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La primera noche de amor de Hefestión y Alejandro |
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Del libro "La juventud de Alejandro", de Roger Peyrefitte |
| No te rías
si me muestro poético ya que tú eres mi poesía. Tan solo tenía trece años
cuando escribí este relato, "en la blanda cera de las abejas".
Una noche de julio, en Mieza, salí desnudo de mi habitación, con el corazón palpitante. Apenas si tocaban, mis pies, el suelo del pasillo. Me dirigía a la habitación de Alejandro. Había hecho el triple juramento -por Júpiter, por la Tierra, y por el Sol- de revelarle, hoy, que moriría si él no me quería. Tenía más
de un motivo para estar preocupado, ya que temía que me tomase por un
afeminado y perder así su amistad al intentar conseguir su
amor. Además, ¿qué era el amor ? No teníamos ni idea, ni él ni yo, del tema. Cuando nuestras primeras emisiones nocturnas nos sorprendieron , el grave Leonidas nos explicó que eran fruto de los juegos de un dios muy secreto y muy malicioso, llamado Gamus, nacido del semen que Júpiter, soberano del Olimpo, había derramado sobre la tierra durante un sueño que el dios Amor le había provocado. Luego descubrimos, cada uno por nuestra cuenta, el modo de provocar, con nuestras manos, los mismos efectos que nos producían los sueños, sin tener la idea, aún, de hacerlo juntos. Leónidas, a quién se lo contamos, nos relató entonces la historia de Mercurio y de su hijo Pan, al que le enseño este juego. Por otra parte,
nos había aconsejado no abusar de ello citándonos los versos de Aristofanes: "A los que se masturban demasiado, se les cae
la piel". Invocando de nuevo la Tierra, Júpiter, el Sol y también la Luna, tiré de la cuerda que accionaba el cerrojo de la puerta. Temblaba sólo al pensar que los pernos podían chirriar... No me atrevía a empujar la puerta. Alejandro no la cerraba nunca con llave, por dentro... sin embargo, yo había robado una copia de la llave por si lo hubiera hecho. En cualquier caso, introducirme, de noche y de esta forma, en su habitación no dejaba de ser un acto muy grave. Nos habíamos educado juntos desde nuestra infancia, pero él seguía siendo mi príncipe. Me tome unos minutos más para pensar.
El tema que Aristóteles había tratado, ese día, había producido en mi espíritu cierta excitación, no exenta de prudencia. Demetrio, el mayor de nosotros, le
había pedido que nos explicara lo que debíamos pensar de esta frase de
"El banquete" de Platón : "No puedo decir que exista mayor riqueza, para un
adolescente, que tener a un buen amante y, para un amante, que tener a un
joven amado" Le daba las gracias a la Luna, cuya luz bañaba la
habitación y el rostro de Alejandro dormido. Me pareció la luna que estaba
enamorada de él, como lo fue del bello Endimión, y como yo lo
estaba.
De repente, mis ojos se abrieron como platos : en el centro de su cuerpo, Príapo estaba erecto. El mío lo estuvo también, inmediatamente. Mi mano estaba a punto de cogérselo cuando Alejandro se despertó. Se sobresaltó, asustado, pero me reconoció y me sonrió. Yo no sabía si me sonreía a mí, o si le sonreía al dios que tensaba nuestros nervios. Me precipité en sus brazos, llorando, cubriéndolo de besos... a pesar de su sorpresa, él no se quejaba. Casi por instinto, nos presionábamos el uno contra el otro. Príapo luchaba contra Príapo y su doble victoria fue rápida.
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