas perdedoras en el Juicio
de Paris, en el que el troyano declaró que Afrodita era la más bella entre las
tres diosas concursantes. Las perdedoras nunca perdonaron a Paris semejante
decisión).
Zeus intervino, al fin, y
consideró que lo mejor sería que la madre de Aquiles, Tetis, convenciera a su
hijo de que debía restituir el cadáver a Príamo, pues Héctor siempre le
había ofrecido sacrificios y era su favorito en Ilión. Tetis fue llamada a
presencia del dios, se sentó junto a él y escuchó sus palabras: "¡Oh
diosa Tetis! Aquí se está proponiendo el rapto del cadáver de Héctor, pero
yo prefiero dar a Aquiles la gloria de devolverlo y conservar, así, tu respeto
y amistad. Amonéstale y háblale de la irritación que nos está produciendo su
actitud. Por mi parte, enviaré a la diosa Iris al magnánimo Príamo, para que
vaya a las naves de los aqueos y redima a su hijo, llevando dones a Aquiles para
que aplacar su enojo".
Tetis descendió del Olimpo en
raudo vuelo y, entrando en la tienda de su hijo, le habló en estos términos:
"¡Hijo mío! ¿Hasta cuando dejarás que el llanto y la tristeza roan tu
corazón, sin acordarte de la comida ni del concúbito? Bueno será que goces
del amor con una mujer, pues ya no vivirás mucho tiempo: la muerte y el hado
cruel se te avecinan. Vengo como mensajera de Zeus: los dioses están irritados
contra ti y en especial él mismo. Entrega el cadáver y acepta el rescate que
te ofrezca Príamo".
Iris, entre tanto, habló con
Príamo sobre el deseo de los dioses y éste lo comunicó a Hecuba que trató de
convencerle de que no acudiera al encuentro de Aquiles, pues arriesgaba la vida:
"Lloremos en palacio a Héctor, a distancia del cadáver; ya que cuando yo
le parí, el hado poderoso hiló de esta suerte el estambre de su vida: que
habría de saciar con su carne a los veloces perros, lejos de sus padres y junto
al hombre violento cuyo hígado ojalá pudiera yo comer hincando en él los
dientes". Príamo le respondió: "Yo mismo he oído a la diosa, la he
visto ante mí y creo en sus palabras. Y si mi destino es morir, lo acepto: que
me mate Aquiles tan luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo de llorar
sobre él".
El anciano subió al carro,
conducido por el prudente Ideo, en el que ya habían colocado numerosos
presentes y diez talentos de oro (unos trescientos kilogramos). Muchos eran los
troyanos que lloraban, temiendo por su rey, mientras le acompañaban hasta las
puertas de la ciudad. Zeus advirtió que el rey avanzaba por la llanura y
ordenó a Hermes, el dios mensajero, que acompañara con disimulo al anciano
hasta las naves aqueas: "Hermes, ya que tu te complaces en escoltar a los
hombres y en escucharles, acompaña a Príamo hasta que esté en presencia de
Aquiles, no sea que sufra el ataque de los guerreros de la llanura". Hermes
se calzó sus bellas sandalias aladas que le llevan por el mar y la tierra con
la rapidez del viento, y tomando la vara con la que adormece a quien quiere y
despierta a los que duermen, descendió del Olimpo y llegó junto al carro
tomando la forma de un joven príncipe en la flor de la juventud. Su presencia,
alarmó a Príamo y a su cochero, pues temieron que se tratara de alguien que
pretendiera darles muerte. Hermes les tranquilizó, haciéndose pasar por uno de
los hombres de Aquiles que venía a protegerles por el camino al campamento
aqueo. Príamo le preguntó por el estado en el que se encontraba el cuerpo de
su hijo y el mensajero respondió: "Doce días lleva muerto, y ni el cuerpo
se pudre, ni lo comen los gusanos. Si a él te acercas, te admirarás de ver
cuan fresco está. De tal modo los dioses cuidan de tu hijo, pues les era muy
querido".
Llegados al foso, torres y
empalizadas que protegían el campamento y las naves, Hermes adormeció con su
vara a los centinelas, atravesaron la barrera y llegaron a la alta cerca que los
mirmidones habían construido, para proteger la tienda de su rey, con troncos de
abeto y cañas. Hermes regresó, entonces, al Olimpo, pues no resultaba decoroso
que un dios inmortal se tomara, públicamente, tanto interés por un mortal.
Ante la sorpresa de los reunidos en la tienda con Aquiles, Príamo hizo su
repentina aparición, entre ellos, como si de un dios se tratara. Se abrazó a
las piernas de Aquiles, llorando, e imploró suplicante: "¡Oh, Aquiles!
Apiádate de mí que he perdido a casi todos mis cincuenta hijos, incluido aquel
que era único para mí, Héctor. Respeta a los dioses y recuerda el amor que te
tiene tu padre, que espera ansioso volver a estrecharte junto a su pecho, en la
lejana Argos. Yo soy más digno de compasión que él, puesto que me he atrevido
a lo que ningún otro mortal en la tierra: a llevar a mis labios la mano del
hombre matador de mis hijos". Aquiles rompió a llorar por el recuerdo de
su padre y de Patroclo y cogió la mano de Príamo mientras le alzaba con
suavidad. Ambos lloraban y los gemidos resonaban en la tienda.
