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Alejandro y Hefestión
siguieron andando, mudos, hasta llegar al río, siguieron
corriente arriba, por la orilla y, al llegar al punto donde la
arena y el campo dejaban paso al cañaveral, Alejandro se
detuvo, se dio la vuelta y miró hacia atrás.
-Eso- dijo con voz ronca.
Una sonrisa lenta, apática, se dibujó en el
rostro de Hefestión.
-Ese es el acto del que somos
consecuencia.
Alejandro no lo miró.
-¿Lo que hacen los sementales... lo que
hicieron tus padres, mis padres... es diferente si sólo lo
hacen los hombres, como Aquiles y Patroclo?
-No mucho, creo... Aquiles. -Hefestión lo
observó sus ojos su boca; después se quitó el taparrabos y se
metió al agua.
Alejandro se quedó en la orilla, como
ensimismado.
-¿Tal vez es más limpio?
Hefestión torció el gesto.
-¿Por qué lo crees?
-No hay niños por los que discutir.
No hay berridos.
No hay celos..
Los espartanos siempre han afirmado que es
más limpio.
Y Epaminondas dijo de la tropa sagrada de Tebas que
eran invencibles porque ningún enemigo puede abrirse paso
entre una pareja de soldados, pues son como una pareja y uno
ha cogido el alma del otro.
Alejandro asintió lentamente; se quitó el
taparrabos y lo arrojó sobre el último trozo de arena.
-¿El alma?- preguntó con voz casi
inaudible-. Tal vez sea cierto que está en el semen.
Hefestión lo miró atentamente; volvió a
recoger agua con las manos y se la echó en la cara,
pero a pesar de la frescura del agua su rubor era cada
vez más evidente.
Se quedó un momento con el pulgar en la boca. Luego rió y
estiró el brazo.
-Ven. Vamos a lavarnos.
Aristóteles no se preocupaba por las
experiencias eróticas de sus alumnos, siempre y cuando
tuvieran lugar fuera del ninfeo. Sus ideas sobre el
progreso y las cualidades helenas, expresadas en largas
conversaciones casi siempre en la galería, aunque muchas veces
también en el bosque, parecían implicar una cierta
permisividad, como mínimo de la relación educativa,
arquetípica, entre imberbes y adultos; por lo demás, se
abstenía de hacer cualquier valoración. Habló de las prácticas
de los cretenses, que, al parecer, en tiempos remotos habrían
recurrido el amor con muchachos para atenuar la sobrepoblación
de la isla. Habló
de la iniciación en todo tipo de misterios, y mencionó con
burla a Jenofonte, quien consideraba corrosivo y antinatural
el amor con muchachos y también entre hombres.
-¿Antinatural como los versos, templos o
arados? Estas
cosas tampoco existen en el reino animal y los seres humanos
no nacen con ellas.
En realidad no podemos decir nada sobre la naturaleza
del ser humano, cuya larga historia no es más que el
alejamiento, el desprendimiento de la naturaleza y la lucha
contra ella. ¿Qué es más antinatural que cortarse las uñas o
afeitarse la barba?
Pitia (mujer de Aristóteles) una tarde le
entregó a Alejandro una carta de Olimpia. Es una carta
larga escrita por una mujer muy aguda ideas inteligentes sobre
la convivencia de hombres y mujeres, hombres y hombres,
mujeres y mujeres. Dice que nada es indecente ni reprochable,
mientras no haga perder de vista las cosas importantes. Es muy
común que un hombre ame a un hombre o una mujer a una mujer.
Así es entre los helenos y también entre los bárbaros. Persas
y celtas por ejemplo, son especialmente aficionados a hacer el
amor con adolescentes. La mayoría de los helenos aman tanto a
hombres como a mujeres. Quizá incluso en ese orden.
-Me
ha pedido que te diga que es amar a quien quieras y que no por
ello perderás el amor de tu madre, siempre y cuando tengas en
cuenta que el hijo de un rey ha de dar ejemplo y debe tener
descendencia.
Alejandro asintió con la cabeza.
-¿El amor de mi madre? -Su cara estaba tan
relajada como su voz; era o si estuviese hablando del viento,
de la madera, del agua-.
Sí, ya, el amor de mi madre. Puede dejar de
preocuparse; sé perfectamente qué le debo a Macedonia. A Macedonia, no a
Olimpia. El hijo
de un rey y una debe honrar a sus padres, incluso sin amor, de
ser necesario.
Olimpia siempre me ha dicho qué y cómo debo pensar,
decir, hacer, vestir, comer. No me dirá a quién y
por qué debo y puedo amar, o a quién no.
Fragmento de
"Alejandro, "El unificador de Grecia" de Gisbert Haefs
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