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PATROCLO
O EL DESTINO
Por
Marguerite Yourcenar
Una noche o,
más bien, un día impreciso caía sobre el llano: no hubiera
podido decirse en qué dirección iba el crepúsculo. Las torres
parecían rocas al pie de las montañas que parecían torres.
Casandra aullaba sobre las murallas, dedicada al horrible
trabajo de dar a luz al porvenir.
La sangre se pegaba, como si
fuera colorete, a las mejillas irreconocibles de los cadáveres.
Helena pintaba su boca de vampiro con una barra de labios que
recordaba a la sangre. Desde hacía muchos años, se habían
instalado allí, en una especie de rutina roja en donde la paz
se mezclaba con la guerra, como la tierra y el agua en las
nauseabundas regiones de las marismas.
La primera generación de
héroes que había acogido a la guerra como un privilegio, casi
como una investidura, al ser segada por los carros, dio lugar a
un contingente de soldados que la aceptaron como un deber, para
después soportarla como un sacrificio. La invención de los
tanques abrió brechas enormes en aquellos cuerpos que ya no
existían sino a la manera de parapetos; una tercera ola de
asaltantes se abalanzó contra la muerte; aquellos jugadores que
apostaban en cada jugada el máximo de su vida cayeron al fin
como si se suicidaran, golpeados por la bola en la casilla roja
del corazón.
Ya había pasado el tiempo de las ternuras
heroicas en que el adversario era el reverso sombrío del amigo.
Ifigenia había muerto, fusilada por orden de Agamenón, acusada
de haber tomado parte en el motín de las tripulaciones del mar
Negro; Paris había quedado desfigurado por la explosión de una
granada; Polixeno acababa de sucumbir de tifus en el hospital de
Troya; las Oceánidas, arrodilladas en la playa, ya no trataban
de espantar las moscas azules del cadáver de Patroclo.
Desde la
muerte del amigo que había llenado el mundo y lo había
reemplazado, Aquiles no abandonaba su tienda alfombrada de
sombras: desnudo, acostado en el suelo como si se esforzara por
imitar al cadáver, se dejaba roer por los piojos del recuerdo.
Cada vez con más frecuencia, la muerte le parecía un
sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos
hombres se deshacen, pero pocos hombres mueren.
Todas las
particularidades que recordaba al pensar en Patroclo —su
palidez, sus hombros rígidos, más bien altos, sus manos que
siempre estaban algo frías, el peso de su cuerpo desplomándose
en el sueño con densidad de piedra— adquirían por fin su
pleno sentido de atributos póstumos, como si Patroclo hubiera
sido, estando vivo, un esbozo de cadáver.
El odio inconfesado
que duerme en el fondo del amor predisponía a Aquiles hacia la
tarea de escultor: envidiaba a Héctor por haber rematado
aquella obra maestra; tan sólo él tenía derecho a arrancar
los últimos velos que el pensamiento, el ademán, el hecho
mismo de estar vivo interponían entre ellos, para descubrir a
Patroclo en su suprema desnudez de muerto. En vano los jefes
troyanos mandaban anunciar, al son de las trompetas, sabias
luchas cuerpo a cuerpo, despojadas de la ingenuidad de los
primeros años de guerra: viudo de aquel compañero, que merecía
ser un enemigo.
Aquiles ya
no mataba, para no suscitarle a Patroclo rivales de ultratumba.
De cuando en cuando resonaban gritos; unas sombras con cascos
pasaban por la roja pared: desde que Aquiles se encerraba en
aquel muerto, los vivos no se mostraban a él sino en forma de
fantasmas. Una humedad traidora subía del suelo desnudo; el
paso de los ejércitos hacía temblar la tienda; las estacas
oscilaban en aquella tierra que ya no las sujetaba; los dos
campos reconciliados luchaban con el río que se esforzaba por
ahogar al hombre: el pálido Aquiles entró en aquella noche de
fin del mundo.