Cuando Aquiles hubo saciado sus
deseos de llanto, miró compasivo al encanecido anciano e invitándole a tomar
asiento, le dijo: "¡Desdichado, cuantas desgracias ha soportado tu
corazón! Aunque los dos estemos afligidos, dejemos reposar en el alma el dolor,
el gélido llanto para nada aprovecha, pues lo que los dioses han hilado para
los míseros mortales es vivir entre congojos, mientras ellos están exentos de
cuitas. En los umbrales del Olimpo hay dos toneles con dones que el dios
reparte: en uno, están los pesares y en el otro las alegrías. Aquel a quién
Zeus los da mezclados, unas veces topa con la desdicha y otras con la ventura,
pero el que solo recibe pesares, vive con afrenta y va de un lado a otro sin ser
honrado, ni por los dioses, ni por los hombres. Así, los dioses otorgaron a mi
padre, Peleo, grandes mercedes desde su nacimiento: aventajaba a los demás
hombres en felicidad y riqueza, reina sobre los mirmidones y, siendo mortal,
tuvo por esposa a una diosa. Pero también le impusieron un mal: que no tuviera
hijos que reinaran en palacio tras su muerte. Tan solo uno engendró, cuya vida
ha de ser breve. Además, no le puedo dar el consuelo de cuidar su vejez, al
estar tan lejos de mi reino. Piensa que tu también reinaste rico y dichoso
sobre Lesbos y desde la Frigia hasta el Helesponto inmenso. Pero los dioses te
trajeron la plaga de la guerra. Súfrela resignado y no consientas que se
apodere de tu corazón el pesar continuo, pues quizás tus desgracias no hayan
concluido".
Príamo, con la arrogancia de
un dios, le respondió: "No me hagas sentar en esa silla mientras Héctor
yace insepulto. Entrégamelo y recibe los cuantiosos regalos que te traemos.
Ojalá puedas disfrutarlos y regresar a tu patria, ya que me has dejado vivir y
ver la luz del sol". Aquiles se incomodó ante la premura del anciano y
contestó: "Abstente de exacerbar los dolores de mi corazón; no sea que
deje de respetarte a pesar de tus súplicas y viole las órdenes de Zeus".
Dicho esto, salió de la tienda seguido de Automedonte y Alcinoo, los
compañeros que más apreciaba después de Patroclo. Dio instrucciones para que
retiraran lo regalos del carro y para que lavaran y ungieran el cuerpo de
Héctor antes de que lo viera Príamo, no fuera que se encolerizase por su
estado, irritase el corazón de Aquiles y éste le diera muerte quebrando las
órdenes del dios.
Lavado y ungido el cadáver, se
le cubrió con uno de los ricos mantos hallados entre los obsequios del rescate,
y el mismo Aquiles lo depositó sobre un lecho preparado el carro de Príamo. El
héroe gimió y se dirigió al túmulo de Patroclo: "¡Oh Patroclo! No te
ensañes conmigo si en el Orco té enteras de que he devuelto el cuerpo de
Héctor a su padre; este ha sido el deseo de los dioses y han entregado un
rescate digno que consagraré en tu recuerdo, en la parte que te es
debida.". Al llegar la noche, volvió a la tienda e invitó a cenar a
Príamo que, temeroso de la amenaza de Aquiles, había permanecido allí.
Cuando hubieron satisfecho el
deseo de comer y beber, Príamo pidió autorización para retirarse y descansar.
Aquiles le preguntó: "Antes de retirarte, dime con sinceridad cuanto
tiempo necesitarás para celebrar las honras fúnebres de tu hijo; durante ese
tiempo permaneceré quieto y contendré al ejército". Príamo le
contestó: "Ya sabes que vivimos encerrados en la ciudad y que tendremos
que traer la leña del Monte Ida, tarea en la que se necesitarán nueve días.
Durante ese tiempo, lloraremos en palacio a Héctor, el décimo día le
sepultaremos y el pueblo celebrará el banquete fúnebre; el undécimo día,
erigiremos el túmulo sobre el cadáver y, el duodécimo, estaremos dispuestos
al combate, si fuese necesario". Dicho esto, todos se fueron a dormir y
Aquiles se dirigió a la tienda de Briseida, la de hermosas mejillas.
Mientras todos descansaban,
Hermes planeaba como sacar el carro del campamento sin que lo advirtieran los
guardianes y pudieran alertar a Agamenón que, al no estar enterado de la
decisión de Aquiles, podía retrasar la partida e incluso retener a Príamo,
como rehén, para pedir rescate a los troyanos. Así que despertó al exhausto
rey, unció los caballos al carro y los guió por el campamento. Adormeció a
los guardianes con la mágica vara y franquearon las empalizadas y el foso.
La aurora de azafranado velo se
esparcía por toda la tierra, cuando llegaron a las murallas de Ilión. Casandra,
semejante a la dorada Afrodita, fue la que primero los divisó y, prorrumpiendo
en sollozos, vagó clamando por toda la ciudad. Toda la población se aprestó a
recibir la fúnebre expedición con muestras de inmenso dolor. Hécuba y
Andrómaca, la viuda de Héctor, se echaron sobre el carro de hermosas ruedas y
tomando la cabeza del muerto, se arrancaban los cabellos mientras la turba las
rodeaba gimiendo. Y hubrían estado a las puertas de la ciudad todo el día, si
el anciano rey, poniéndose en pie sobre el carro, no les hubiese pedido que se
apartaran y le dejasen continuar hasta el palacio. Una vez allí, Andrómaca
comenzó el funeral lamento:
"¡Esposo mío! Saliste de
la vida en plena juventud, y me dejas viuda. ¿Qué será de nosotros?. Tu hijo,
es todavía infante y no creo que llegue a la juventud; antes será la ciudad
destruida desde su cumbre. Pronto nos llevarán en las naves aqueas y nos
ocuparan en viles oficios, propios de cautivos. Algún aqueo, en venganza por
los suyos que tu mataste en combate, arrojará a tu hijo desde lo alto de alguna
torre, ¡muerte horrenda!. ¡Oh Héctor! Ni siquiera pudiste, antes de morir,
tenderme los brazos desde el lecho, ni hacerme saludables advertencias, que
habría recordado, de noche y de día, con lágrimas en los ojos". Esto fue
lo que dijo llorando, y las mujeres gimieron.
Después, Hécuba se dirigió
al lecho y habló al hijo muerto: "¡Héctor, el hijo más amado de mi
corazón! No puede dudarse de que en vida fueras querido por los dioses pues
ahora yaces en palacio tan fresco como si acabases de morir, a pesar del cruel
trato que recibió tu cuerpo de manos del maligno Aquiles tras darte horrible
muerte, no contento con haber vendido, al otro lado del mar estéril, muchos de
mis otros hijos que, antes, logró capturar.
A continuación, Helena (la
causante de la gran tragedia que estamos relatando por su fuga con Paris), fue
la tercera en dar principio al tercer lamento: "¡Héctor! el cuñado más
querido de mi corazón. En los veinte años transcurridos desde que me trajo
Alejandro (Paris) y abandone mi patria y a mi esposo Menelao, jamás he oído de
tu boca una palabra ofensiva o grosera; si alguien me increpaba entre los
cuñados o sus esposas, tu contenías su enojo con tu afabilidad y suaves
palabras. Con el corazón afligido, lloro a la vez por ti y por mí,
desgraciado. Que ya no habrá en la vasta Troya quien me sea benévolo ni amigo,
pues todos me detestan". Cuando concluyó, el anciano Príamo se dirigió
al pueblo: "Ahora, troyanos, traed leña a la ciudad y no temáis ninguna
emboscada por parte de los arguivos; pues Aquiles me prometió no atacar hasta
que llegue la duodécima aurora".
Por espacio de nueve días, los
teucros acarrearon leña, desde el Monte Ida hasta Ilión, y cuando, por décima
vez, apuntó la aurora que, cada día, trae la luz a los mortales, sacaron el
cadáver del audaz Héctor, lo colocaron sobre la pira, prendieron fuego y el
cuerpo fue abrasado por las voraces llamas. Más tarde, con lágrimas
corriéndoles por las mejillas, los hermanos y amigos sofocaron los rescoldos
con negro vino. Recogieron los blancos huesos calcinados y los colocaron en una
urna de oro que envolvieron con un leve velo de púrpura; depositaron la urna en
un hoyo que cubrieron con grandes piedras y, sobre él, erigieron el túmulo.
Después volvieron al palacio de Príamo y celebraron el espléndido banquete
fúnebre. Así concluyeron las honras fúnebres de Héctor, domador de caballos.
En la "Etiopide" de Aretino de Mileto (700 a.C.), conocida por un resumen
posterior, se describe el final de la Guerra de Troya con el incendio de la
ciudad y la muerte de Aquiles. Muerte anunciada una y otra vez en la Iliada.
Poseidón y Apolo, indignados por el trato que el héroe dio a Héctor después de
matarlo, ayudaron a Paris a que acertara en disparar una flecha contra el
vulnerable tobillo de Aquiles. La flecha atravesó el tendón y Aquiles ¿murió?.
Tras lo cual se desencadenó un encarnizado combate alrededor del cadáver, hasta
que una tormenta, enviada por Zeus, permitió recatarlo. Aquiles fue llorado
durante dieciséis días por las nereidas y por las nueve musas, mientras
entonaban cantos fúnebres. El día decimoctavo, quemaron el cuerpo en la pira y
sus cenizas fueron mezcladas con las de Patroclo y enterradas en el cabo Sigeo,
que domina el Helesponto. En el cercano poblado de Aquileón construyeron un
templo, en donde se erigió una estatua que le representaba llevando un pendiente
de mujer. Fue el héroe preferido de los griegos y considerado como un semidiós,
al que se rendía culto en toda Grecia en las fiestas Aquileas de primavera, y
sus azañas fueron recogidas por muchos escritores.
|