Lejos de ver en los vivos a los precarios
supervivientes de una marea-de-muerte que seguía amenazando,
eran los muertos ahora los que le PA-recían sumergidos por el
inmundo diluvio de los vivos. Contra el agua inestable, animada
y sin forma, Aquiles defendía las piedras y el cemento que
sirven para fabricar tumbas.
Cuando el incendio, que bajaba de
los bosques del Ida, llegó al puerto y lamió el vientre de los
navíos, Aquiles tomó partido contra los troncos, los mástiles,
las velas insolentemente frágiles y se puso a favor del fuego,
que no teme abrasar a los muertos en el lecho de madera que
forman las hogueras.
Unos extraños pueblos primitivos
desembocaban de Asia como si fueran ríos: contagiado de la
locura de Ajax, Aquiles degolló a aquellos carneros, sin
reconocer en ellos siquiera unos lineamientos humanos. Le
enviaba a Patroclo aquella manada para que pudiera cazar en el
otro mundo.
Luego aparecieron las Amazonas: una inundación de
senos cubrió las colinas del río: el ejército se estremecía
al oler aquellas sueltas melenas. Las mujeres representaban para
Aquiles, desde siempre, la parte instintiva de la desgracia,
aquella cuya forma él no había escogido y que tenía que
soportar sin poder aceptarla.
Le reprochaba a su madre que
hubiera hecho de él un mestizo, a mitad de camino entre el dios
y el hombre, arrebatándole así casi todo el mérito que los
hombres tienen en hacerse dioses.
Le guardaba rencor por haberle
llevado, siendo niño, a los baños de la Estigia para
inmunizarlo contra el miedo, como sí el heroísmo no
consistiera en ser vulnerable. Se hallaba resentido con las
hijas de Licomedes por no haber reconocido, bajo su máscara, lo
contrario de un disfraz.
No perdonaba a Briscida la humillación
de haberla amado. Su espada se hundió en aquella jalea color de
rosa, cortó nudos gordianos de vísceras; las mujeres aullaban
y parían la muerte por la brecha de sus heridas, se enredaban
como los caballos en la corrida con sus entrañas enmarañadas.
Pentesilea se separó de aquel amasijo de mujeres pisoteadas,
como un duro hueso se separa de una pulpa desnuda. Se había
bajado la visera para que nadie se enterneciera mirando sus
ojos. Sólo ella osaba renunciar a la astucia de no llevar
velos.
Bajo su coraza y su casco, con una máscara de oro,
aquella Furia mineral sólo tenía de humano los cabellos y la
voz, pero sus cabellos eran de oro y a oro sonaba aquella voz
pura. Era la única, entre sus compañeras, que había
consentido en cortarse un seno, pero aquella mutilación apenas
se notaba en su pecho de diosa. Arrastraron por los cabellos a
las muertas fuera de la arena; hicieron calle los soldados, y
transformaron el campo de batalla en un campo cerrado; empujaron
a Aquiles al centro de un círculo donde el asesinato era para
él la única salida.
Sobre aquel decorado caqui, arenoso
salobre, azul horizonte, la armadura de la Amazona cambiaba de
forma con los siglos, de color con los focos. Combatiendo con
aquella eslava, que de cada finta hacía un paso de baile, el
cuerpo a cuerpo se convertía en torneo, después en ballet
ruso, Aquiles avanzaba, luego retrocedía, unido a ese metal que
contenía una hostia, invadido por el amor que se hallaba en el
fondo del odio.
Lanzó su arma con todas sus fuerzas, como para
romper un encantamiento, reventó la frágil coraza que interponía,
entre aquella mujer y él, no se sabe qué puro soldado.
Pentesilea cayó como quien cede, incapaz de resistir la violación
del hierro.
Precipitáronse los enfermeros; se oyó crepitar la
ametralladora de las cámaras; unas manos impacientes desollaban
el cadáver de oro. Al levantar la visera descubrieron, en lugar
de un rostro, una máscara de ojos ciegos a la que ya no llegarían
los besos.
Aquiles sollozaba, sostenía la cabeza de aquella víctima
digna de ser un amigo. Era el único ser en el mundo que se
parecía a Patroclo.
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